Caminantes y zapatos, los que pasean sin arder

Recorrido por el calzado que llevan los madrileños durante los meses de verano

Zapatos acumulados en una tienda del centro de Madrid el pasado 12 de agosto. / REPORTAJE GRÁFICO DE DAVID EXPÓSITO
Zapatos acumulados en una tienda del centro de Madrid el pasado 12 de agosto. / REPORTAJE GRÁFICO DE DAVID EXPÓSITO

Los zapatos que pisan Madrid ya no cubren pies por necesidad sino por moda, comodidad o estilo. Si uno evita alzar la mirada hacia el famoso cielo y camina únicamente mirando el suelo, verá marcas y modelos que se repiten aquí y en cualquier otra parte del mundo. El contexto se ha ido unificando también, sobre todo en este último año: si el adoquinado desaparece, el Madrid galdosiano, aquel reino zapatil de Fortunata y Jacinta, también. Ya no callejean “los zapatones de paño holgados y feos, las zapatillas de orillo, las botitas finas de caña blanca, los zapatos viejos pero bien defendidos” o “los botines blancos de Manolo”. Ya no rechinan las zapatillas de las tías, ni las niñas bajan con los zapatos de chancleta por el adoquinado. ¿Dónde quedaron aquellos “zapatos bonitos de cuero amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños” que lucía Mauricia?

Más información
La Comunidad de Madrid: cada vez más periférica, dispersa y con más coches
Las fiestas este año sí van por barrios
Mariano Iglesias (69 años), con unos mocasines clásicos de la zapatería El Lobo, en el centro de Madrid.
Mariano Iglesias (69 años), con unos mocasines clásicos de la zapatería El Lobo, en el centro de Madrid.

MARIANO

Mariano Iglesias, de 69 años, transita las mañanas sentado bajo un árbol en la plaza de Tirso de Molina. El termómetro de una de las paradas cercana marca los 48 grados “pero no, no, hay que restarle cinco grados a ese número. Te lo digo yo”. Mariano viste calcetines gordos y mocasines negros. Los zapatos los compró hace seis años aunque tiene otro par idénticos en casa “es que no me gustan las zapatillas”. “Tú antes ibas a las discotecas y tenías que ir arreglado, con zapatos. Ahora ya les da igual todo”. Mariano, aunque es de Segovia, lleva toda una vida en Madrid “de la calle de Embajadores, después nos mudamos al lado de “La Fuentecilla”. De ahí salía el agua fría, fría, ahora el agua es del Canal de Isabel II, está templada y hay que darle a un botón todo el rato”. Conoce la calle de Toledo al dedillo, los mocasines los compra en una tienda en la misma que hace esquina: “Calzados Lobo, abierto desde 1897”. Dice que “los zapatos de los chinos” no le duran nada y además, necesita que sean ligeros. Hace unos años le dio un ictus, se calló del autobús y, desde entonces, tiene dificultades para caminar. Mariano, armado con su muleta y siempre con los mocasines negros, da un paseo todas las tardes, todos los días del año ya sea durante el agosto infernal o en los días imposibles del temporal Filomena.

Giovani Lozada (35 años), vistiendo unas sandalias Fila Disruptor con calcetines. En Malasaña. Madrid
Giovani Lozada (35 años), vistiendo unas sandalias Fila Disruptor con calcetines. En Malasaña. Madrid
Giovani Lozada (35 años), vistiendo unas sandalias Fila Disruptor con calcetines. En Malasaña. Madrid
Giovani Lozada (35 años), vistiendo unas sandalias Fila Disruptor con calcetines. En Malasaña. Madrid

GIOVANI

Son las 12 de la mañana y Giovanni Lozada, de 35 años, se dirige hacia el Ayuntamiento en su patinete eléctrico. Ha pasado la noche en la guardería canina donde trabaja. Durante el verano, son muchos los madrileños que dejan a sus mascotas en este tipo de centros “ahorita tendremos más de 40 perros”. Giovanni es colombiano, de Bogotá, lleva tres años en la ciudad “vine aquí porque estaba aburrido”. Preguntado por la decisión de combinar sandalias con calcetines, se ríe a carcajadas: “Igual en Colombia me matan. Lo que pasa es que las compré el otro día y me incomodan acá en el talón. Al usarlas me sale una ampollita”. Reconoce que es calzado “de batalla” y es que Giovanni colecciona zapatillas “Tendré unas cuarenta: Patrick Ewing, Nike Air Force One, Reebok Pumps... Son casi todas de baloncesto pero son sólo pa’ ponerlas en el patinete. Ni siquiera las camino, las suelas están sin gastar”. En casa las guarda y ordena en cada una de sus respectivas cajas. Lleva coleccionando gorras, relojes y zapatillas desde que llegó a Madrid: “Antes no podía permitírmelo porque en Colombia son muy caras. Acá tampoco es que sean baratas, no bajan de los 180-200 euros cada una”. Recuerda las primeras que compró “unas Air Force altas que suben hasta la espinilla y traen tres correas”. “No me las pongo”, sonríe. “Empecé a comprar, comprar, acumular, acumular y ahora tengo una montaña de zapatillas que no utilizo”.

María Eugenia Escorial (56 años), vistiendo unas sandalias Geox para caminar. En la calle Serrano, Madrid.
María Eugenia Escorial (56 años), vistiendo unas sandalias Geox para caminar. En la calle Serrano, Madrid.
María Eugenia Escorial (56 años), vistiendo unas sandalias Geox para caminar. En la calle Serrano, Madrid.
María Eugenia Escorial (56 años), vistiendo unas sandalias Geox para caminar. En la calle Serrano, Madrid.

MARÍA EUGENIA

María Eugenia Escorial, de 56 años, ha salido a dar un paseo por la ciudad. “Madrid en verano es una maravilla. Por la mañana, cuando no hay nadie, está preciosa”. Ha optado por unos zapatos Geox que compró hace tres o cuatro meses “muy cómodos para andar y por lo menos, tienen una gracia, no son tan feos como otros”. María Eugenia es una apasionada del calzado, durante 20 años tuvo una tienda de ropa y complementos en el Centro Comercial Moda Shopping, en el paseo de la Castellana. Aunque ella es, en realidad, abogada de oficio: “Fíjate que lo he dejado hace justo tres días y no lo echo de menos, no. También es muy temprano, a lo mejor en un mes digo: qué asco, qué aburrimiento”. Este verano, de momento, se quedará en Madrid, su madre está mayor y con el tema de la pandemia, al igual que muchos turistas, ha preferido quedarse en casa. “Vivo al lado del Palace y veo cómo está todo vacío: El Prado, el Thyssen... no hay nadie. Las tiendas están igual. A ver, Zara no baja, pero sí que han cerrado muchas tiendas de por aquí, comercios pequeños, tiendas igual un poco más caras... Son los que más han sufrido”.

Álex Vaqué (21 años), vistiendo unas Búfalo veganas con plataforma. En Malasaña. Madrid
Álex Vaqué (21 años), vistiendo unas Búfalo veganas con plataforma. En Malasaña. Madrid
Álex Vaqué (21 años), vistiendo unas Búfalo veganas con plataforma. En Malasaña. Madrid
Álex Vaqué (21 años), vistiendo unas Búfalo veganas con plataforma. En Malasaña. Madrid

ÁLEX

Álex Vaqué, estudiante de enfermería de 21 años, tiene pensado pasar este verano más tiempo en Madrid que en Barcelona, ciudad en la que vive. “Es verdad que aquí está haciendo mucho calor pero la humedad de allí es peor. Barcelona en verano es un circo”. Álex aprovecha cada oferta de tren low cost para venir a la capital “Es que nos ha costado super barato, como 64 euros ida y vuelta”. Después de Madrid se irán a Logroño: “¿qué qué se nos ha perdido en Logroño? Ni idea, pero allí que vamos”. En septiembre volverán de nuevo aquí. Álex reconoce no poder vivir ya sin plataformas. Mide 1,54 y dice ser la más bajita de sus amigas. Antes, cuando los zapatos de este estilo no estaban de moda, se calzaba unas Creepers, un zapato de triple suela, ya casi clásico, que se puso de moda en los años 70 gracias a Malcolm McLaren, manager de los Sex Pistols. “Estas Buffalo las tengo desde hace seis meses pero tengo otras dos más: unas veganas que son rollo plateadas y luego las que compré antes de ser vegana que son de piel y que me llevan durando años”. Álex pasea con ellas por Madrid pero también se ha llevado a la montaña. “¡Es que no sé andar con otra cosa que no tenga plataforma!”.

Juan Antonio Sáenz (85 años), vistiendo unos mocasines del Corte Inglés. Madrid.
Juan Antonio Sáenz (85 años), vistiendo unos mocasines del Corte Inglés. Madrid.
Juan Antonio Sáenz (85 años), vistiendo unos mocasines del Corte Inglés. Madrid.
Juan Antonio Sáenz (85 años), vistiendo unos mocasines del Corte Inglés. Madrid.

JUAN ANTONIO

A Juan Antonio Sáez se le ve yendo a por algo de compra. Vive en Ramón de la Cruz e intenta salir todos los días a pasear, a eso de las siete de la tarde. “Uso este zapato, que es... bah, normal. Tengo otro par pero uso este. Los compré hace bastante tiempo, en el Corte Inglés”. Juan Antonio trabajó en las míticas Galerías Preciados antes de que las tragase el gran imperio. Nació en Paterna (Valencia). Su padre, que era republicano, se vio obligado a exiliarse a Francia por lo que él y su madre vinieron a Madrid cuando tenía 18 años. Ella era costurera y empezó a trabajar en un taller en el barrio de Lavapiés, Juan Antonio comenzó en las Galerías como repartidor: “Mi abuelo materno estaba en el Ministerio de Marina y por mediación de un jefe entré para hacer los recados y allí me quedé hasta que me jubilé”. Cuando le preguntamos por su edad, Juan Antonio duda, “nací en el 37 así que tengo.. 65. No puede ser. Espera. Ah no, 85 años... es que se me va ya la pinza” ríe. Se jubiló antes de cumplir los 65, para entonces ya se ocupaba de los escaparates. “Había un equipo grande, tenías que seguir la línea que quería el estilista... A mí me interesaba la moda de hombre y de mujer, sí, sobre todo porque había que trabajar lo mejor posible” “¿Y los escaparates de ahora cómo los ve?” “Ahora no me interesan... también es que está todo unificado. Bah. Son todos iguales”.

Manuel Peñavides (65 años), con sus botas de trabajo para pintar. Calle de Fuencarral, Madrid.
Manuel Peñavides (65 años), con sus botas de trabajo para pintar. Calle de Fuencarral, Madrid.
Manuel Peñavides (65 años), con sus botas de trabajo para pintar. Calle de Fuencarral, Madrid.
Manuel Peñavides (65 años), con sus botas de trabajo para pintar. Calle de Fuencarral, Madrid.

MANUEL

Un par de botas sin cuerpo se sujetan en la gran escalera metálica que ocupa una de las puertas señoriales de la calle de Fuencarral. Pertenecen a Manuel Peñavides, de 65 años, andaluz, pintor de brocha gorda. “Todavía me quedan siete años de hipoteca para jubilarme, así que tampoco hay más”. Lleva tiempo sin irse de vacaciones “se me amontona el trabajo y, cuando quiero reaccionar, ya no me apetece”. Manuel es de los que disfruta quedarse en la ciudad durante el verano. “Madrid se ha convertido / en una calma unánime / pero agradece nuestra permanencia / a contrapelo de los más / es un agosto de eclosión privada” decía Benedetti. Lo que más llama la atención son lo limpias que están las botas: “¡Es que las compré el domingo!”. Le suelen aguantar tres o cuatro años hasta que los cordones y los ojales acaban destrozados por la pintura y no tiene más remedio que tirarlas a la basura. “¿Y no se pueden meter en la lavadora?” Mariano ríe: “¡Pero cómo vas a meter esto en la lavadora! Éstas no se pueden meter, ¿no ves que tienen la puntera de acero? Además, no es un calzado estético. Lo suyo es que se manchen”.

Chiara Morroco (25 años), vistiendo unas sandalias con lentejuelas de la tienda Accessorize.
Chiara Morroco (25 años), vistiendo unas sandalias con lentejuelas de la tienda Accessorize.
Chiara Morroco (25 años), vistiendo unas sandalias con lentejuelas de la tienda Accessorize.
Chiara Morroco (25 años), vistiendo unas sandalias con lentejuelas de la tienda Accessorize.

CHIARA

La calle de Serrano está vacía, los pocos transeúntes que pasan, bajan en dirección al parque del Retiro. Cerca del número 22, donde Galdós empezó a escribir la primera serie de los Episodios Nacionales, se halla Chiara Marrocco. Esta romana de 25 años visita Madrid por unos días. Cuenta que siempre quiso estudiar algo relacionado con el mundo de la moda pero sus padres no le dejaron: “Estudié políticas y vine aquí para hacer International Studies en la Saint Louis University durante seis meses. Ahora oposito para diplomático”. A Chiara le gusta “el brilli-brilli”. Las sandalias que lleva las compró en Londres el año pasado en la tienda Accessorize, “porque son muy cómodas y se parecen a las Birkenstock, pero mucho más femeninas”. Para estos días de vacaciones ha traído dos pares de sandalias más: “Unas más elegantes de Le Tropezienne, una marca francesa, de Saint-Tropez y las clásicas sandalias artesanas que hacen en Capri”. Los accesorios los suele comprar en los mercadillos hippies de Ibiza a los que acude asiduamente aunque este verano no ha podido ir. “El año pasado también me pararon aquí, en España, por la ropa que llevaba. Fue en el Primavera Sound. ¿Esto dónde va a salir?” “En EL PAÍS Madrid” “Ay, genial, yo siempre leo EL PAÍS... para estar al tanto de la política y eso”.

Xavier Jaurena (30 años), viestiendo unas sandalias con cuerdas del Pull & Bear. En Chueca, Madrid.
Xavier Jaurena (30 años), viestiendo unas sandalias con cuerdas del Pull & Bear. En Chueca, Madrid.
Xavier Jaurena (30 años), viestiendo unas sandalias con cuerdas del Pull & Bear. En Chueca, Madrid.
Xavier Jaurena (30 años), viestiendo unas sandalias con cuerdas del Pull & Bear. En Chueca, Madrid.

XAVIER

Xavier Jaurena, de 30 años, camina decidido por las calles de Chueca. Estudió moda en San Sebastián pero lleva cuatro años en la capital. “Empecé a trabajar en Zara, ya me acomodé y no volví al mundo del diseño... aunque igual debería”. Está al tanto de lo que se lleva, las sandalias que viste “las tenía ya fichadas” desde hace tiempo pero eran demasiado caras así que espero a las rebajas de Pull & Bear para comprarlas y porque aprovecha también el descuento de empleado. “Tengo un pie muy estrecho y muy pequeño, uso un 40, así que casi siempre encuentro chollos en las rebajas”. Los pocos días de vacaciones que tenía los pasó en Ibiza y ahora le toca volver a trabajar donde, además, le cambian de departamento “Justo en septiembre me mueven a calzado y bolsos, así que me tengo que estudiar la temporada. Hay que saber un poco del material, la horma, el modelo, para poder atender bien a los clientes. Me pilláis dentro de un par de meses e igual ya soy un experto en calzado”.


Suscríbete aquí a nuestra newsletter diaria sobre Madrid.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS