La paradoja y el estilo
Columna
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¡Shakira, mi amor!

Campanario y Shakira pueden servir de ejemplos contrastados de cómo llevar delante una relación mediática. Con hijos, líos con Hacienda, con machos alfa y con testosteronas desbordadas

Shakira y Gerard Piqué en Nueva York, en un partido del US Open, en September de 2019
Shakira y Gerard Piqué en Nueva York, en un partido del US Open, en September de 2019Gotham (GC Images)

Aunque Shakira Isabel y yo no tenemos mucho en común —ella es colombiana y yo venezolano—, me ha entristecido un poco el aniversario número 30 con mi pareja el anuncio de su separación de Gerard Piqué. Pobre Shakira, pobre Piqué. Es curioso como este destacado deportista siempre está en la diana, objeto de críticas y próximo a polémicas. Unas veces por su posición política, otras veces por sus ambiciones empresariales, ahora por sus supuestas infidelidades. Y próximamente por la dura negociación por la custodia de sus dos hijos, algo que no va a resultar nada fácil. No debería pero me preocupan esos niños, criados en una ciudad bella e inclinada como Barcelona, enfrentados ahora a un futuro tan distinto y plano como Miami.

Todo me lleva a desear una ONG contra la separación de Shakira y Piqué. No deberíamos permitirlo. Tenemos que convencerles de darse otro chancecito, mi amor. Una pareja de Champions, como la de Shakira y Piqué, no se debería romper por unos engaños, un fuera de juego, unas traiciones pequeñas. Ellos son el Mundial. Son el Waka Waka de nuestras ambiciones sentimentales.

Brillan. Precisamente por eso nos cautivaron al empezar su relación en aquel Mundial de Fútbol glorioso, pleno de tanto amor y goles, donde también surgieron Carbonero y Casillas como power couple, que ahora ya divorciadísimos no consiguen el milagro de reconstruir sus vidas sentimentales. Otro argumento para impedir esta separación. No queremos ver nuevos novios bailarines de Shakira, al estilo de los de Jennifer Lopez, ni novias de Piqué con labio abultado. Y asumamos estoicamente que otra causa probable de ruptura es el empeño de Shakira en traer a sus padres a vivir con ellos. Un hábito frecuente en nosotros, los latinos: traer a más gente. Como en nuestros países de origen existe lo que se llama “la situación país”, a la primera de cambio, por ejemplo unas elecciones presidenciales con peligro de golpe militar o de que gane un candidato demasiado izquierdista, los padres se mudan al país donde estén sus nietos aduciendo miedo ante la “situación país” y eso complica la “situación pareja”.

Ay… ¡los suegros! Ay… ¡las ambiciones! Menos mal que, un día después, María José Campanario dio a luz un tercer hijo para Jesulín de Ubrique, que ya tiene dos hijas célebres en nómina, Julia y Andrea Janeiro. Aparte del ADN, las jóvenes mantienen poco en común. Andrea es la discreta hija de Belén Esteban, Princesa del Pueblo, y Julia es la hija despampanante de María José. Jesulín de Ubrique es más conocido por su trayectoria como torero iconoclasta, pero vale la pena recordar que también inició una carrera musical que nunca fue tan ambiciosa como la de Shakira Isabel pero sí que parió un éxito tan inolvidable como el Waka Waka que fue aquel Toa Toa.

Campanario y Shakira tampoco tienen mucho en común. Probablemente ni se conocen pero pueden servir de ejemplos contrastados de cómo llevar adelante una relación mediática. Con hijos, líos con Hacienda, con machos alfa y con testosteronas desbordadas. Espero que con este nacimiento Ambiciones, la finca familiar en Ubrique, se refuerce, que no sea olvidada o mal vendida. No debemos permitir que ese emblema arquitectónico popular corra la misma suerte que el Partido Socialista en su laberinto andaluz.

El amor, como la política, es siempre un laberinto. Tan hermoso y ensoñador como el construido por Cristina Iglesias en el patio de entrada de la Royal Academy en Londres. Entrar en él, a última hora de la tarde del miércoles, volvió a encender en mi interior la admiración por esta artista. Aunque rodeado de un cursi jardincito de desordenado aire inglés, la obra es un manantial verde que, goteando, evoca la humedad del amor, ese rocío misterioso que nubla el sentido, desorienta y aviva la belleza, la emoción, dure lo que dure.

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