La descomposición de la historia de amor y poder de Kim Kardashian y Kanye West

Durante más de seis años han sido intersección perfecta entre dos mundos: él representaba la cultura y ella el espectáculo. Siempre dentro de los parámetros del siglo XXI

Kim Kardashian y Kanye West, en la semana de la moda de París el pasado marzo.
Kim Kardashian y Kanye West, en la semana de la moda de París el pasado marzo.Pierre Suu (Getty)

Una de las primeras fotos en las que aparecen Kim y Kanye juntos data de 2008. En la imagen, sacada durante la fiesta del décimo aniversario de la revista de moda y cultura Flaunt, aparecen ambos flanqueando a Kourtney Kardashian. Kim, a la izquierda, luce bellísima y mira a la cámara con lubricidad. A la derecha, Kanye, de esmoquin, la observa, ignorando a Kourtney –pocas veces alguien en el centro de una imagen ha sido tan invisible–, arrebatado. El mundo llevaba entonces ya bastante tiempo observando a Kim, pero nadie la había aún mirado así. Estaban posando, pero Kanye se olvidó de la cámara, del fotógrafo, de la fiesta, del mundo. Estamos hablando de Kanye West, la estrella musical más consciente de sí mismo desde Madonna. En 2014, tras dos años de relación sentimental, se casaron en Florencia. La boda costó seis millones de dólares, hubo un banquete previo en Versalles para 600 invitados y la imagen de la pareja besándose tras darse el “sí, quiero” fue la que acumuló más me gusta aquel año en Instagram. Se convirtieron inmediatamente en la pareja más poderosa del planeta. La intersección perfecta entre dos mundos: él representaba la cultura y ella el espectáculo. Siempre dentro de los parámetros del siglo XXI, claro. Él quería añadir a su haber lo que poseía ella y ella, lo mismo con lo que atesoraba él. Ninguno de los dos lo terminó logrando. Si no existiera esa foto de 2008, podríamos incluso pensar que su aventura marital de seis años fue un emprendimiento comercial. Pero lo cierto es que se han querido mucho más de lo que nos ha interesado creer, justo lo contrario de lo que pasó con Brad Pitt y Jennifer Aniston, a quienes el público endosó una cantidad de amor que ambos, a pesar de también quererse, jamás parece que fueran capaces de alcanzar. Por eso, en estos días en que se empieza a hablar del más que posible divorcio de los Kardashian-West, todo el discurso versa alrededor del final de la start up más lucrativa de la década. Brad y Jennifer eran la pareja que queríamos ser y Kim y Kanye, la pareja con la que queríamos estar.

Lo publicado hasta la fecha alrededor del definitivo colapso de matrimonio apunta a que la relación se encontraba en fase de descomposición desde 2016. Se supone que por entonces hubo un primer conato de separación por parte de Kim. No cuajó. Pero 2020 ha sido ya demasiado. La esperpéntica carrera presidencial de Kanye parece haber sido algo ya insoportable para una Kim más centrada en su proyecto de reforma penal en EE UU y en su intención de sacarse el título de Derecho. Se suponía que él iba a entrar de pleno en el mundo de la farándula y ella iba a lograr credenciales artísticas para sus emprendimientos comerciales. A final, ambos acabaron por dirigir sus nuevas inquietudes hacia los dos terrenos más alejados de lo que los hizo en un principio complementarios: la política y el Derecho. Pero considerar esto como el principal motivo para el fin de la relación se antoja algo reduccionista. Igual ellos quieren para sus carreras cosas distintas de lo que buscaban cuando se asociaron, pero el principal problema es que ya no se quieren el uno al otro. O ya no puede ella cargar con él y tampoco él cargar con el peso del clan Kardashian. Kris-Jong-un, así llamó Kanye en Twitter a su suegra, Kris Jenner. En estos tiempos que corren, eso es el equivalente a negarse a ir a cenar a la casa de tu familia política en Nochebuena.

Todas las circunstancias que rodean un matrimonio como este tienden a ser especiales, porque matrimonios en activo así en el mundo no hay demasiados. Pero las motivaciones y las consecuencias son universales. Kanye es un tipo con problemas. Este año pasado, Kim estuvo a punto a ingresarlo cuando tuvo una fuerte recaída de su trastorno bipolar. Llegó a encerrarlo en una habitación de la casa que ambos comparten en Calabassas y a declarar que sufría por la seguridad de sus cuatro hijos. Lo hizo público porque estos lo hacen público todo, no porque no le importara. Ella se ha cansado del comportamiento errático de él, pero nadie podrá acusarla jamás de haberle abandonado. Él, con el tiempo, se ha visto y sentido cada vez más alejado del entorno familiar, social y mediático de ella, plagado de celebridades que sacan tajada de puntuales salidas de tono, pero no habitan en una, como él. Atrás queda aquella noche en que Kanye West organizó una escucha de su nuevo disco en el rancho de Wyoming para un grupo de periodistas, amigos y vecinos –la mezcla de granjeros de la zona e influencers de Los Ángeles fue algo maravilloso– y al iniciarla lo primero que dijo, antes incluso de hablar de las canciones que presentaba, fue que Kim se había encargado de preparar algunos de los aperitivos.

Hoy, Kanye no solo ha perdido su pedigrí mediático, sino que también está a punto de perder su caché musical. Lleva más de un lustro sin editar un disco que se acerque mínimamente a la calidad de sus grandes obras y casi todos sus intentos por adaptar su corpus creativo a sus nuevas inquietudes –sobre todo, religiosas– han resultado en meras curiosidades, en productos que hablaban más de lo confundido que anda que de lo gran artista que fue. Los seguidores de Kanye le pueden dejar de amar porque ya no es lo que era. Y su esposa, también. Pero por motivos distintos: en él no queda apenas nada de aquel tipo que la miraba arrobado en una fiesta en 2008.

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Xavi Sancho

Forma parte del equipo de El País Semanal. Antes fue redactor jefe de Icon. Cursó Ciencias de la Información en la Universitat Autónoma de Barcelona.

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