La paradoja y el estiloColumna
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Pieles con mucho esfuerzo

Pantoja domina la prensa del corazón desde 1977. Ha sido, pues, contemporánea de Juan Carlos en el dominio de su carrera, con la diferencia de que ella pasó por la cárcel

El presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, regala el abrigo de piel al rey Juan Carlos durante su vista al país asiático en 1998.
El presidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, regala el abrigo de piel al rey Juan Carlos durante su vista al país asiático en 1998.Str Old / Reuters

Se acercan las navidades y pensamos más en la familia. Y en las fórmulas de gestión familiar. A la vista disponemos de tres distintas. Una es la de los Borbón, se trata de una gestión fijada por la figura del padre, Juan Carlos, ahora emérito y, según unas fotos de reciente publicación, amante de los abrigos de pieles. La segunda fórmula sería la de los Pantoja, un destino que pivota sobre la figura de la madre. Y la tercera, la más calvinista, la de los Beckham, se trataría de una gestión mixta y global.

La gestión de Juan Carlos I ha pasado de ser la de una jefatura de Estado a un despampanante culebrón narcisista. Esta semana nos sorprendió una glamurosa imagen suya con un abrigo de piel de leopardo de las nieves, obsequio del presidente de Kazajistán, una antigua república soviética de dudosa gestión democrática. Algunos se han disgustado con esta imagen peletera del monarca. Sobre todo porque el animal es una maravilla, un ser vivo realmente bello. Para mí, en cambio, es como siempre me imaginaba a un rey: armiño, terciopelo y peluca, lo que haga falta para verme poderoso. Con ese abrigo peludo, el emérito podría aparecer en Mask Singer, cantando el gran hit de Lina Morgan “Agradecida y emocionada”. Confirmaría así que el antiguo jefe del Estado ha pasado a ser una estrella más de nuestra querida iconografía pop.

Quizás lo equivocado sea creer que un rey puede ser gobernable, ejemplar, gestor, padre, esposo recto. Pero eso no es real. En cualquier caso, esa foto con pieles rejuvenece la histórica relación de la alta peletería con la aristocracia y las artes escénicas. Cuando veo la manera en que el emérito “siente” el abrigo y lo cierra para que le acaricie su rostro, entiendo que está imitando el gesto de amigas a las que habrá obsequiado abrigos así. O quizás, a su manera campechana y desprejuiciada, quiera hacer un guiño de reconocimiento a Bárbara Rey, que fue vedette y domadora de circo y ha tratado a animales tanto vivos y enjaulados, como en forma de abrigo o manta. Esa imagen transgresora hace otro guiño a la joven estética gangsta. La de C. Tangana o Missy Elliot, por ejemplo, la maravillosa rapera norteamericana a la que le encanta envolverse en pieles y bisutería. Aunque ellos son, por juventud, sinceramente más ecológicos que el emérito.

En Cantora, la zarzuela de Isabel Pantoja continúa. Según su amenazante comunicado publicado en ¡Hola!, lleva días sin poder dormir. Yo también pero por lo de Biden y Trump. Pantoja domina la prensa del corazón desde 1977. Ha sido, pues, contemporánea de Juan Carlos en el dominio de su carrera, con la diferencia de que ella pasó por la cárcel. Quizás ahora, ese empeño por encerrarse en Cantora sea una forma de exilio. Aunque Pantoja asegure en su comunicado que tomará acciones legales contra su hijo Kiko, y todo aquel que le secunde en sus hirientes revelaciones, en realidad los hilos de este culebrón se tensan hacia otra parte. A señalar que es en su entorno más próximo, posiblemente un miembro de los Pantoja, donde se encuentra la semilla de esta dolorosa pero rentable crisis familiar. Desde Telecinco y su entorno editorial están interesados en apuntar hacia ese verdadero responsable de que Pantoja no pueda conciliar el sueño y de que su hijo Kiko se sienta engañado. Un magnífico presunto culpable que garantizaría finalmente una exitosa y salvadora reconciliación entre madre e hijo.

Poco puede unir más que observar en televisión a una familia desintegrarse y reintegrarse otra vez. Los Beckham han manejado ese vaivén impecablemente desde que se inició su proyecto empresarial. Ahora se convertirán en una serie documental para Netflix, ¡ojo!, algo similar intentó María Teresa Campos con sus hijas. Aunque los Beckham son la imagen del dispendio y el lujo esterlino, la pandemia ha puesto todo patas arriba: necesitan cashmere y cash. Ese alimento sin el que se convertirían, como el leopardo de las nieves, en animales bellos pero en extinción. Que les salga bien y no terminen cantando Sobreviviré en nuestro Mask Singer.

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