SALTO DE FE
Columna
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Si no ahora, ¿cuándo?

La pandemia nos ha puesto al borde del abismo, cara a cara con nuestros miedos y mirando de frente a nuestros deseos

Una pareja pasea cogida de la mano por las calles de Madrid, en el segundo día tras el confinamiento el pasado 3 de mayo.
Una pareja pasea cogida de la mano por las calles de Madrid, en el segundo día tras el confinamiento el pasado 3 de mayo.Joaquin Corchero / Europa Press (Joaquin Corchero / Europa Press)

Tiene 20 años y dice: “El año pasado entré en una crisis existencial y, bueno, acabé aquí”. Los demás asentimos. Unos minutos después, otro compañero se presenta y confiesa: “Después de lo que pasamos, me plantee algunas cosas... eh... me pregunté, si no era ahora, ¿cuándo?”. El resto volvemos a asentir. No estamos en un grupo de adictos anónimos. No vamos a hacer un programa de 12 pasos ni vamos a recibir chapitas por nuestro buen comportamiento. Estamos sentados ante un pupitre, una pizarra blanca y un mapa de la bota de Italia colgado en la pared de gotelé. No estamos redimiendo nuestros pecados, estamos intentando aprender italiano.

Formamos un grupo peculiar que oscila desde los 17 años hasta los (calculo a ojo y espero no ofender a nadie) 60. Somos cerca de 20, todos predispuestos a pronunciar correctamente las ci como chi y las chi como qui y olvidarnos de que el italiano no es ponerle una i al final de cada palabra en castellano. Nuestra profesora sabe que está ante un grupo de gente extravagante y poco práctica. No me malinterpreten, el italiano no es inglés, ni alemán, ni chino. No estamos aquí porque en nuestro trabajo nos exijan saber hablar italiano sino porque hemos decidido que es un idioma bello, nos gusta la pizza, Måneskin o somos lo bastante ilusos como para creer que un día viviremos en Roma y seremos felices estando siempre al borde de un stendhalazo.

Pero, además de todo ello, estamos aquí por culpa de una pandemia que nos ha puesto al borde del abismo, cara a cara con nuestros miedos y mirando de frente a nuestros deseos. Y no hay nada que dé más terror que un deseo no cumplido. Nada que provoque más pánico que sentir que ya es tarde para eso que tanto querías y no hiciste porque creías que estabas demasiado ocupada, o te daba demasiada vergüenza, o sentías, precisamente, miedo de hacerlo realidad. Por eso, después del confinamiento algunos ex volvieron dejando de lado el orgullo más dañino y absurdo. Algunos familiares supieron perdonar viejas rencillas. Algunos amigos limaron asperezas y otros, simplemente, dejaron de hablarse entendiendo que no se aportaban absolutamente nada el uno al otro.

Había ciertas cuestiones en nuestras vidas prepandémicas que sabíamos que nos estaban llevando a un callejón sin salida, pero no sabíamos cómo dar media vuelta

Confinados entre cuatro paredes y sin interacciones sociales, nos propusimos ser mejores. La muestra más comercial de ello es que la pandemia ha aumentado en un 40% las ventas de libros de autoayuda. Hay hábitos que queremos dejar atrás, frases que necesitamos leer para sentirnos reconfortados. Había ciertas cuestiones en nuestras vidas prepandémicas que sabíamos que nos estaban llevando a un callejón sin salida, pero no sabíamos cómo dar media vuelta.

No suelo pecar de optimismo, pero si tengo que pecar que al menos sea de eso: quizá sí que estamos intentando ser mejores. O al menos, ser más fieles a nuestros deseos. Aunque sean deseos utópicos o nada prácticos. Si no ahora, ¿cuándo? Yo de momento seguiré yendo a cada clase con un alegre ciao nada más cruzar la puerta. Que todos sabemos que en realidad se pronuncia chao.

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