Un asunto marginal
Columna
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La puñalada

Dependemos de personas mal pagadas, con empleos precarios, víctimas predilectas de quienes recortan presupuestos y derechos laborales

Adolph Hitler el 3 de septiembre de 1939.
Adolph Hitler el 3 de septiembre de 1939.UniversalImagesGroup (Getty Images)

Las grandes conmociones suelen acarrear grandes consecuencias. Parece lógico. Supongo que cada uno de nosotros habrá tenido estos días al menos un momento de vértigo histórico: la constatación de que vivimos algo terrible y extraordinario, algo que dejará marca. En circunstancias como estas, lo evidente se hace aún más evidente. Por ejemplo, que dependemos absolutamente de quien trabaja tras un volante o ante una caja, de quien reparte sobre dos ruedas, de quien friega los suelos, de quien nos atiende en el hospital: dependemos de personas mal pagadas, con empleos precarios, víctimas predilectas de quienes recortan presupuestos y derechos laborales. Supongo que estas personas se darán cuenta también de su propia importancia y actuarán en consecuencia. Antes había una cosa llamada sindicato, no del todo inútil para resolver ciertas injusticias.

El Reino Unido reconoció el derecho de las mujeres al voto en 1918, recién terminada la Primera Guerra Mundial. Francia lo reconoció en 1944, cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial en Europa. La gran conmoción había hecho que lo evidente fuera aún más evidente. En el capítulo de evidencias, quizá resulte innecesario resaltar lo bien que están trabajando la canciller de Alemania, la primera ministra de Nueva Zelanda o la presidenta de Taiwán.

A largo plazo, una gran conmoción suele implicar un gran progreso. A corto plazo, sin embargo, pueden ocurrir fenómenos desagradables. Depende de cómo asume cada sociedad su propia circunstancia. Tras la Primera Guerra, los italianos (que habían roto en 1915 con sus aliados centroeuropeos y acabaron en el bando vencedor) sentían que habían sufrido mucho para obtener casi nada. Mussolini publicó su famoso artículo Trincerocrazia, proclamando que quienes habían estado en las trincheras tenían derecho a gobernar. Y ocurrió lo que ya sabemos: gobernó él como dictador fascista. Mientras en Italia circulaba la idea de la trincerocrazia, en Alemania, país derrotado, surgía el mito de la “puñalada por la espalda”. Busco en la Red la palabra alemana, que suena más fuerte: Dolchstosslegende.

Según la Dolchstosslegende, Alemania no había sido vencida en el campo de batalla, sino en la retaguardia. Una conspiración de políticos ineptos, judíos y socialistas había traicionado a los heroicos soldados (entre ellos, decenas de miles de judíos y socialistas, pero eso daba igual) y había arruinado la patria. Eso caló. Una población asustada y empobrecida es propensa a creer cualquier cosa. Al cabo de unos años, el mito de la puñalada por la espalda fue uno de los factores que llevaron al poder a Adolf Hitler.

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Ideas no muy distintas a la Dolchstosslegende circu­lan ahora por España. La relativa incompetencia de un Gobierno que para algunos fue “felón” desde su nacimiento refuerza, entre esos algunos y algunos otros, la sensación de que lo pasamos mal porque nos han traicionado desde arriba. No es verdad. Muchos Gobiernos (y muchos dirigentes opositores) han cometido errores y el sufrimiento se reparte por el planeta entero. Pero hay que tener cuidado. Si la sociedad española pasa de la pandemia a una recesión severísima con la sensación de haber sido derrotada, ideas como la “trincherocracia” y mitos como “la puñalada por la espalda” pueden resultar tentadores. Seamos conscientes de que las grandes conmociones suelen acarrear grandes consecuencias.

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