trabajar cansa
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Muros que ayer no estaban

Hay fronteras ancestrales que aún resisten los envites del destino. Al menos a este lado de la alambrada.

Un hombre con mascarilla en el metro de Londres el 3 de marzo pasado.
Un hombre con mascarilla en el metro de Londres el 3 de marzo pasado.ANDY RAIN (EFE)

Piensen cómo ha evolucionado la etiqueta para expresar que uno está por encima de los demás. Es un término de duración limitada, cuando hay demasiada gente dentro hay que inventar otro aún más exclusivo, y el anterior queda anticuado, de pringaos. La vida es una sucesión de discriminaciones que te dejan en la puerta de la discoteca o sin jamón del bueno: super, hiper, mega, gold, platino, supra, plus, business, vip, premium (creo que esta es la última). Había conceptos insuperables, como el Seat 131 Supermirafiori. Los niños sin zapatillas Nike éramos ridiculizados porque calzábamos las nisu (nisupadrelasconoce). También hubo un tiempo en la sobremesa en el que siempre alguien pedía un poleo.

Es cosa de admirar la habilidad humana para crear grupos y categorías. Cómo se dispara ahora el precio de las mascarillas, cómo se especula con el gel desinfectante, cómo se mira mal a quien tose en el metro, cómo a un italiano le preguntan si es del norte o del sur… Esto nos avisa de que a veces surgen muros que el día antes no estaban y el sálvese quien pueda es una cosa muy rápida. Ya hasta miras tus propias manos con sospecha, como si fueran de otro: ¿estará ahí el bicho este? Podríamos llegar a cortárnoslas y tirarlas lejos, al otro lado de una alambrada o de la orilla del mar, pero no dejarían de ser nuestras. Seguirían en nuestras pesadillas, un montón de manos agitándose desesperadas, que somos nosotros mismos, más allá de la frontera. Como en Lesbos, para entendernos. Si un día estallara aquí una guerra, no sé dónde íbamos a ir, con el plan border en que estamos. Imagínense: año 2067, millones de refugiados europeos se agolpan en la frontera con Siria. De repente, los derechos humanos nos parecerían algo muy serio.

¿Cómo se crean las barreras, así, de la nada? El otro día conocí a una rusa muy maja y tenía la nacionalidad española. Entonces pensé: mira qué bien, que alguien tan simpático ahora sea español, uno de los nuestros. Fue una ocurrencia espontánea, poco pensada. Me parecía como cuando un nuevo conocido entra en un grupo de amigos (que te da igual de dónde sea, incluso es más divertido si es de fuera), o llega a una oficina, o a un vecindario, o a un barrio, o…, y ahí me di cuenta de que ya no era igual. ¿Por qué? Creo que la cosa cambia cuando se acaba la posibilidad de conocerle, y es un desconocido, solo un extranjero. Basta despersonalizar a alguien y ya puedes pasar de él, es fenomenal.

Podríamos dar el pasaporte a los simpáticos y retirárselo a los antipáticos, pero esto afectaría a capas de la población, más en grandes ciudades, y a varias opciones políticas. En otros países, al contrario, ser antipático daría puntos para obtener la nacionalidad. Es complicado. La única frontera irreversible, que no querríamos, es la muerte. Nos gustaría que fuera de libre tránsito, de ida y vuelta, para que regresaran quienes echamos de menos. Aunque así y con todo haría reaparecer gente que está pero que muy bien muerta. Hay otro límite sagrado que quizá podría revelarse útil en la actual crisis epidémica. Es una idea para Sanidad, para calmar el pánico de quienes abarrotan urgencias para hacerse pruebas sin motivo y se ponen pesados: basta decir que el test requiere una colonoscopia. La gente de pronto se sentiría mejor. Hay fronteras ancestrales que aún resisten los envites del destino. Al menos a este lado de la alambrada. Fuera, que les den.

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Sobre la firma

Íñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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