Hacerse la manicura en un puticlub: el epicentro de los ‘falangmei’ en Madrid está junto a la Gran Vía

Decenas de negocios de belleza de la capital funcionan clandestinamente como prostíbulos

Vista de la calle de Leganitos, en Madrid, este lunes.
Vista de la calle de Leganitos, en Madrid, este lunes.Claudio Alvarez

La chica pronuncia su nombre español “A-vril” haciendo una pausa entre una a muy abierta y una uve muy vibrante. Es una joven asiática de melena oscura, vaqueros cortos rasgados y unas Converse. Habla con timidez. Se pasa días enteros delante de un establecimiento de manicura que pone en la puerta “Uñas”, en la calle de Leganitos, una vía muy céntrica de Madrid, paralela a la Gran Vía. Si caminan mujeres por la acera, no les dice nada; si pasan hombres, les pregunta: “¿Masaje?”. El precio es 20 euros por media hora; 20 más por el final feliz.

Puertas adentro, clientas desprevenidas se llevan sorpresas desagradables. Una mañana reciente, una vecina de 52 años, Almudena M., que se mudó a finales del año pasado a una calle cercana a Leganitos, se hacía las uñas por primera vez en uno de los salones de manicura, cuando notó un trajín de hombres mayores que pasaban por delante de ella y de la chica asiática que la atendía, Nieves. El último en llegar fue una persona de unos 70 años que tuvo que hacer cola porque las cabinas de masaje estaban ocupadas. Saludó a Nieves con la confianza de un cliente habitual. La dependienta se dirigió risueña a la nueva clienta ―”Este es mi amigo”― y siguió arreglándole las manos. El abuelo se sentó a esperar su turno durante unos 10 minutos en una butaca de pedicura donde otra chica le puso los pies en remojo.

La vecina sintió asco y pensó en salir corriendo, pero Nieves parecía maja y no quiso que se sintiera violentada. “La manicura duró unos 45 minutos, pero se me hicieron eternos. Es la primera vez en mi vida que me he encontrado accidentalmente haciéndome las uñas en un puticlub. Sin esperármelo me encontré financiando un lugar donde se trafica con mujeres”, añade Almudena M., que pide ocultar su apellido para evitar conflictos.

En Leganitos no faltan clientas haciéndose las uñas inocentemente, como Almudena. Los locales abren de 10.00 a 22.00, de lunes a domingo, y tienen mucha afluencia de mujeres españolas y turistas. Para los vecinos, la prostitución clandestina en estos salones es un secreto a voces y muchos parecen verlo con naturalidad. Desde hace décadas han tenido a su alrededor salones de strip tease y locales de copas que operaban como burdeles. Pero para otros clientes, también en salones de belleza de otras partes de Madrid, es una situación desagradable que no esperaban. Un negocio aparentemente inocente se convierte así en una tapadera y los clientes en una especie de extras de un local de prostitución.

Leganitos es una pequeña Chinatown, donde conviven supermercados y restaurantes orientales con estos negocios clandestinos. Por aquí pasa un tráfico de peatones considerable, en paralelo a la Gran Vía, la calle más transitada de España. La Gran Vía ha escondido desde hace mucho tiempo una cara B, calles cercanas donde las mujeres son prostituidas. Antes, la prostitución era callejera, tan descarada que se veía desde el McDonald’s de la calle de Montera; ahora es algo más discreta. Se refugia en pisos, salones de masaje erótico y comercios tapadera como los de Leganitos, a menos de 100 metros de un Starbucks, un hotel de cinco estrellas y el Zara más grande del mundo. Al menos cinco locales de esta estrecha calle de 300 metros son burdeles clandestinos que se ofertan al exterior como salones de manicura o de masaje, lo que en China es conocido como falangmei.

La asociación contra la trata de personas Apramp sospecha que las mujeres de estos salones son víctimas de redes mafiosas, pero lamenta lo difícil que es probarlo con la legislación actual. Para proceder a arrestos por trata, las fuerzas del orden necesitan pruebas de que las mujeres son forzadas a prostituirse. De hecho, en la misma calle de Leganitos se encuentra una comisaría de Policía (en obras desde febrero). “Conocemos este tipo de lugares, pero es muy difícil para una asociación como la nuestra hablar con ellas y conseguir que tengan una nueva vida en libertad”, dice la directora de Apramp, Rocío Mora. “Mientras España sea un lugar fácil para el putero y para las mafias, esto va a seguir existiendo”.

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Hay precedentes de operaciones contra estas tapaderas. En 2009, fueron cerradas 14 peluquerías chinas en Barcelona y en 2013, otras 40. En Madrid, también se han conocido casos: en 2016, la Policía arrestó a dos personas por obligar a mujeres captadas en Colombia a prostituirse en pisos y peluquerías. A principios de este año se supo que la red desarticulada en la Operación Sana, que abusaba de menores tuteladas, las prostituía en una peluquería de Vallecas.

Dos locales de Leganitos, el 5 y el 18, fueron denunciados tras una intervención conjunta del Ayuntamiento y la Policía Nacional a finales de diciembre, según un portavoz municipal, “por dedicarse a actividades no autorizadas por su licencia”. Sin embargo, ambos locales han seguido abiertos desempeñando su actividad clandestina. Una portavoz de la Jefatura de Policía Nacional en Madrid se limita a responder que en este momento no tienen investigaciones abiertas sobre negocios de estética que ofrezcan sexo.

Tapaderas por todo Madrid

Para los puteros madrileños, Leganitos es un referente desde hace casi 15 años, cuando operaba aquí Wanli, una peluquería con un cartel azul luminoso. Dentro del local, al fondo, unas escaleras llevaban a una planta superior con dos cabinas de masaje. Desde entonces, los puteros han jugado a descubrir negocios de estética en la región de Madrid que ofrecen sexo de manera encubierta. Un foro llamado Spalumi contiene una cadena de mensajes llamada “peluquerías chinas con sorpresa” que arranca con una publicación en diciembre de 2007 sobre Leganitos: “Os animo a continuar con este hilo, a mí me van mucho las chinas, y no lo puedo evitar”. Esa cadena tenía ayer casi 4.600 mensajes. Los usuarios del foro han encontrado decenas de tapaderas por el centro y los barrios de la periferia en una tarea a la que denominan burlonamente I+D (Investigación + Desarrollo). Cada descubrimiento es celebrado por otros usuarios, que hacen expediciones a los nuevos locales para luego compartir su experiencia.

Uno de los locales de masaje en la calle de Leganitos, este lunes.
Uno de los locales de masaje en la calle de Leganitos, este lunes. Claudio Alvarez

El foro tiene un aire de hermandad donde los puteros, bajo anonimato, dan consejos, evalúan con nota a las masajistas y narran con detalle sus experiencias. Las clientas que se hacen las uñas les miran pasar por el salón “como si fuesen marcianos”. Ellos se ocultan para tener sexo en sitios que a veces son bastante sórdidos, como una pequeña sala con una lavadora y un cubo de basura. “Bajamos unas escaleras estrechas y cubiertas por trozos de moqueta roja, con una luz roja alumbrando las paredes con desconchones. Todo muy cutre”, relata uno. “Durante el masaje suena la música que ponen arriba, totalmente pop-rock de los ochenta y algún Windows que se enciende y apaga”, narra otro.

Los puteros también dedican su tiempo a ilustrarse y compartir conocimiento. Según explica uno al resto de la comunidad, reproduciendo un artículo “por su interés”, la prostitución en peluquerías y centros de estética es común en China, donde se conoce como falangmei, uno de los tipos más humildes de comercio sexual. Según un artículo académico que cita a la policía de Shanghai, el falangmei es el quinto tipo de comercio sexual en una escala de pobreza donde el primer nivel son las amantes de hombres ricos y el séptimo es la prostitución en barrios bajos.

Un hombre asiático hace guardia en la acera de un local de Leganitos a diario. Los comerciantes le han visto gritar a las mujeres y discutir con clientes ebrios. Según vecinos y comerciantes, a sus trabajadoras las mueven de un local a otro con cierta frecuencia. Apenas hablan español. “¿Periodista?”, responde extrañado el jefe, sin entender la palabra. Se gira y repite la palabra dentro del local. Ninguna trabajadora sabe qué significa.

Antonio Chacón, abogado de una asiática dueña de dos locales de estética en esa calle llamados Edina, niega que esos negocios presten servicios sexuales, pero EL PAÍS fue testigo de cómo sus trabajadoras encargadas de captar a los hombres que pasan por la acera lo ofertan abiertamente en la misma calle. Esa captación en la puerta, que hacen cinco negocios de Leganitos, es una pista de sus servicios ocultos. Una peluquería en el número 20 que no tiene a nadie fuera no ofrece masajes de ningún tipo.

Algunos locales de manicura anuncian en sus escaparates que hacen masajes, pero sin precisar que son sexuales, lo que deja con dudas a las clientas de uñas. “Vi un hombre que salió contento y dijo ‘bien como siempre’. Yo me quedé un poco mosca”, relata Mercedes Espinosa, de 45 años, una vecina que optó por no ir más a los negocios de Leganitos.

Parte del secreto de este mercadeo oculto es una relativa discreción. Las mujeres que se proponen a los hombres que pasan por la acera visten ropa de calle. Nada de taconazos o minifaldas llamativas. Usan de cebo la palabra “masaje”. Si el hombre se detiene, la trabajadora intenta seducirlo: “Eres muy guapo”, susurra una. “Ahí hay muchas chicas. Seis”.

Dentro del local, todos alzan el cuello para ver la escena en la puerta, incluido un putero de avanzada edad que espera su turno mientras le remojan los pies.

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Sobre la firma

Fernando Peinado

Es reportero de la sección de Madrid desde 2018. Antes pasó ocho años en Estados Unidos donde trabajó para Univision, BBC, AP y The Miami Herald. Es autor de Trumpistas (Editorial Fuera de Ruta).

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