Las amenazadas montañas gallegas que custodian una “ciudad” de la guerrilla y una mina nazi

El pueblo de Casaio lucha contra la amnesia y los destrozos de las canteras de pizarra: pide proteger, antes de que desaparezcan, el filón de wolframio de los alemanes y una sociedad organizada de maquis llamada Ciudad de la Selva

Vista de algunas estructuras de la mina nazi de Valborraz rodeada de las montañas que explotan pizarreras de Ourense y León.
Vista de algunas estructuras de la mina nazi de Valborraz rodeada de las montañas que explotan pizarreras de Ourense y León.ÓSCAR CORRAL

Francisco Fernández frena en seco el curtido jeep color crema y emite un triste gemido. “¡Robaron la fecha!”, clama indignado este vecino de Casaio (Carballeda de Valdeorras, Ourense) señalando a lo alto de una fuente en ruinas. “Ponía 1944 en números romanos”, explica mientras rebusca en la maleza que engulle el surtidor expoliado. “Tuvieron que llevárselo estos días”. Aquel rótulo era importante para todos: daba fe de un momento histórico en el que ese enclave de la Serra do Eixe —la cadena de montañas más altas de Galicia— estaba, en una curiosa coincidencia de nombres, bajo control de una de las potencias del Eje, la industria armamentística nazi. La fuente es la primera huella de urbanismo al final de una difícil pista de tierra trazada por los alemanes durante la II Guerra Mundial.

Justo después, empiezan a surgir las ruinas del cuartel de la Guardia Civil, los edificios administrativos de la mina de wolframio de Valborraz, los lavaderos de mineral en los que trabajaban las mujeres, las cocinas, el polvorín, la distante casa del ingeniero que parecía no querer mezclar la vida y el trabajo. Lo que más llama la atención es el destacamento penal, donde dormían los 463 presos republicanos que el franquismo envió para reforzar la mano de obra contratada por los alemanes. Y a los pies de la dirección y de las ventanillas donde se pagaban los jornales, cerca ya del arroyo que dio su nombre a la mina, se mantienen medio en pie las paredes de lo que los mayores de Casaio siguen llamando “el barrio chino”.

El historiador Carlos Tejerizo, que dirige el proyecto Sputnik Labrego, recorre una de las viejas instalaciones de la mina.
El historiador Carlos Tejerizo, que dirige el proyecto Sputnik Labrego, recorre una de las viejas instalaciones de la mina.ÓSCAR CORRAL

Aquí, a este escenario surgido de la nada cuando estalló la fiebre del “oro negro” —el wolframio o tunsgteno que codiciaban los nazis para reforzar su armamento— llegó la electricidad, que producían con tres presas en el río, mucho antes que a los demás pueblos de la zona. Era una localidad completa, con cantina, panadería, granja de cerdos, rebaños de cabras, baile dominical, iglesia y cura, además de una escuela para una creciente población infantil, los hijos de las familias mineras.

La explotación donde lucían los retratos de Hitler y Franco, con más de 30 bocaminas y nueve pisos de galerías que dejaron huera la montaña, estuvo controlada por los nazis, a través del conglomerado empresarial Sofindus, hasta su derrota en 1945. Después cambió de manos, pero la dictadura franquista, explica la historiadora experta en sociedades mineras Laura Martínez Panizo, acogió de nuevo en los mismos puestos a algunos de los técnicos alemanes que habían servido al Tercer Reich. El abandono de Valborraz llegó definitivamente en 1963, tras vivir otro auge durante la Guerra de Corea (1950-53).

Aunque, enseguida, el imponente paisaje de Carballeda de Valdeorras, donde Galicia se confunde en las cumbres con León y Zamora, fue víctima de otra fiebre de color negro profundo, la de la pizarra, que ha alterado brutalmente la zona y amenaza con borrar del mapa yacimientos aún sin catalogar. Y las canteras acabaron acorralando no solo el viejo poblado del wolframio, sino áreas supuestamente blindadas por la Red Natura. En 2010, todo el mundo se volvió a acordar de la mina de los nazis porque la lengua de escombros de la pizarrera Manada Vieja se desplomó ladera abajo devorando a su paso varias edificaciones y la plaza central de Valborraz. El desastre despertó en la vecindad de Casaio la conciencia colectiva de que había que proteger las ruinas para que no acabasen desapareciendo.

La historiadora Laura Martínez Panizo muestra una foto antigua de Valborraz.
La historiadora Laura Martínez Panizo muestra una foto antigua de Valborraz.ÓSCAR CORRAL

Ante la pasividad política, fue la propia comunidad de los montes vecinales, titular de los terrenos, la que dio el paso al frente. Desde 2017 respalda el proyecto de investigación Sputnik Labrego, imbricado en el Incipit (Instituto de Ciencias del Patrimonio, CSIC) y asesorado por una respetada institución: el Consello da Cultura Galega. Hoy el colectivo Sputnik ultima los informes para solicitar a la Xunta, antes de que acabe el año, la declaración de Bien de Interés Cultural de este territorio como paisaje de la memoria.

Mineral de contrabando para los Aliados

Porque además ocurrió que alrededor, durante las investigaciones de un equipo que dirige el historiador Carlos Tejerizo, se revelaron otras realidades silenciadas de una dimensión incalculable. En los montes que envuelven Casaio no solo aparecieron pinturas rupestres desconocidas (Pala de Cabras, siete milenios de antigüedad) sino toda una industria minera paralela y clandestina: el estraperlo del wolframio estimulado por los Aliados, que lo pagaban mucho más caro con el único fin de impedir que el material zarpase del puerto de Vigo rumbo a Alemania. “Se suele bromear con que la ría viguesa es el mayor filón del planeta”, comenta Tejerizo, “por todo el mineral que acabó siendo arrojado al mar para evitar que llegase a los nazis”. En las notas manuscritas de las 38 entrevistas realizadas a vecinos que fueron testigos de aquellos acontecimientos, Martínez Panizo recoge las confidencias de algunas mujeres que hurtaban wolframio y lo bajaban escondido en la ropa interior. También el relato de varias personas que señalan a algunos guardias civiles como aventajados contrabandistas.

Pero sobre todo, durante la investigación, emergió de la nada otro universo fantasma contemporáneo de la mina: una sociedad de campamentos de la guerrilla antifranquista en el noroeste conocida como Ciudad de la Selva. Sputnik Labrego perseguía ese espectro que solo aparecía en algunos documentos históricos hacía tiempo, pero no existía ningún mapa del tesoro para encontrarlo. En los últimos años, el equipo ha hallado ya 22 asentamientos, formados por diversos “chozos” de esquisto y cuarcita construidos en los lugares más ocultos. Eran el polo opuesto de la llamada Ciudad de los Alemanes, Valborraz, dentro del mismo territorio. Y en algunas incursiones los maquis ayudaron a fugarse de la mina a varios presos políticos.

Restos de un "chozo" de guerrilleros en el Teixadal de Casaio.
Restos de un "chozo" de guerrilleros en el Teixadal de Casaio.ÓSCAR CORRAL

Algunos de estos refugios de la guerrilla se edificaron en un paisaje excepcional, el Teixadal de Casaio, uno de los pocos bosques naturales de tejos de Europa. Sus pobladores estaban asociados a la Federación de Guerrillas de León-Galicia, y según Tejerizo integraban una de las estructuras más organizadas de la resistencia a Franco. Inca, Bailarín, Piloto o Gafas, que era el jefe de su Estado Mayor: todos estos alias se mueven aún hoy, en la memoria de las familias de la zona, por la frontera entre la realidad y la leyenda.

El vecino Fermín Álvarez era un pastor de 10 años cuando se topó por primera vez con aquellos hombres casi mitológicos que vivían en los lugares más recónditos de los bosques. Un día, cuando lo fueron a entrevistar a casa los investigadores, acabó mostrándoles la máquina de escribir Orga que le confiaron y que posiblemente usaban para elaborar su publicación periódica: El Guerrillero.

En un artículo difundido en Cuadernos de Arqueología Militar, los miembros de Sputnik recogen el relato de otro niño pastor, Alfredo Real, que recordaba cómo dos mujeres de uno de los campamentos lo invitaron un día a desayunar con los escapados. Con el tiempo, presenció pequeñas fiestas con música y partidas de petanca, e incluso hizo negocios con los maquis: si les llevaba maderas para construir chozos le daban al chico cinco pesetas. Los pequeños de Casaio aprendieron a callar: si les preguntaba la Guardia Civil, negaban haber visto a nadie.

Guiados por estos antiguos pastores, los historiadores y arqueólogos pudieron identificar aquellos chozos donde en plena dictadura ondeaba la bandera tricolor y descubrieron vestigios que demuestran que aquellos hombres “estaban preparados para resistir”. En las cabañas aparecieron armamento y munición, latas de conserva, legumbres fosilizadas, tubos de pasta de dientes, botellas de alcohol, crema de manos. Se halló incluso un frasco de penicilina, “un lujo y una modernidad impensable”, comenta Tejerizo, cuando apenas podía conseguirse en España. Lo que más lamenta el historiador es “haber llegado tarde” a esta carrera contra reloj por salvar la memoria: “Desde que empezamos ya se nos murieron varios de nuestros entrevistados”.

Congreso fundacional de la Federación de Guerrillas de León-Galicia en los montes de Ferradillo (Priaranza del Bierzo, León).
Congreso fundacional de la Federación de Guerrillas de León-Galicia en los montes de Ferradillo (Priaranza del Bierzo, León).Fondo documental de Sputnik Labrego

El congreso de guerrilleros

Los primeros estatutos de la Federación de Guerrillas Populares se firmaron precisamente en La Selva en diciembre de 1941. Al año siguiente se celebró el congreso fundacional en los montes de Ferradillo (Priaranza del Bierzo, León) y se rebautizó como Federación de Guerrillas de León-Galicia, la primera que nació tras la Guerra Civil. La Ciudad de la Selva era su sede central y allí residía largos periodos el jefe, Marcelino Fernández Villanueva, Gafas.

Con el tiempo, hubo muertes entre aquellos resistentes, a manos del enemigo y también de algún compañero por traiciones y desencuentros. Pero solo se exhumaron los restos de uno, Miguel Cardeñas (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, 2003), en la aldea de Soutadoiro. Había llegado al penal de la mina de wolframio desde Jaén. En 1944 escapó y se unió a los maquis, pero en 1949 murió de un tiro “en circunstancias muy oscuras”, escriben los historiadores.

Francisco Fernández, que ahora es presidente de esa comunidad de montes que gestiona las 16.000 hectáreas donde se acumulan tantos vestigios, es sobrino de otro guerrillero muerto a manos de maquis. El tío, que también se llamaba Francisco Fernández, escapó malherido de su fusilamiento en 1943. La Guardia Civil le había disparado cinco veces, pero fue rescatado por un miembro de la guerrilla y se refugió con los huidos de la Ciudad de la Selva. Al cabo del tiempo terminó distanciándose, con su compañera y otro guerrillero, y en 1947 los viejos camaradas fueron a buscarlos a su chozo. Desde entonces, el lugar de la matanza cambió su nombre para siempre por el de Quello (camino angosto) dos Mortos. Algunos vecinos aún recuerdan cómo fueron bajados los tres cadáveres sobre una mula para ser enterrados en el cementerio.

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