Violación y muerte de Elisa Abruñedo: ocho años tras el ADN de un fantasma

La Guardia Civil ha descartado a todos los sospechosos que llegó a tener en este crimen eclipsado por la muerte de Asunta Basterra. Realiza pruebas a familias de la comarca de Ferrol en busca de coincidencias con el rastro genético que quedó en el cadáver

Elisa Abruñedo y Manuel Fernández en 2010.
Elisa Abruñedo y Manuel Fernández en 2010.Archivo familiar de Adrián Fernández

“Tengo la paciencia de mi padre y el carácter fuerte de mi madre: antes la palmo que dejar que las cosas se olviden”, avisa Adrián Fernández Abruñedo, hoy huérfano y cabeza de familia, mientras vuelve a pisar el camino, tantas veces pisado, que eligió su madre la última tarde en que salió a pasear, hace ya casi ocho años.

Aquel 1 de septiembre de 2013 era un domingo de mucho calor y había “algún incendio forestal” en la zona, recuerda el hombre. Toda la atención estaba puesta en apagar fuegos, no en los tranquilos cruces de la aldea Lavandeira, en el municipio coruñés de Cabanas. Elisa Abruñedo, gerocultora de 46 años, casada y madre de dos chicos, caminaba a diario al caer la tarde o por la mañana, dependiendo del turno que tuviera en la residencia Geriatros de Ferrol. Pero aquel día optó por una ruta corta y mucho menos apartada porque iba sola. Los hijos no estaban, y el marido, Manuel Fernández, se había ido a un entierro. Además, el día anterior, este trabajador de la construcción (fallecido año y medio después en accidente laboral) se había hecho un corte en la pierna con una radial y le dolía al andar. Así que Elisa salió sin compañía, por la senda de Manxarín, un par de kilómetros salpicados de prados y pequeños grupos de casas. Llevaba el móvil, los cascos y las gafas de sol. Había decidido que iba a ser un paseo tan fácil que no necesitaría las de ver. Y las dejó en casa con la cartera.

Elisa Abruñedo, en su finca de Lavandeira (Cabanas).
Elisa Abruñedo, en su finca de Lavandeira (Cabanas).Archivo familiar

Sobre las ocho se paró un buen rato a charlar con una vecina y, como se hizo tarde, al despedirse tomó ya el camino de vuelta a casa. Le faltaban poco más de 200 metros para llegar cuando algún desalmado la abordó, probablemente por la espalda, la golpeó, la violó y la mató a navajazos para garantizarse el silencio. El individuo solo dejó su ADN. Desde entonces, la Guardia Civil busca ese fantasma. Después de “descartar bien descartados” a todos los sospechosos que tuvo, los investigadores han decidido llegar a él a la inversa: Realizando pruebas genéticas en familias de la comarca de Ferrolterra que se prestan de forma voluntaria cuando se les llama. “No a todas las familias, sino a unas concretas”, aclara un guardia civil, a las que les llevan los finos hilos de los que van tirando.

Empezaron hace dos años y para trepar por los árboles genealógicos han tenido que retrotraerse a registros parroquiales de hace varios siglos. Adrián Abruñedo comenta que, según él pudo saber, varios “cribados” se centraron en el municipio de Valdoviño, situado 27 kilómetros al norte, y a donde además se puede llegar siguiendo más allá de la carretera secundaria en la que fue asesinada su madre. Todo el material genético que se recaba se manda a comparar al laboratorio biológico de la Guardia Civil en Madrid, visitado cada cierto tiempo por un integrante del grupo de delitos contra las personas de A Coruña, encargado del caso. Quizás así algún día los agentes logren estrechar el cerco en torno al que consideran un cazador oportunista que, aparentemente, ha tenido cuidado de no delatarse repitiendo su acción. Un error que sí cometió El Chicle.

Cuando en las Navidades de 2017 fue detenido el asesino de Diana Quer después de atacar a otra chica, los mandos de la Guardia Civil anunciaron en rueda de prensa que se revisarían otros crímenes perpetrados sobre mujeres, distantes en el mapa de Galicia, como el de Elisa o el de la ourensana Socorro Pérez (43 años, 2015), también sin resolver aunque a cargo de la Policía Nacional. Aquello no llevó a ninguna parte, y realmente los agentes del cuartel de A Coruña a cargo del caso de Elisa Abruñedo sabían que su muerte no tenía nada que ver. Pero el entonces capitán del equipo prometía en un corrillo a la salida, con los ojos empañados, que trabajarían a diario y “nunca” se iban a rendir hasta apresar a su verdugo. Hoy, Elisa y Socorro siguen engrosando la nómina imborrable de víctimas gallegas cuyas familias no ven llegar la hora de la justicia, junto a nombres como el de María José Arcos (35 años, 1996), Déborah Fernández-Cervera (22, 2002) y Sonia Iglesias (37, 2010).

“Todo sucedió en unos 10 metros”

Se cree que el asesino de Elisa Abruñedo no la conocía de nada. Simplemente, pasaba por allí, se fijó y la abordó. Si fuera alguien cercano que seguía sus movimientos hace tiempo no hubiese elegido un lugar tan abierto, próximo a la casa de la víctima y enfrente de la vivienda del veterinario del pueblo, un vecino que además acababa de salir de casa y no coincidió con la escena del asalto por cuestión de un instante. Según Fernández Abruñedo, este sanitario llegó a ver a la víctima doblando la esquina, donde el camino por el que venía se incorpora a la carretera. A partir de ese punto, “todo sucedió en unos 10 metros”, describe el hijo sobre el terreno. El criminal abandonó el cuerpo allí mismo, en la maleza de una parcela aledaña a la carretera que entonces estaba plantada de pinos. Hoy, en su lugar hay eucaliptos, y en tanto tiempo sin respuestas ya han crecido.

Cuando se dieron cuenta de que no volvía a casa, los chicos y el marido empezaron a llamarla al móvil. Una y otra vez, “hasta que se le agotó la batería”. Sin comer y sin dormir, a pie, en coche y en una bici que acabó con las ruedas pinchadas, el esposo, el hijo mayor (que ahora tiene 32 años) y Álvaro, el pequeño (hoy de 27), peinaron con linternas todas las sendas habituales de su madre, que a veces se internaba en los bosques atlánticos del cercano parque natural de las Fragas do Eume. En las batidas, pasaron “cientos de veces” por delante de las zarzas donde estaba el cuerpo, pero transcurrió un día entero hasta que un vecino lo halló.

“Elisa es nuestra prioridad”

Aunque con varios cambios en su composición, del misterio de Cabanas se ocupa el mismo grupo de guardias civiles que este año será condecorado por resolver el crimen de Diana Quer y que se encargó de investigar la muerte de la niña compostelana Asunta Basterra. Este suceso, ocurrido solo 20 días después del asesinato de Elisa Abruñedo, lo eclipsó por completo. Un portavoz de la familia criticó entonces la “calma funcionarial” con la que se buscaba al violador, que contrastaba con la gran “presión” que había existido para resolver el caso Asunta. “No nos olvidamos de Elisa. Todo lo contrario: es nuestra prioridad”, afirma ahora un mando del equipo.

Elisa Abruñedo y su esposo, Manuel Fernández, en 2010.
Elisa Abruñedo y su esposo, Manuel Fernández, en 2010.Archivo familiar de Adrián Fernández

Una vez al año, aproximadamente, los hijos reciben la llamada o la visita de algún agente que les asegura que la búsqueda de esa sombra que pasó y mató a Elisa prosigue. Atrás quedaron ya los tanteos del principio, cuando se siguió la dudosa pista de un coche verde que algunos vecinos dijeron haber visto aquella tarde al ponerse el sol. También se trató de encontrar al fantasma con el estudio de las antenas de telefonía que dan cobertura a la zona, y se investigó a la familia, a los cazadores y a los presos que habían disfrutado de permiso aquel fin de semana, “incluso de cárceles de Asturias”, asegura Adrián Fernández. “Yo, cada uno del que se me ocurría sospechar, se lo decía a los guardias”, recuerda, “pero es que justo aquí no tenemos mucho a donde mirar... Es una zona de gente mayor”.

Manuel Fernández, el viudo de la víctima, murió el 9 de enero de 2015 al precipitarse sobre él la carga de un camión mientras trabajaba en unas obras en el Arsenal Militar de Ferrol. Los hijos, Adrián y Álvaro, quedaron solos con dos perras en la casa de Lavandeira, y aún esperan a que se celebre el juicio del siniestro laboral para cobrar las indemnizaciones que les corresponden. Con la pandemia, el mayor perdió el trabajo y el pequeño sigue estudiando. Adrián cuida la vivienda que sus padres le dejaron. “De ellos lo aprendí todo”, recalca. Estos días acondiciona una caseta para Mini, la cabra enana que le han regalado unos amigos, y tiene muchos planes para el jardín. En octubre, al fin, se casará con su novia. Pero su nueva vida no va a cambiar la necesidad de saber quién le quitó a su madre. “Quién sabe si seguirá suelto, si la habrá palmado, si habrá entrado en la cárcel por otro tipo de crimen”, se pregunta. “Yo voy a seguir peleando”, promete. “Porque pelear me mantiene vivo”.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS