Cuando George Orwell estaba en las trincheras de la Guerra Civil española

‘Ideas’ adelanta este extracto de la biografía del autor de ’1984′, publicada ahora por primera vez en español. En ella se narra cómo vivió el escritor los días en que combatió del lado republicano

Milicia del Partit Obrer d’Unificació Marxista (POUM) en Barcelona en 1936. Orwell aparece al fondo.
Milicia del Partit Obrer d’Unificació Marxista (POUM) en Barcelona en 1936. Orwell aparece al fondo.Universal History Archive/GETTY IMAGES

Tenía madera de oficial, y además trabajaba con anarquistas y socialistas: Orwell estaba como pez en el agua. John McNair [secretario general del Partido Laborista Independiente (ILP) que dirigió el contingente del ILP en Barcelona durante la Guerra Civil española] le preguntó cómo había conseguido establecer ese dominio, y veintiocho años más tarde aseguraba recordar su respuesta “prácticamente palabra por palabra”:

“Cuando llegué aquí hace cuatro noches todos ellos parecían creer que yo era una especie de tipo raro. Pocas veces habían visto a un extranjero. Después de la comida advertí que estaban susurrando a mis espaldas. Me limité a liarme un cigarrillo, tomé un sorbo de vino y esperé (…). Caí en la cuenta de lo que estaban tramando, iban a emborrachar al inglés grandullón. Pusieron mucho empeño. Aparecía una botella tras otra de aquel áspero vino español y todos seguíamos bebiendo. No sabían que yo había trabajado un año y medio en hoteles y bares de París y que lo sabía todo acerca del vino tinto barato que los franceses llamaban Gratte-gorge (raspador de gargantas). Uno tras otro comenzaron a abandonar, caminando dando tumbos hasta sus literas. Sólo quedábamos tres o cuatro así que dije en voz baja: “Bueno, muchachos, hemos tomado unas copas amistosamente así que yo me marcharé si alguno de vosotros me muestra dónde puedo dormir”. Entendieron mi francés. Logré, aunque me costó lo suyo, irme en silencio a dormir (…). Es curioso que sólo haya podido obtener su respeto porque podía tumbarles bebiendo a casi todos.

A la mañana siguiente estaban todos de resaca de modo que decidí intervenir. Ya que mi catalán era muy pobre, hice que el hombre al mando me tradujera del francés. ‘Bueno, jóvenes, tuvimos una noche muy entretenida pero no estamos aquí para empinar el codo, estamos aquí para aplastar a los fascistas. Ahora todos harán instrucción bajo mis órdenes y harán lo que yo haga’. Para mi sorpresa y alegría, todos aceptaron, pronto se les pasó la resaca, y a partir de entonces pensaron que era alguien y me trataron con camaradería y respeto”.

“Camaradería y respeto” era lo que Orwell veía que todo el mundo mostraba al otro en Barcelona. La burguesía parecía haberse desvanecido. Era una ciudad de clase trabajadora, nadie “vestía bien” y todos se dirigían a los demás como “compañero”, y utilizando la segunda persona “tú”, más familiar que el distante “usted”. En realidad no se percató de que la fase revolucionaria de las banderas rojas o de las banderas rojinegras de los anarquistas estaba llegando a su fin; la normalidad republicana estaba a punto de ser reinstaurada por el gobierno central a efectos de conseguir un esfuerzo bélico unido y apaciguar la opinión internacional, especialmente la de los gobiernos británico y francés.

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Orwell marchó a las trincheras en el frente de Aragón en Alcubierre. Estaba en las montañas, a unos trescientos kilómetros al oeste de Barcelona y en un lugar destacado de la línea aproximadamente a medio camino entre Zaragoza y Huesca. Formaba parte de la división “Rovira”, o 29, y las divisiones vecinas estaban todas compuestas por milicias anarquistas. “Yo había caído, más o menos por azar, en la única comunidad de Europa occidental donde la conciencia política y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario”.

Al mando de su centuria o batallón estaba un soldado belga irregular muy afable, Georges Kopp, un exingeniero que hasta el embargo había fabricado armas en Bruselas para el gobierno español. McNair tuvo que pedir dos pares de botas de talla 47 desde Inglaterra especialmente para Orwell. La centuria era “una turba que no había recibido instrucción militar, compuesta en su mayoría por adolescentes”; lo ascendieron a cabo, a cargo de una sección de doce hombres. Como escribiría más adelante, era una parte tranquila de la línea del frente: los principales enemigos eran el frío y el aburrimiento. Admitió haber sufrido tremendamente por el frío, y su bronquitis invernal no lo abandonó nunca: “La leña era lo único que realmente importaba”, y los suministros eran escasos; se exponía a las balas de ametralladoras fascistas por conseguir ramas de unos arbustos que crecían entre las líneas.

No era del todo malo que los fascistas no tuvieran demasiada actividad en esa zona del frente, ya que el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) tenía muy poco con lo que hacerles frente más allá del entusiasmo y de quince cartuchos de munición por cabeza. Había que probar cada cartucho en la recámara por separado para ver si encajaba, debido a que se utilizaban tres tipos diferentes de rifle. El de Orwell era un Mauser de 1890; un año no muy bueno, pensó. La mayoría del tiempo tenían buenas provisiones de comida, vino, velas, cigarrillos y cerillas pero “no teníamos cascos ni bayonetas, muy pocos revólveres o pistolas y no había más que una granada por cada cinco o diez hombres (…). No contábamos con telémetros, telescopios, periscopios, prismáticos, excepto unos pocos de propiedad privada [como los suyos], ni pistolas de bengalas, ni tenazas para cortar las alambradas, o herramientas de armero, ni tampoco siquiera material de limpieza”. La lista es conmovedora. Se los dejaba en la línea del frente, en trincheras mal construidas, durante periodos largos y extenuantes hasta que les tocaba el permiso. Jamás se organizó una alternancia regular dentro de la línea, o una reserva. En ochenta días, sólo pudo cambiarse de ropa tres veces. Los servicios sanitarios o médicos eran escasos o inexistentes. Buena parte de los reclutas simplemente defecaban en las trincheras donde se encontraban, desatendiendo la construcción de letrinas o negándose a hacerlo. “Una de las experiencias fundamentales de la guerra es que jamás se puede escapar de los repugnantes olores de origen humano”. Incluso para los piojos ese fue un enero demasiado frío, pero en marzo llegaron. “Los hombres que lucharon en Verdún, Waterloo, Flandes, Senlac, las Termópilas, todos ellos”, reflexionó, “tenían piojos arrastrándose por sus testículos”; pero antes de que aparecieran los piojos, abundaban las ratas y los ratones. “La suciedad nunca me preocupó. La gente hace un drama de la suciedad. Resulta sorprendente comprobar la rapidez con la que te acostumbras a no usar pañuelo y a comer en la misma escudilla de hojalata con la que también te lavas”.

Pero la suciedad no le importaba, ya estuviera entre vagabundos, en la casquería o en las trincheras; a lo largo de su toda su obra la utilizó como símbolo de la opresión, y deliberadamente se obligó a soportar la suciedad con el fin de entender mejor, pensaba, la condición del pobre y del oprimido.

(…) La milicia en la que estaba, como sucedía con otras, había sido organizada a toda prisa en los primeros días tras la sublevación de Franco el año anterior a través de los sindicatos y los partidos políticos, y los soldados se debían más directamente a estos que al gobierno central. De hecho, los marxistas del POUM se oponían en la práctica al control estatal centralista, como los anarquistas se oponían en teoría. Ambos veían a los comunistas como un partido corrompido por el poder estatal. La Batalla, el periódico del POUM, fue el único que había denunciado en Cataluña los juicios de Moscú de julio de 1936 y las ejecuciones de Stalin de los “viejos bolcheviques” en agosto; en verdad afirmaban haber sido el primer periódico en cualquier lugar en comprender lo que estaba sucediendo. La milicia del POUM era “al menos en la teoría […] una democracia y no una organización jerárquica”, como si toda centuria fuera un soviet o una comuna. Había oficiales y suboficiales, se daban órdenes y se esperaba que se cumplieran; pero sólo se daban de compañero a compañero, y debían darse motivos claros y evidentes, no sólo para probar una “obediencia ciega”. De modo que no había “un escalafón militar en el sentido tradicional; no había ni distintivos ni galones, ni juntar los tacones en señal de obediencia ni saludos reglamentarios”, recordaba Orwell. Todos recibían la misma paga, comían lo mismo, usaban el mismo uniforme y vivían en los mismos cuarteles. “El rasgo esencial del sistema era la igualdad social entre oficiales y soldados. Todos […] se trataban en términos de completa igualdad […]. Evidentemente la igualdad no era perfecta, pero era lo más aproximado a ella que había conocido jamás o que hubiera concebido en tiempo de guerra”. Al describir sus sentimientos tres meses más tarde, decía: “Estaba respirando el aire de la igualdad, y era lo bastante ingenuo como para imaginar que ésta existía en toda España. No me di cuenta de que, un poco por casualidad, estaba aislado en el sector más revolucionario de la clase obrera española”. Y ese junio escribiría desde el hospital a Cyril Connolly: “He visto cosas asombrosas y por fin creo de verdad en el socialismo, como nunca lo había hecho hasta ahora”.

Bernard Crick fue un ensayista británico, profesor en la London School of Economics y en la Universidad de Sheffield y autor de ‘En defensa de la política’. Este extracto es un avance de ‘George Orwell. La biografía’, que publica Ediciones El Salmón este 12 de octubre.

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