Opinión
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Han vuelto

Las semanas de asueto político que vivimos tras el 4-M eran un espejismo: las cornetas llaman de nuevo a la batalla

Los diputados del PP aplauden a Isabel Díaz Ayuso en la Asamblea tras su investidura, este viernes.
Los diputados del PP aplauden a Isabel Díaz Ayuso en la Asamblea tras su investidura, este viernes.Jesús Hellín / Europa Press

Lo mejor de las últimas elecciones madrileñas fue que se acabaran. La gente votó y por fin dejamos atrás aquellas semanas interminables de griterío y de amenazas, de balas en el correo y de temores a que se destruyese nuestro modo de vida madrileño o a que la momia de Franco echase a andar en la cripta de Mingorrubio. En el último mes ya no habíamos vuelto a tener pesadillas con escuadrones bolivarianos que recorrían la ciudad cerrando bares y asaltando domicilios de la clase media para exigir el pago de impuestos, como tampoco con pistoleros de camisa azul que paseaban rojos por Madrid Río.

Desde el 4 de mayo, todo era relajación y sosiego. La presidenta se oxigenaba con la brisa mediterránea de Ibiza; el Gobierno de Sánchez parecía haberse tomado un descanso de su empeño cotidiano por hundir Madrid; Pablo Iglesias se había retirado a sus cuarteles y cortado la coleta. La reyerta política enmudecía. La primavera y la libertad resplandecían en la capital. Las flores coloreaban los parques, el canto de los pajarillos endulzaba el aire.

Las primeras perturbaciones se detectaron con la reaparición de la presidenta en el programa de Bertín Osborne. Seguíamos en un ambiente vacacional, con el calor hogareño, las risas y la campechanía que siempre garantizan las funciones de Bertín. Pero ese día ya se coló alguna palabra terrible, de esas que parecían haberse desvanecido semanas atrás: la presidenta tachó de “cáncer” al retirado Iglesias. Los primeros presagios de que esta primavera política iba a ser efímera tomaron cuerpo. Y se confirmaron muy pronto.

Lo de Colón significó el retorno a lo grande de la presidenta, otra vez protagonista entre los protagonistas, de nuevo con la mecha encendida para una explosión que reverberó por toda España durante varios días. El terreno estaba preparado para un discurso de investidura que confirmó que Madrid tiene mucho más que un Gobierno: es un crucial bastión de resistencia contra el enemigo sanchista que conspira para arruinar la capital, vaciar los bolsillos de sus ciudadanos y vender la unidad de la patria.

Al día siguiente, llegó Rocío Monasterio para ratificarlo con una diatriba contra un diputado negro, no por ser negro, sino por ser “ilegal”, curiosa forma de reducir el racismo a una cuestión administrativa. Extraña que la líder de Vox, tan admiradora del espíritu empresarial, no valore al emprendedor que ha sido Serigne Mbayé: se jugó el tipo en una patera, se buscó la vida en la calle, ahorró para abrir un negocio y hoy es un español más. Todo eso lo consiguió sin estar acusado de hacer obras ilegales ni de firmar como falso arquitecto.

Con la molicie en que vivimos tras el 4-M, ya habíamos olvidado que solo faltan dos años para las próximas elecciones. Los contendientes están de vuelta y las cornetas llaman de nuevo a la batalla. Al parecer, el destino de la civilización sigue estando en juego.

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