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Columna
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Dónde agarrarse en un mundo resbaladizo

No sé si notan una poderosa indiferencia hacia lo que ya digan muchos políticos. Va todo fenomenal y los protocolos se han aplicado. Entonces coges la bandeja del horno te pones por tu cuenta a quitar hielo

El parque El Paraíso, en Simancas, Madrid, el pasado 9 de enero tras el paso del temporal Filomena.
El parque El Paraíso, en Simancas, Madrid, el pasado 9 de enero tras el paso del temporal Filomena.Alvaro García

Para relativizar tanta desgracia natural, una frase de George Santayana, un español olvidado que descansa en Roma: “Vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático”. Que nos lo digan a nosotros, que no ganamos para disgustos en 2021, con lo feliz que nos lo prometíamos. Ahora bien, las navidades las hemos salvado, y con la nevada del siglo Madrid es un desastre, pero la gente ya hace como si nada, sigue adelante. Y eso que se resbala, se rompe un brazo, se queda sin agua en casa, se ducha en la del vecino, pasa un día entero sin agua potable, que desaparece en los supermercados, amontona basura en el balcón, sale a la aventura a buscar fruta y leche, en un metro atestado, ejerce de asistente informático de sus hijos con el zoom del colegio (la “o” de la contraseña luego siempre es un cero, y viceversa, y no funciona), y acaba deslomada con latigazo cervical —sin que el centro de salud le coja el teléfono— por falta de entrenamiento para la nieve. Pero la pandemia sí nos ha entrenado ya para la fatalidad.

No sé si también notan ustedes una poderosa indiferencia hacia lo que ya digan muchos políticos, el alcalde, la presidenta, el ministro, el presidente. Va todo fenomenal y los protocolos se han aplicado de forma correcta. Raramente tienes la sensación de que te traten como un adulto. No hay nadie que te diga la verdad, y entonces coges la bandeja del horno para quitar hielo y te lo montas por tu cuenta, igual que te autoconfinas por propia iniciativa, porque de Fernando Simón tampoco te puedes fiar, que luego te riñe. En un mundo resbaladizo, sin nada a lo que agarrarte, actúas por instinto. Supongo que nunca sabremos por qué no hubo rastreadores, por qué nos racanean los test y se forran las clínicas, por qué se han organizado mal las vacunas, por qué no han previsto el Madrid polar. No nos lo van a decir, está asumido, tendremos que pillarles en unas escuchas o algo. De forma que la gente ya no lo vive dramáticamente, esto es lo bueno. Lo malo es el empacho político, como ha dicho elegantemente, como siempre, Iñaki Gabilondo, al anunciar que se larga. Todos lo sentimos, tanto quedarnos sin alguien al que agarrarnos, como eso mismo, las ganas de mandarlo todo a la porra. Cómo no darle la razón. Que diciendo cosas de sentido común, buscando el entendimiento, sea un bicho raro dice mucho de cómo estamos.

Se ha adueñado de la realidad ese inmenso sobrante de irrealidad en que vivimos, desde el falso personaje más guapo e interesante que construimos de nosotros mismos en las redes sociales a las trolas que sueltan los políticos ya de forma rutinaria (¡el Goya para Illa negando su candidatura en Cataluña el día antes de anunciarla!). Llevamos demasiado tiempo jugando, triunfan los instintos. Al principio eran tuits demenciales, luego líderes políticos surrealistas, después gente que increíblemente les vota y ellos, si ganan, al final superan las expectativas de las tonterías que hacen. Lo que cierra el círculo en el Capitolio es que la gente pase también a hacer barbaridades, ya le parece poco decirlas. ¿Dónde empieza esto? En el principio, con sandeces que no son inocuas, y políticos y periodistas que no miden las palabras pero sí callan ante ellas. Esta, por ejemplo, es del 5 de enero de 2020, a las 4.38 pm. Es un tuit de Vox: “Santi_Abascal hace un llamamiento a la movilización el 12 de enero en toda España ante el repugnante fraude electoral de Sánchez. Levantamiento popular contra el Gobierno traidor, ilegítimo y enemigo de la soberanía nacional #EspañaExiste”. Muchos están aún en esa película, es muy emocionante.

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Sobre la firma

Iñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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