“Nos miramos el ombligo en exceso con tanta canción de amor”

El artista vallecano inaugura un espectáculo íntimo y teatral con el que aspira a ejercer también de actor. De momento, representándose a sí mismo desde la autoparodia

El cantautor Ismael Serrano, en una imagen de 2020.
El cantautor Ismael Serrano, en una imagen de 2020.

A poco que se busque un retrato robot para la figura del cantautor, puede que el dibujo resultante se asemeje bastante al rostro moreno y de mirada incisiva de Ismael Serrano. Él es así, y lo sabe: intenso, atormentado, poético, enamoradizo, con honda querencia por la melancolía e inequívoca conciencia social. “A estas alturas, no creo que a nadie le sorprenda saber que soy un tío de izquierdas”, se sonríe con la sorna de quien está muy acostumbrado a lidiar con todos esos vocingleros e intolerantes que le dicen de todo, qué valientes, desde el parapeto del anonimato.

Hay algo de arquetípico en su perfil, y este vallecano de 47 años lo asume con ánimo desmitificador y cada vez más autoparódico. Por eso se esfuerza en que su cancionero recorra de manera nítida el trecho que media entre el “yo” y el “nosotros”. Por eso, además, anda inmerso en el proceso de tomar distancia de sí mismo. De mirarle a la cara al propio Ismael Serrano como quien contempla a un personaje.

De todo ello trata un poco el nuevo espectáculo para teatros de Serrano, que este sábado estrenaba para sus paisanos en ese horario raro y entrañable de las matinés. Hierve el Nuevo Alcalá justo al mediodía, con el trovador escoltado solo por un piano y un violonchelo, pero esta conversación transcurre en la víspera, sin tantas urgencias ni mariposas revoloteando por el estómago. Aunque 23 años de oficio sigan sin ser suficientes para aniquilarlas. “Es más, el confinamiento me ha fragilizado tanto que me noto más nervioso que nunca”, murmura.

Pregunta. ¿Las circunstancias vividas han agudizado nuestra vulnerabilidad?

Respuesta. A mí me han agravado las inseguridades, cuando menos, pero a todos nos han servido para tomar conciencia más nítida de cómo gastamos o malgastamos el tiempo. Empatizamos más con el prójimo. Apenas sé nada de deporte, más allá de que todos mis amigos y sobrinos sean del Atleti o de que me alegrase de que el Rayo le ganara al Barça, pero lo vi claro en la profusión de gestos de los atletas durante estos últimos Juegos Olímpicos. Aplaudir al rival, participar en el éxito ajeno, quizá sea una manera de recuperar la fe en el mundo y en el futuro.

P. ¿Las canciones también pueden ayudar a que recuperemos esa fe?

R. Al menos contribuyen a la búsqueda de referentes. Necesitamos encontrar nuevos héroes de la clase trabajadora y proyectarnos en la grandeza de esa gente. La música sirve, ante todo, para imprimir épica y poesía a nuestra rutinaria vida cotidiana.

P. ¿Prefiere ahora hablar de otros antes que de uno mismo?

R. La reflexión obliga a abordar interrogantes e incertidumbres, a afrontar la necesidad de cuestionarte. Caes en la cuenta de que no tienes que estar todo el rato en el centro del relato, como sucedía con aquella soberbia del reproche que latía en Papá, Cuéntame Otra Vez. Te intentas desprender de todo eso. Mi toma de conciencia presente se encierra en el primer verso de este último disco: “No soy el cantautor que vino a ordenarte la vida”.

P. Este álbum, Seremos, ha llegado siete años después de sus anteriores canciones, las de La Llamada, en 2014. Entre medias grabó dos álbumes en vivo para hacer balance de sus dos décadas como artista. ¿Por qué le llevó tanto tiempo retomar la escritura?

R. Supongo que necesitaba sentarme y reposar, hacer repaso de lo vivido y reflexionar sobre qué quería hacer con mi vida. Ya sé que no me encuentro en la vanguardia de la experimentación, pero soy ambicioso en cuanto a la idea de ofrecer algo nuevo y diferente. Ahora soy un tipo obsesionado con el relato. Me he dado cuenta de que me gusta contar historias, también en otros formatos: una novela, una obra teatral…

P. ¿Ya no le basta solo con la música?

R. La música es un pilar en mi vida, pero me preocupaba que solo pudiera ser feliz encima de las tablas. He conocido demasiados artistas a los que les invade una tristeza brutal cuando se bajan, pero yo quiero aprender a bajarme del escenario. Soy de los que no se lleva la guitarra cuando se va de vacaciones. Y no quiero ser competitivo, ni conmigo mismo ni con los demás, aunque suene a que me esté tirando piedras contra mi propio tejado.

P. ¿En qué se sustancia ese artista nuevo y diferente que aspira a ser?

R. Últimamente he vuelto a escuchar mucho Mediterráneo, el disco de Serrat, y me planteo: ¿quién le escribe hoy a esas cosas? Es un álbum de hace 50 años que abordaba temas como la familia, la infancia, un mar a modo de horizonte compartido o un pueblo blanco que se asemeja a lo que tanto hablamos hoy de la España vaciada. ¿Quién le canta ahora a ese paisaje común? Y ya ve que no me refiero ni siquiera a cuestiones políticas o de compromiso con la sociedad.

P. ¿Quiere decir que las canciones de amor ahora lo monopolizan todo?

R. Hay un problema de diversidad temática. Se ha desatendido el nosotros porque nos dedicamos a hacer siempre la misma canción de amor, con todas las variaciones y permutaciones posibles. Está mal generalizar, de acuerdo, pero me da la sensación de que nos miramos el ombligo en exceso. Nos hemos homogeneizado no ya desde un punto de vista formal, sino de contenido. El cantautor proponía una inmersión en la realidad, pero la hegemonía le corresponde ahora a un escapismo permanente. Serán las cosas del algoritmo, quizás. Se nos dijo que internet sería la panacea de la pluralidad, pero cada vez se crean nichos más cerrados y con vasos comunicantes más estrechos.

P. ¿A usted le sigue mereciendo la pena partirse la cara a diario en Twitter, por ejemplo?

R. Me hago a menudo esa pregunta, la verdad. Pero ¿qué vas a hacer? ¿Callarte? Lo que busca esa gente que crispa e insulta es justo eso, disuadirte. Dejar de escribir sería asumir que han ganado la batalla. Yo solo aspiro a expresarme sin ceder a los sectarismos. Y me jode la imposibilidad de debatir con gente que piensa diferente, porque la propia estructura de las redes fomenta la polarización.

P. Todo eso suena un poco a desencanto.

R. Vivo con mis contradicciones, como todos. En términos generales tengo fe en el ser humano, pero hay días en que pienso: podría dejar de trabajar, dedicarme a vivir en una burbuja. Pero tampoco sé si eso me haría feliz. Al final, soy lo que soy.

P. Durante esa larga pausa en que hizo balance de lo cantado y lo vivido, ¿el saldo le salió positivo?

R. Soy consciente de que mis sinsabores tienen más que ver con mis propios complejos que con la realidad. Ya sé que mi música no suena en las radiofórmulas o que las plataformas no ofrecen listas oficiales de canción de autor. Pertenezco a un género que no las tiene todas consigo, pero detesto la imagen del resentido, de que no obtienes lo que mereces. Mis compañeros de oficio me quieren, la crítica me reconoce un lugar y mi público me acompaña.

P. ¿Su presente apego por los teatros encierra algún anhelo de ejercitarse también como actor?

R. Me interesa y divierte que los conciertos incluyan también un aliciente teatral. Se ha encendido una chispa en mí, pero por ahora no dejo de interpretarme a mí mismo. El siguiente paso será interpretar a un personaje que no sea yo.

P. Andan ya en circulación esos vídeos que está titulando La Canción Más Triste Del Mundo. ¿Son una manera de burlarse de uno mismo, de no tomarse tan en serio?

R. Sin duda, aunque acabo reivindicándome desde la autoparodia. Los prejuicios son difíciles de combatir, y los de la figura del cantautor, ni te cuento. Eres el eterno hombre triste, solemne y circunspecto, incomoda la imagen del hombre comprometido. Ahora bien, ¿por qué nos parece una impostura la tristeza o el compromiso político? El discurso de la antipolítica es un mantra que solo busca desmovilizar a la gente, y yo no quiero. Un mundo sin canciones tristes derivaría en una masculinidad tóxica o en esa tiranía de Mr. Wonderful: “No estés triste, y ya”. Pero nuestra vida no es ni tan feliz ni tan completa, ni somos tan guapísimos como salimos en Instagram.

P. Permítame una curiosidad, ya que hemos hablado de buscar nuevos argumentos para su música. ¿Encierra una canción el escándalo del magistrado Arnaldo?

R. Joé, seguro que esa historia tiene una canción, pero encierra tanta mediocridad, descaro y desvergonozonería que me da pereza. Le escribiría antes un tema a ese tipo que se inventó un coma de 35 años…, o a los periodistas que decidieron creerse tal testimonio en vez de corroborarlo.

P. ¿Se nos ha quedado alguna pregunta importante en el tintero?

R. No creo. En realidad, con el tiempo dispongo de menos respuestas, y lo digo casi poniéndolo en valor. Hacerse mayor es darte cuenta de que cada vez sabes menos.

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