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¿Qué querías que hiciera?

Las tormentas políticas están en manos de personas que toman decisiones, y que tienen responsabilidad sobre ellas

El presidente estadounidense Donald Trump con un ejemplar de 'The Washington Post' el pasado 6 de febrero.
El presidente estadounidense Donald Trump con un ejemplar de 'The Washington Post' el pasado 6 de febrero.Drew Angerer/Getty Images (Getty Images)

Los efectos de la pandemia, el desprestigio de los políticos, el deterioro económico, el aumento exponencial del paro son factores determinantes que acaban empujando a amplias capas de la sociedad en brazos de figuras carismáticas y regímenes autoritarios. Este mensaje se difunde una y otra vez, como si las cosas en política fueran hechos científicos calculables. Es un mensaje peligroso y falso, en el que los profetas se alzan encantados sobre sus pedestales llamando la atención de los ciudadanos. En realidad, en lugar de prestar atención a esos presuntos científicos del porvenir sería mejor atender a los maestros que se limitan a sacar enseñanzas de la experiencia. Ni la pandemia ni el deterioro económico tienen por qué conducir al aumento de las propuestas autoritarias, porque, entre otras cosas, si algo ha demostrado la experiencia es que esas propuestas y esos regímenes no solucionan los problemas sino que los empeoran definitivamente. El crac económico de 1929 ayudó a la subida al poder de Hitler, nombrado canciller en enero de 1933, recuerdan. Cierto, pero olvidan que el mismo crac llevó dos meses después, en marzo de ese año, a Franklin D. Roosevelt a la Casa Blanca, cuando el país padecía ya un 25% de paro. Uno, autoritario, destruyó Alemania y mató a millones de sus ciudadanos. Otro, demócrata, rehízo Estados Unidos y promovió el bienestar de los suyos. Necesitamos menos profetas y muchos más maestros que expliquen lo que hicieron Roosevelt y su gente.

El próximo martes los norteamericanos deciden quién será el presidente de su país durante los próximos cuatro años. Tienen una enorme responsabilidad porque si permiten que Donald Trump continúe gobernando estarán autorizando que se destruyan todavía más los usos democráticos que hicieron de Estados Unidos un país formidable, destino durante casi tres siglos de millones de personas que huían de la falta de democracia y la pobreza. Un país en el que Roosevelt promovió prácticas, usos y hábitos cívicos que complementaban los principios y normas estrictamente políticos y que son precisamente los que Trump (que seguramente ha respetado la legalidad estricta de las leyes estadounidenses, puesto que su impeachment fue rechazado) ha empezado con tanta fuerza a destrozar.

A nadie se le puede exigir que conozca el futuro, pero lo que sí que es perfectamente exigible es saber con qué valores y principios se identificaba esa persona antes de esta crisis y de esa pandemia y si sigue comprometido con ellos, durante y después. No tiene mucho sentido hablar hoy de situaciones inéditas y peligros “sin parangón”; casi todo ha pasado antes, de una u otra manera. Lo importante es comprender que existen responsabilidades por la manera en la que cada uno actúa. Y no cabe escudarse en que se trata de una situación excepcional. Tampoco, por supuesto, pueden hacerlo los políticos, elegidos para representar a los ciudadanos y absolutamente responsables de la forma en que actúan.

Hannah Arendt, en su ensayo sobre responsabilidad y culpa, cuenta que, liberado el campo de concentración de Buchenwald, uno de los prisioneros vio en un camión en el que subían a los antiguos guardianes de las SS a un antiguo compañero de colegio. El guardián se le quedó mirando y le gritó: “¿Qué querías que hiciera?, llevaba cinco años en el paro, tienes que entenderlo”. Pero no había nada que entender. El guardián fue puesto en libertad poco después porque no era culpable desde el punto de vista legal, pero sí era absolutamente responsable de la decisión que había tomado.

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La política no es una ciencia, desde luego, por mucho que se empeñen algunos académicos. Las tormentas políticas no son hechos científicos atmosféricos, sino que están en manos de personas concretas que toman unas decisiones y no las contrarias. Y que tienen responsabilidad sobre ellas. “¿Qué querías que hiciera?” no puede ser jamás la respuesta en el ámbito político, para ningún ciudadano ni para sus representantes, porque unos y otros siempre pudieron haber hecho otra cosa.

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