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La Santa Sabiduría

Santa Sofía volverá a ser mezquita. Los gobernantes turcos intentan recuperar las riendas del viejo Imperio

El interior de Santa Sofía, en Estambul.
El interior de Santa Sofía, en Estambul.Frank Bienewald (LightRocket via Getty Images)

El 29 de mayo de 1453 Constantinopla fue tomada por el Califa Mehmet II. Un día antes su aterrada población pudo observar cómo la presencia divina escapaba de Hagia Sofia (Santa Sofía) en forma de un extraño remolino de luz que, saliendo de su enorme cúpula, se transfiguró en un largo rayo que subió al cielo. Hagia Sofia, la Santa Sabiduría, era el templo con el que el emperador Justiniano había dado a Bizancio su definitivo esplendor. Estambul, la ciudad en que se convirtió, transformó ese templo en mezquita. Otro Califa hizo colgar en él los inmensos medallones coránicos que la llenan. Tan grandes son que hubieron de ser realizados dentro porque por ninguna puerta podrían haber pasado. Los mosaicos de oro con la Madre de Dios, los querubines o el mismo Salvador fueron encalados. Y así siguió hasta hace menos de cien años.

A principios del siglo XX el Imperio Otomano era un muerto viviente. Tras haber sido el terror de Europa, se había ido despiezando, perdiendo poder e ímpetu. La Primera Guerra volvió a dibujar el Mediterráneo Oriental. Los jóvenes turcos, una minoría militar y universitaria, acabaron con lo que quedaba del califato. Tras ellos y sus no menores crímenes, Atatürk fundó la Turquía moderna. Cambió calles y costumbres. Muchas medidas tomó que sólo se entienden a la luz de un positivo humanismo: la sociedad fue declarada laica, el matrimonio monogámico, se tendrían apellidos, se prohibieron los velos, se usaría el alfabeto europeo, se rezaría en turco en vez de en árabe y, para lo que viene al caso, Santa Sofía sería, en adelante, un museo. Un museo inmenso de sí misma. La moderna religión del arte sustituía a sus dos cultos anteriores.

Orhan Pamuk y la ciudad dormida

Medidas tan drásticas fueron acogidas como necesarias pero sin entusiasmo. Orhan Pamuk nos narra su ciudad dormida en la que ni Oriente se ha marchado ni Occidente se ha hecho presente. En ella van ardiendo, e iluminando la noche, las destartaladas mansiones de madera del Bósforo. El harén ya no gorgea. Mi recorrido, no tan amante, me muestra una gran urbe, de belleza indudable, bastante poco organizada, con demasiadas mujeres cuyo pañuelo y larga bata van a juego con las bolsas que portan en ambas manos.

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Cuando los jóvenes turcos, un mes antes de que la Gran Guerra finalizara, derrocaron a la dinastía, (Kenizé Mourad nos narró aquel fin entre palacios y lámparas de cristal), algunos quisieron realizar un estado moderno y eficiente capaz de compararse con cualquier otro en solvencia. Pero el lastimoso fin del aquel gigante también se asocia a Lawrence de Arabia. En la cabeza de Mustafá Kemal Atatürk me parece imposible pensar que un territorio tan marginal como la península arábiga llegaría a ser decisivo y comprometer ese destino. Pero el motor energético del mundo estaba cambiando y la electricidad se iba a hacer con petróleo. Porque ha sido Arabia y no las sucesivas traiciones de los beys de Egipto o la pérdida del Danubio quien ha dispuesto el tablero en que ahora, dinero mediante, está en jaque el centro de gravedad de un enorme espacio civilizatorio, un territorio que se pretende continuo desde la India hasta el Magreb. Este 24 de julio Santa Sofía volverá a ser mezquita. Regresará al rezo. Con esta medida, que sigue a otras igualmente pensadas para la galería, los actuales gobernantes turcos intentan recuperar las riendas del Imperio, un caballo que hace mucho que no corre.



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