KILÓMETRO CERO
Columna
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Vuelta al cole y contrabando

Hay centros que cambian de equipación como si fueran equipos de fútbol y no es el único gasto de la cuesta de septiembre

Un grupo de niños espera para entrar en el colegio Maestro Padilla de Madrid el pasado lunes.
Un grupo de niños espera para entrar en el colegio Maestro Padilla de Madrid el pasado lunes.Marta Fernández Jara (Europa Press)

Los besos salados después de compartir una bolsa de pipas. Cantar Nessun Dorma a grito pelado en el coche con tus padres. La bici. Las rodillas de mercromina. Ver a tu familia desplegarse en la playa como un ejército feliz, plantando la sombrilla como una bandera... Era bonito el verano. Quizás, un poco largo. Los últimos días estabas deseando volver, ponerte unos zapatos, estrenar cuadernos y ofrecer una rueda de prensa a los amigos para ponerles al día, con rigor (datos) y transparencia (fotos), de tus aventuras vacacionales. Pregunto inocentemente a mis amigas con hijos si los niños, que son muchos —afortunadamente para nuestras pensiones, la tasa de reproducción de mi pandilla es más africana que europea—, tienen ganas de volver al cole. El chat, una muestra demoscópica casi perfecta, con representantes de varias comunidades, sigue echando humo tres días después.

Resulta que hay colegios concertados que cambian de equipación como si fueran equipos de fútbol para vender más uniformes. El ribete rojo ahora es naranja; el escudo de la izquierda ahora va a la derecha. Son cambios prácticamente imperceptibles al ojo humano, salvo para el ojo humano de niño, que por supuesto quiere la última versión y odia heredar. Nos planteamos desafiar al sistema y mantener el uniforme de la temporada anterior, pero somos un mar de dudas y remordimientos — “¿Y si les hacen una foto de grupo? ¿Va a ser mi hijo el único con el uniforme antiguo?” —antiguo = dos temporadas—.

Buscamos opciones. Alguien dice que existen “unos sitios” donde venden escudos de los colegios y que “hay gente” que los cose a “polos no reglamentarios”, pero “que dan el pego”. La diferencia puede ser de 40 a 15 euros. Decidimos investigar para averiguar dónde están. Alguien sugiere que lo mejor es encontrar primero a un antiguo cliente para que “los falsificadores” no desconfíen. Prometemos, en caso de localizarlos, compartir la ubicación solo con los seres más queridos para evitar redadas por exceso de popularidad.

En el chat también descubro que no en todos los centros funcionan los bancos de libros de texto y que las editoriales siguen haciendo, y muchos profesores eligiendo, los que hay que rellenar, no solo leer, en lugar de fichas. Algunas de mis amigas intentan borrar los ejercicios que ha hecho uno de sus hijos para que el libro sirva para otro de ellos. Nos parece un plan maestro, pero sale mal. Al borrar con ímpetu —no queremos que el pequeño haga trampas al intuir las respuestas del mayor— la hoja se rompe. Investigamos más. Una de mis amigas recuerda que “alguien” le dijo que lo que mejor funciona es “la miga de pan”. Desmigamos, borramos. Conclusión: “alguien” miente.

Les pido que hagan cuentas. Es una barbaridad de dinero y en plena pandemia, cuando casi todos los oficios han perdido ingresos. Los gastos de la vuelta al cole se multiplican proporcionalmente al número de hijos. Y todo, en un país donde lo último que sobra son niños. Algo estamos haciendo mal.

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Sobre la firma

Natalia Junquera

Reportera de la sección de España desde 2006. Los jueves publica una columna en Madrid, Kilómetro cero. Durante la semana comenta las redes sociales en Anatomía de Twitter y realiza entrevistas para la serie Conversaciones a la contra. Especialista en memoria histórica, ha escrito dos libros, Valientes y Vidas Robadas (Aguilar).

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