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Columna
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Un poco de decoro

Falta rigor y sobra insensatez por parte del Gobierno de Madrid y falta la mínima exigencia propia por parte de la oposición

Ignacio Aguado, junto a Isabel Díaz Ayuso, esta semana, en el debate del estado de la región en la Asamblea de Madrid.
Ignacio Aguado, junto a Isabel Díaz Ayuso, esta semana, en el debate del estado de la región en la Asamblea de Madrid.KIKE PARA

Hay palabras que suenan a siglo XIX, aunque si se escucharan con cuidado recobrarían actualidad. Por ejemplo, “decoro”. Lo reclama una ministra de Justicia en una reciente y exitosa serie danesa de televisión (Cuando el polvo se asienta) frente a una periodista agresiva y simplona, irritada por la política de inserción de inmigrantes. La ministra (liberal) recuerda que “antes se creía que no era ético meter en la cárcel (o en campos cerrados) a alguien que no había hecho nada delictivo”. “¿Se han perdido los antiguos valores daneses?”, ironiza la reportera. “No”, dice la ministra, “quizás había un mayor sentido del decoro”.

Desde luego, la palabra podría estar en las pancartas de muchos ciudadanos que ya no saben cómo expresar su indignación por la manera en que se desarrollan las cosas de la política en España. “Queremos que se comporten con respeto y circunspección en el Parlamento, en el Gobierno y en la oposición, en la comunidad y en el Ayuntamiento”, podrían decir. “Queremos seriedad, decoro”. El espectáculo al que asisten, maniatados, los residentes en Madrid es quizás el ejemplo más desolador de esa falta de compostura. Falta rigor y sobra improvisación e insensatez por parte del Gobierno autónomo y de sus valedores y falta la mínima exigencia propia por parte de los responsables de la oposición en esa comunidad.

En política, ser circunspecto o serio no supone ser pasivo ni huir de la innovación. Supone, bien por el contrario, mirar alrededor, valorar con gravedad las situaciones que se presentan, separar inmediatamente aquello que no debe entrar en el debate político (porque debe mantenerse en el espacio público, el sistema democrático compartido) y poner todo el ímpetu necesario en defender aquello que sí debe ser objeto de la política.

En medio de esta pandemia, por ejemplo, deberían estar fuera del debate la protección del sistema sanitario público, el refuerzo de la asistencia primaria o la obligación del Estado de hacer llegar gratuitamente la eventual vacuna a cada uno de los ciudadanos que la requieran. Pero la gestión de la presidenta Díaz Ayuso debería ser objeto de una moción de censura acompañada de propuestas concretas que ayuden a aliviar el desconcierto y la amargura de unos madrileños que se sienten abandonados por sus políticos.

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La ministra de la serie estaría también asombrada por la falta de seriedad en algo tan estrictamente político como la negociación de los Presupuestos del Estado. Esta semana se ha anunciado (¡una vez más!) que quizás se tengan que prorrogar “unas semanas” las cuentas actuales. Un presupuesto que lleva en vigor dos años y tres meses más de lo razonable y ¿aún hacen falta algunas semanas más?

La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, cuya principal tarea es, precisamente, preparar las cuentas de cada año, ocupa esa cartera desde el 7 de junio de 2018, cinco días después de que Pedro Sánchez llegara a La Moncloa. Es verdad que solo desde el 13 de enero de 2020 existe un Gobierno de coalición, pero precisamente no hay Gobierno de coalición en el mundo que no se forme mediante el acuerdo en el presupuesto siguiente. La coalición es una novedad en España, pero una cosa bien establecida en medio mundo: no hace falta inventar nada. Cuando se forma un Gobierno de coalición es precisamente cuando dos o más grupos se ponen de acuerdo en las grandes líneas de un presupuesto que defenderán. Y es un solo ministro, el de Hacienda, quien se ocupa de adaptar esos acuerdos y negociar otros posibles apoyos parlamentarios. Es algo claro y serio. Extrañamente, en España se empieza por negociar dentro del propio Gabinete (¡¿pero de verdad no se hizo ANTES de firmar la coalición?¡) y después dos vicepresidentes se lanzan públicamente a buscar los posibles apoyos parlamentarios, cada uno por su lado, en una comedia de enredo en la que la ministra de Hacienda, que debería ser la única protagonista en esta etapa, mira desconfiada a un lado del escenario. ¿Un poco de decoro?

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