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El grupo Mujeres son tres amigos del rock, lo analógico y la diversión

El trío barcelonés ha presentado un EP en el que tocan junto a bandas como Cariño, Nueva Vulcano o Carolina Durante

Desde la izquierda, Arnau Sanz, Pol Rodellar y Yago Alcover, del grupo Mujeres, en una foto cedida.
Desde la izquierda, Arnau Sanz, Pol Rodellar y Yago Alcover, del grupo Mujeres, en una foto cedida.

Los músicos del grupo Mujeres van de frente, lo cantan: “Un memorable abrazo que saldrá en EL PAÍS”. Lo van a conseguir. Con esa declaración de intenciones de su tema Rock y amistad —que aparece en su EP homónimo y tocan junto a Carolina Durante—, recrean la cotidianeidad y se enfrentan a la fuerza abrasadora de lo moderno, de las redes sociales, de los entresijos digitales. Son incapaces de hacer referencia a al Whatsapp en sus creaciones. “Es una forma de diferenciarse. Hay grupos donde los miembros son mucho más jóvenes que nosotros y todos los guiños que hacen son a Instagram, a la pantalla, a dejarse en visto; y no nos sentíamos cómodos con eso. El periódico en papel lo veo más de mi generación”, señala este martes el batería Arnau Sanz, en una videollamada conjunta con sus compañeros Pol Rodellar, que toca el bajo, y Yago Alcover, encargado de la voz y guitarra. A sus respectivos 36, 39 y 37 años no tratan de enmascararse con una jerga adolescente. Se lo toman como un chiste. “El grupo vive del humor y parte de que no somos unos chavales ya”, reconoce el cantante.

Lo que sí mantienen es la necesidad de jugar. Lo hacen con los instrumentos y con su manera de encajar palabras y crear eslóganes; les surgen de forma espontánea, sin esfuerzo mental. Los inventan, los sueltan, los planchan en ropa, los colocan en las portadas de los discos, los vuelven canción y los convierten en disco. Rodellar bromea sobre su mecanismo: “Reciclamos todo para no dañar el medioambiente”. Reconoce que son “conceptos ultrabaratos y cutres”, y que utilizan ese lenguaje plano, directo, con errores gramaticales como un guiño a sus inicios, en los que cantaban en inglés y no le daban importancia al mensaje. De ahí salieron expresiones como el álbum Siento muerte, el de Un sentimiento importante o ese último EP que hace alusión al estilo musical y fue una frase de una de sus camisetas. “Tiene gracia porque tampoco somos consumidores de rock, ni hacemos rock. Si nos dicen hace 15 años que pondríamos ese nombre, no me lo creería”, apunta el batería.

En su reciente creación invitan a sus amigos a cantar, como indica el nombre. Además de Carolina Durante, se han sumado Cariño, Nueva Vulcano y Los Punsetes. La relación no es ficticia; con los dos primeros tienen un grupo de WhatsApp, y se ven cuando sus horarios se lo permiten. Por ejemplo, tras su actuación en el Festival Tomasvistas en el Parque Tierno Galván, se fueron con ellos y con Confeti de Odio a cenar. “Después de tocar hay cervezas roqueras. Se roquea la noche”, señala Alcover. Apostaron por hacer melodías de esta complicidad: “Hace tiempo el grupo habla de las relaciones, de las personas, de la relación con el público, que es muy cercana; es esa idea de celebración. También somos unos desvergonzados, sabemos que lo que estamos haciendo es patético e incluso ridículo”.

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Se definen a sí mismos como un grupo que empezó en 2007 haciendo garage y ha acabado cerca del indie y el pop. Sus inicios en la capital catalana les supusieron penas y glorias. Se conocieron en la carrera de cine, eran cuatro que despegaron con éxito y sufrieron el primer bache cuando se fueron dos de ellos. Llegaron a barajar un cambio de nombre para empezar de cero, pero Sanz se sumó y volvieron a remontar. “Ahora es un momento superdulce. Nos hemos colocado en un sitio bestial, nos llaman de festivales e igual nos compramos una furgoneta y todo”, expresa Alcover, con alegría.

Salieron de su ciudad natal para tocar por todo el país, y tienen un gran público en la capital española, donde estarán del 24 al 26 de septiembre, en el festival Brillante. “Casi somos un grupo de Madrid, es donde mejor funcionamos y donde más gente viene a vernos”, comenta el bajo. Su éxito se debe a la repercusión de los medios, a su sello —que consideran “muy madrileño”— y a ser insistentes con su trabajo.

El cantante reconoce su divertida forma de componer; como un puzzle. “Hacemos la música y la letra la añadimos con idiomas inventados, tarareos”, señala. Sus letras están cargadas de desgana, pero en sus canciones parecen gritarle a los oyentes que despierten del letargo: “Intento llegar a un lugar, un sueño/ Una noche en ninguna parte”. Sus melodías de amor captan la simpleza, pero también la complejidad de la repulsión y el acercamiento. “Quiero llegar a casa y que siempre estés en el mismo lugar”, cantan en Tú y yo, para después decir: “Quiero llegar a casa y que nunca estés en el mismo lugar”.

Su eje es ese misterio de las relaciones, el contacto que por culpa de la pandemia ha sido intermitente o se ha apagado. También en su sector. “Muchos grupos han dejado de tocar, solo pueden ensayar. Para nosotros, poder pagar la gasolina y la fiesta era la meta. Ahora hemos dado un gran paso: la gente viene a agradecernos después de los conciertos, son de diferentes edades, estilos, todos están contentos...”, comienza Sanz, pero Rodellar le corta, antes de que divague sobre romanticismo de los directos. “El éxito es la sonrisa de un niño que ha olvidado sus problemas que tiene en casa”, suelta. Todos comienzan a reír. “Como siempre tienes las palabras adecuadas”, le responde a la broma. La herramienta de Mujeres para estrechar las distancias en un mundo desmoronado es esa: abrazar con su sentido del humor. Pero sin cursilería.

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