La espuma de los días
Columna
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El enigma de La Mamona

En Madrid la definición de mal gusto ha cambiado mucho en los últimos tiempos

Fotograma de 'La ley del deseo' de Pedro Almodóvar.
Fotograma de 'La ley del deseo' de Pedro Almodóvar.

Hay una cafetería muy cerca de mi casa llamada Kontiki cuya fachada tiene unos bajorrelieves en los que pueden ver dioses de angulosa cara, muy similares a las estatuas de la isla de Pascua, mezcladas con siluetas de barcos de papiro con forma de gajo de naranja, de esos que recuerdan a las barcazas con las que se movían los habitantes de Rapa Nui. Bueno, igual no es exactamente así: sé que hay bajorrelieves, que son exóticos y que el nombre de la cafetería hace volar mi imaginación hacia los mismos lugares con los que soñaba Thor Heyerdahl, ese explorador noruego que en los setenta se empeñó en ir con una goleta de paja de Europa a América para demostrar que el Nuevo Mundo lo descubrieron los egipcios y no Colón. Pobre Thor, se llevó unos cuantos buenos sustos.

Hubo una época que los bares de las zonas finas se montaban para intentar que los clientes se emocionasen con una visita provisional a lo que les gustaría ser. El Kontiki fue construido a finales de los años cincuenta en dos alturas circulares, a la manera en la que se hacía en aquella época, cuando aún se pretendía conquistar a los clientes con soluciones arquitectónicas alucinógenas. Supongo que algo de eso habría en el antiguo Manila de Gran Vía, donde Carmen Maura y Eusebio Poncela disfrutaban del aire acondicionado mientras la niña se tomaba un tortitas con nata en las noches más inclementes del verano almodovariano. Las palmeras fluorescentes del rótulo parecían seguir con su titilar urbanísimo el ritmo de Hawaii-Bombay, esa canción en la que unos chavales bien de Somosaguas también se quejaban del calor agosteño en la ciudad, mientras giraba parsimonioso un ventilador de techo.

Me recuerda esto a su vez al genial Bora Bora de Ventura Rodríguez, donde un artista anónimo se tomó la molestia de esmaltar con colores vivos unas bellísimas cerámicas que emulan la entrada a un templo polinesio. Supongo que dentro aún siguen sirviendo cócteles de esos que echan humo en vasos con forma de cono volcánico. Hace solo unas semanas pedirse uno habría sido de muy mal gusto. Aunque, ¿qué es el mal gusto en este Madrid en el que ni el alcalde respeta el nombre de los muertos?

Tan cerca de mi casa como el Kontiki acaban de abrir un restaurante con sillas de ratán, plantas de interior, y suelos de baldosa hidráulica con aspecto colonial en el que a pesar de las exóticas apariencias sirven “tapas castizas”, en cuya terraza, sembrada de pirámides calefactoras que escupen fuego, parece que se va a celebrar todas las noches un ritual digno de una película de Indiana Jones mientras suena Nassau, aquella canción en la que David Summers se tomaba piña colada. Los bares hablan de los sueños de los habitantes de los barrios donde se abren aunque también de los de sus dueños. Este, en un inexplicable alarde de mal gusto machista se llama La Mamona (todos los bares del grupo hostelero propietario llevan por nombre un adjetivo despectivo hacia una mujer). Aunque quién sabe, a lo mejor no hace referencia a una fémina humillada sino al reverso femenino de Mamón [en arameo Mammon], el dios de la avaricia.

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Sobre la firma

Raquel Peláez

Licenciada en periodismo por la USC y Master en marketing por el London College of Communication, está especializada en temas de consumo, cultura de masas y antropología urbana. Subdirectora de S Moda, ha sido redactora jefa de la web de Vanity Fair. Comenzó en cabeceras regionales como Diario de León o La Voz de Galicia.

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