ensayos de persuasión
Columna
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Una iniciativa aún fuera de circulación

Se propone un trueque: deuda del BCE a cambio de inversiones para la reconstrucción

La directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva y la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen en Bruselas, el 28 de enero de 2020.
La directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva y la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen en Bruselas, el 28 de enero de 2020.Dursun Aydemir/Anadolu/ Getty Images (Anadolu Agency via Getty Images)

Cerca de un centenar de economistas, entre los que se encuentran Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI) y Steve Keen (La economía desenmascarada), desarrolla en estos momentos los detalles de una iniciativa heterodoxa, con un doble objetivo: aumentar las inversiones para la recuperación de las economías nacionales europeas tras el brutal impacto del coronavirus; y, al tiempo, reducir la deuda pública de ellas en una cuarta parte de su monto total. ¿Cómo? Mediante un contrato entre los países del euro y el Banco Central Europeo (BCE) por el que éste se compromete a borrar de su balance las deudas públicas que ha comprado (o a transformarlas en deuda perpetua, sin intereses) a cambio de que los Estados en cuestión se comprometan a invertir por valor del mismo importe para sus proyectos de transición ecológica.

El BCE posee aproximadamente el 25% de la deuda pública europea. Se podría decir que nos debemos a nosotros mismos ese mismo porcentaje. Para pagarla, habría que pedir más créditos en un bucle infinito, aumentar los impuestos o recortar el gasto público. Todas, soluciones dolorosas en cualquier circunstancia, máxime en estos tiempos (a pesar de los bajos tipos de interés). Con la propuesta citada, el BCE podría ofrecer a la eurozona medios adicionales para la reconstrucción, pero también para aliviar los daños sociales, económicos y culturales que ha traído la abrumadora crisis sanitaria.

Los economistas en cuestión son conscientes de que su iniciativa sele de los métodos tradicionales de actuación del BCE, pero recuerdan que también estaba fuera de lo usual la expansión cuantitativa (quantitative easing) que puso en funcionamiento Mario Draghi —aumentar la oferta de dinero mediante la compra de deuda pública y privada— y sin embargo ha acabado formando parte de la normalidad y salvando las economías de numerosos países. Se trataría por tanto de un problema de voluntad política, no de dificultades técnicas. La actual es una situación tan excepcional como lo fueron, por ejemplo, la Conferencia de Londres en 1933, en la que representantes de 66 países estuvieron reunidos más de un mes con el objeto de coordinar las políticas precisas para sacar al mundo de la Gran Depresión (fracasaron), o la conferencia de 1953, también en Londres, para perdonar dos terceras partes de la deuda de la República Federal de Alemania (se consiguió).

Es conveniente que las respuestas relacionadas con la deuda de todos los ciudadanos formen parte también del debate público. Su cuantía (hasta qué porcentaje nos endeudamos) y financiación (cuánto nos cuesta pagar esa deuda y quién va a pagarla) son un barril de pólvora rodeado de los incendios sanitario, económico y ecológico. La deuda pública global asciende a unos 70 billones de euros, con un nivel porcentual solo comparable al que se llegó en la Segunda Guerra Mundial. En buena medida, como ya se ha mencionado con respecto a Europa, es deuda adquirida por los respectivos bancos centrales, lo que ayuda a algunos países a no perder del todo sus niveles de vida previos a la pandemia y a la Gran Recesión. Muchos Estados superan ahora una deuda pública mayor del 100% de su PIB, lo que significa, por ejemplo, que violentarían los principios del Tratado de Maastricht que dieron lugar a la Unión Económica y Monetaria, y al euro (la excepción, por poco, sería Alemania).

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Con ese dinero, Gobiernos de todo signo político han financiado los planes de estímulo (en una cuantía de alrededor de 10 billones de euros), el mantenimiento de los Estados de bienestar donde existían y muchas de las necesidades de protección a los ciudadanos con riesgo de quedarse atrás. Ya no queda rastro de la antigua política de austeridad y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, la búlgara Kristalina Georgieva, todavía declaraba, una vez más, por si alguien no la había escuchado: “Ya dije en marzo ‘por favor, gasten’. Gasten lo que puedan y después gasten un poco más. Abogué, y sigo abogando, por políticas monetarias acomodaticias y políticas fiscales que protejan a la economía del colapso”. Heterodoxia pura.

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