Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Pensar estratégicamente

El catalanismo reformista y pragmático es el único que ha obtenido resultados tangibles en toda la historia del autogobierno

El expresidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, en el Pati dels Tarongers, en una imagen de julio de 2006. / JOAN SÁNCHEZ
El expresidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, en el Pati dels Tarongers, en una imagen de julio de 2006. / JOAN SÁNCHEZ

El regate corto de la táctica, la propaganda, los marcos mentales y los relatos hegemónicos jamás sustituirán a un programa, a un[/CAP3]a política, a un conjunto de ideas —una ideología— y mucho menos a un pensamiento estratégico, que pondera cuáles son los objetivos, los sitúa en el tiempo y calcula los medios y las condiciones necesarias para conseguirlos. Exactamente lo que le ha faltado al independentismo. El catalanismo histórico, el de siempre, en cambio, tan denostado por unos y otros como culpable de una falta de ambición —tachada de regionalista según el radicalismo independentista y como sembrador de las semillas secesionistas que ahora han sido cosechadas según el anticatalanismo— siempre ha demostrado que contaba con una estrategia y que además podía obtener prácticamente la plenitud de los resultados que se proponía.

Las estrategias se construyen con ideas prácticas, no con tópicos, eslóganes y frases hechas. El catalanismo conservador recuperó la lengua y la cultura gracias a su visión sobre las necesidades de un país moderno e industrial en las primeras décadas del siglo XX y aprovechó con inteligencia las instituciones españolas de la Restauración para iniciar el camino del autogobierno a partir de la unión de la administración de las cuatro provincias del Estado central en la Mancomunitat de Catalunya. El catalanismo republicano y de izquierdas sacó partido de la ruptura constitucional que se produjo tras las elecciones municipales del 13 de abril de 1931 y negoció, ciertamente desde la posición de relativa ventaja de una república catalana apresuradamente proclamada, el marco autonómico de nuestro autogobierno moderno, siguiendo una pauta válida hasta hace una década que identifica democracia, la que trajo la república entonces y la Constitución de 1978 ahora, con la libertad de Cataluña. El catalanismo sincrético pero también conservador de Jordi Pujol no se salió de la estrategia que identifica democracia española y autogobierno catalán, pero sacó todo el jugo posible de las debilidades del sistema de bipartidismo hispánico gracias a un astuto sistema de explotación hiperpersonalista y de dudosa ejemplaridad pública.

También el catalanismo maragallista, al igual que todos los anteriores, contaba con una estrategia, que en su caso era mucho más ambiciosa, por cuanto no solo quería gobernar en Barcelona e influir en Madrid, sino también cambiar España desde Cataluña. Hay casi unanimidad, una unanimidad sospechosa, a la hora de hacerle responsable de la destrucción del pensamiento estratégico catalanista. Pero no cabe descartar que lo que no pudo ser hace más de una década, se sitúe ahora como el horizonte práctico y realista de nuestra época.

La ausencia de una visión estratégica ha conducido al independentismo a la esterilidad política

Prat dibujó el mapa territorial de la nación moderna, Macià la dotó de instituciones políticas, Tarradellas las mantuvo en el exilio y las recuperó, Pujol las llenó de contenido muchas veces contradictorio pero eficaz y Maragall situó el listón de un futuro posible y solidario con el conjunto de España. El catalanismo en todas sus etapas ha tenido una visión estratégica porque se ha movido en los parámetros de la política pragmática y realista, hasta el punto de que incluso los momentos de mayor exaltación han tenido como colofón inmediato el aterrizaje en la política de las cosas.

El realismo político conduce a pensar estratégicamente, que significa también pensar históricamente, atendiendo al país real tal como se ha ido construyendo, no al país mitificado, a la historia, no a la leyenda, al país tal como es, y no el país soñado, como debiera ser o peor todavía como hubiera podido ser de no mediar la mala fortuna, los errores dinásticos, las debilidades congénitas. Quizás sin hacerlo explícito, el catalanismo mayoritario no tan solo había atendido a la historia, sino también a la geopolítica, esa ciencia oscura que quedó manchada por las teorías nacionalsocialistas, pero que ahora ha resucitado con fuerza cuando han empezado los grandes cambios en el orden internacional.

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No es extraño que Jaume Vicens Vives, en tantos aspectos una de las mejores cabezas que contribuyó a la modelación del catalanismo contemporáneo, tuviera un especial interés por las aportaciones de la geopolítica a la historia. Si alguien desde el independentismo se hubiera interesado realmente en el estudio de las condiciones geopolíticas para la independencia de Cataluña, habría podido comprobar que la secesión es una idea próxima al absurdo, y de ahí que haya suscitado tan escasa adhesión en cien años largos de historia catalanista.

Para modificar unas fronteras que son de las más antiguas de Europa (Tratado de los Pirineos, 1659), construir un Estado encajado entre Francia y España con reivindicaciones irredentistas hacia ambos lados (Rosellón y Cerdaña de un lado y comunidades valenciana y balear de otro), sin el patrocinio de ninguna potencia vecina, sin alianzas políticas en Europa y con hipotéticas alianzas indeseables en el mundo, y manteniendo el estatus quo de la Unión Europea y la Alianza Atlántica, hace falta mucho más que un estentóreo y multitudinario deseo, que puede ser efímero y mayoritario, y no cuenta para colmo con sostén jurídico, ni el interior de la Constitución española ni el exterior de la legalidad internacional. No bastan ciertamente la propaganda y las tergiversaciones, los libros blancos y las hojas de ruta, casi todos equivocados, que debían conducir indefectiblemente hasta el objetivo deseado.

A pesar del fracaso, Pasqual Maragall ha sido el último presidente con una visión a largo plazo

Es bueno recordar que hasta 2010 hubo un catalanismo pragmático con gran capacidad de consenso, visión histórica y una aproximación realista a la geopolítica de Cataluña, y que ahora, en cambio, no queda nada, apenas los restos inútiles de unos argumentos y de una asombrosa papelería, producidos en la efervescencia de la etapa finiquitada. Es decir, la esterilidad más absoluta. Horizontes sin objetivos, caminos que no conducen a ningún sitio, ideas gastadas y repetidas hasta el cansancio como el derecho a decidir o el referéndum de autodeterminación, eslóganes que para nada sirven ni llenan en modo alguno el vacío estratégico. Y no es nada extraño. Atendiendo únicamente a su historia, el secesionismo solo ha sido eficaz cuando ha renunciado a su actitud maximalista. Aunque ahora siga sacando pecho, su balance práctico es penoso, abiertamente negativo, pura hojalata: se ha propuesto todo y no ha conseguido nada. Ni siquiera a su radicalismo se deben los avances efectivos en el autogobierno, en la lengua, en el protagonismo internacional o en la proyección de Barcelona como capital, todos ellos debidos a la fuerza acumulativa y paciente del reformismo catalanista.

El secesionismo no es regionalista pero ha demostrado que es algo peor: un nacionalismo apresurado, divisivo y verborreico, un provincianismo efectivo, y un localismo desconectado del mundo, moralmente minúsculo, políticamente estéril y económicamente destructivo. La independencia no tan solo no era una estrategia, sino que ni siquiera era una ideología: solo una causa popular, tan popular como pueda serlo un club de fútbol, que ha sabido amalgamar sentimientos y ensueños, pero nada ha sabido construir cuando ha tenido la oportunidad de hacerlo.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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