La paradoja y el estilo
Columna
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Muy Mata Mua

El espíritu Gauguin está más vibrante que nunca, ese sueño de libertad que el hombre blanco europeo confiere a los mares del sur

Ana Botella y su esposo José María Aznar, en Marbella el pasado 9 de junio.
Ana Botella y su esposo José María Aznar, en Marbella el pasado 9 de junio.Gtres

Hay dos cosas que pueden agitarme el sueño: los índices de audiencia de mi programa de televisión y Mata Mua. Mata Mua es más que una formidable obra de Paul Gauguin propiedad de Carmen Cervera: es una causa y un efecto. Incluso una cuestión de fe para muchos que no queremos que el cuadro abandone España. Mata Mua en tahitiano significa “érase una vez”, ese momento indefinido donde muchos deseamos que comience nuestro relato de vida.

En esa atmósfera reside la fascinación por la obra y su influencia llega hasta los rincones estéticos más inesperados, como ese estilo pacífico, que no pacifista, compartido por el matrimonio Aznar Botella. Aparecieron caminando por las playas de Guadalmina baja (nuestra Baja California), entre palmeras, con pareo y collares artesanales que los retrataban como progres acomodados disfrutando de la desescalada. Aznar, bronceado y fibroso, sin grasa, con pareo morado, mocasín, camiseta blanca y húmeda, tan jovial y desenfadado como Hugo Sierra, el finalista más cincelado de Supervivientes. Muy Mata Mua.

Es probable que ni Hugo sepa quién es Aznar ni José María quién es Sierra, pero les une ese ánimo, entre metrosexual y exótico, de enrollarse una tela a modo de falda en plena naturaleza. Y sin renunciar a los complementos. Hugo, exfavorito del reality, se pone un largo collar de cuentas beige y el expresidente se deja tentar por un reloj de gran cilindrada. Pero está claro que el espíritu Gauguin está más vibrante que nunca, ese sueño de libertad que el hombre blanco europeo confiere a los mares del sur. La inocencia salvaje. Esa inocencia explica la fascinación de Carmen Cervera por Polinesia, siendo tan mediterránea. Como si ese mar y el Pacífico se conectaran por alguna corriente sumergida. Que es la misma que hay entre Aznar y Sierra, modernos y desenfadados en el vestir pero ¡cuidadito con las corrientes políticas!

Con Cervera, de un tiempo a esta parte, más que corrientes submarinas hay remolinos. En su vida familiar, como con los otros herederos de su marido, el barón Thyssen, y con los distintos gobiernos. Sin olvidar Hacienda. Tita intercedió en su momento para que la fabulosa colección de pintura de su marido se quedara en España. Pero muchos flecos quedaron sueltos. Por eso, mientras en los periódicos serios los exministros de Cultura defendían sus posiciones, la baronesa concedía una entrevista a todo color en ¡Hola! donde asegura que Mata Mua “es el amor de mi vida”. Tita, ligeramente decepcionada, nos regala confidencias sobre su confinamiento en Andorra, donde está escribiendo sus memorias y removiendo la tierra del jardín, intentando esquivar un tema espinoso, que le acusan de exigir sin piedad al Estado una renta anual por su colección. Es el meollo de la desavenencia y la razón por la cual Mata Mua ya está en Suiza. “Pido ese alquiler por mis herederos. No puedo pretender que ellos hagan el mismo sacrificio que yo”.

Pero su estratégica decepción no es tan real como la que siente doña Sofía por su rey emérito y esposo, que con sus continuos escándalos empaña su colección de esfuerzos por la familia real. Carmen y Sofía han descubierto que por más que eduques a tu familia en amar el arte y también en el arte de la generosidad y el compromiso ejemplar, no tienes la garantía de que vayan a entenderlo o a ejercerlo. Como defensor de los finales felices, me gustaría sugerir trasladar estas negociaciones de Tita con el ministro de Cultura a la redacción de ¡Hola! Estoy convencido de que allí, exclusiva, aunarán las sinergias para conseguir lo mejor para Mata Mua y para todos. Sin decepciones.

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