SALTO DE FEColumna
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Vida normal

Es imposible no preguntarse cómo mantenemos la normalidad cuando hay tanto odio en internet, en las calles o en el Congreso

Un joven sostiene una pancarta durante una manifestación en Madrid para condenar el asesinato de Samuel.
Un joven sostiene una pancarta durante una manifestación en Madrid para condenar el asesinato de Samuel.Alberto Ortega / Europa Press

Veo las nubes desplomarse sobre la terraza y corro a proteger los cojines de la lluvia. Bajo a comprar pan. Entro en la farmacia por aspirinas y hablo con el farmacéutico. Me paso por el quiosco de flores y compro un ramo de margaritas blancas, porque las margaritas son las flores que mejor aguantan el paso del tiempo. Les hago una foto, con la luz cayéndoles de la forma adecuada para que queden más bonitas en Instagram. Llego a casa y las pongo en agua en un jarrón de cerámica que compré cuando aún vivía sola. Beso al hombre al que quiero. Le digo alguna tontería, me quejo de alguna cosa absurda que me ha hecho enfadarme en el trabajo. Planeamos ir a cenar a casa de unos amigos. Le recuerdo que tiene que llevar el coche al taller. Hago la comida. Cocino pasta a la carbonara. Después tengo un arrebato y me apunto a clases de italiano por las tardes. ¿Para qué? Para nada, me digo. Siempre quise aprender italiano. Me siento ante el escritorio a escribir esta columna mientras veo como la lluvia embiste contra el cristal de la ventana. Recuerdo cómo me hace sentirme la lluvia. Intento sentirme así. Me viene a la mente una noticia que leí por la mañana y la paz se disipa en jirones como la niebla con los primeros rayos de sol. Cojo un libro intentando recuperarme y leo: “Hacía mucho ruido en las noches de insomnio” y siento que estoy de acuerdo con Hemingway y recuerdo que yo también tengo insomnio desde hace años. Dejo el libro. La lluvia sigue cayendo y yo me dedico a mirar las gotas resbalar por el cristal hasta su muerte en el borde verde del marco de aluminio.

La lluvia sigue cayendo y yo me dedico a mirar las gotas resbalar por el cristal hasta su muerte en el borde verde del marco de aluminio

Pienso en mí desde fuera. Como en las películas en las que alguien se muere y él mismo se ve desde arriba mientras aún está tumbado sobre la acera o sobre una cama de hospital. Me miro como si yo no fuera yo y pienso que esa chica parece tranquila y parece que disfruta las flores y la lluvia y la pasta carbonara. Y pienso que en realidad se parece muy poco a alguien que a cada paso se pregunta y esto por qué, y esto por qué así, y con esto qué ocurre. Y se parece muy poco a alguien que sigue sin entender cómo es que hay tanto odio en internet, cómo es que hay tanto odio en las calles, tanto en el Congreso. Cómo les dejaron entrar. Cómo alguien pudo apalear en manada a un chico mientras le gritaban “maricón”. Cómo pudo alguien matar a la madre de sus hijos mientras le gritaba “puta”. Cómo pudo alguien matar a una persona, una persona normal y corriente, mientras le gritaba “moro de mierda”. Y cómo es que esa chica, yo, tú, nosotros, todos, seguimos haciendo vida normal cuando, con cada noticia, el hueco por dentro se hace cada vez más grande.

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