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Columna
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Salvar la relación

El anuncio del PP de irse de su sede es como esas decisiones desesperadas de pareja cuando ya es demasiado tarde, un viaje a Bali, una cena carísima, aunque sabes que el problema no es ese

Fachada de la sede del Partido Popular en la calle Génova, en Madrid.
Fachada de la sede del Partido Popular en la calle Génova, en Madrid.Victor Sainz

El anuncio del PP de irse de su sede es como esas decisiones desesperadas para salvar una relación cuando ya es demasiado tarde, un viaje a Bali, una cena carísima, aunque sabes que el problema no es ese. Para ver que no han entendido nada y les volverá a pasar lo mismo basta ver lo que han dicho de la sentencia del máster de Cifuentes, absuelta después de que se pruebe todo lo demás: “En un Estado de derecho, la verdad que prevalece es la verdad judicial”. Esto es una tontería como una casa, la de Génova 13, por ejemplo. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero en las cloacas. Su disfunción, la de todos los políticos, es esa, no tratarnos como adultos y mirar solo el código penal. No todo es delito, hay cosas que simplemente no se hacen y se te tiene que caer la cara de vergüenza. Pero además cuando un tribunal prueba la caja B dicen que no van a responder preguntas sobre ello. No hablar las cosas es lo que arruina las relaciones, hacer como si no pasara nada. Este PP, el de ahora, ya lo hizo con el propio Pablo Casado en 2018: lo eligieron decidiendo que les daba igual que le hubieran regalado un máster, algo demostrado por los medios. Ya lo del máster en Harvard, Aravaca, lo dejamos por imposible. Los otros partidos callaron, y normal, porque cada uno tenía lo suyo: a Pedro Sánchez le pillaron que había copiado en su libro una conferencia de un embajador en Australia.

Cuando el Supremo confirmó que había indicios de trato de favor en el caso de Casado, pero más allá no se podía ir, en el PP lo celebraron como una absolución. Es la misma desubicación mental que luego te hace cambiar de ubicación catastral, pensando que eso cambia algo. Ya, en otros países habrían dimitido y tal, pero vivimos en este, rodeados de gente que tenía que haber hecho otra cosa. Miren estos dos tontos con micro: un rapero que va a la cárcel y no debería (aunque ha conseguido lo que quería), y una descerebrada racista que ya tenía que estar dentro, por un discurso antisemita. Pero ya se dedica a dar entrevistas a diarios nacionales que quieren que comprendamos su punto de vista. Consigue que empatices con los policías dando palos, pero resulta que no estaban en su concentración. Vivimos en la dislocación permanente.

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Me pasó también con Isabel Díaz Ayuso, con quien me identifiqué plenamente, cosa que me pasa poco, ya digo que es una semana muy rara. Estuvo graciosa, de puro macarra, al cargar contra los “niñatos” que destrozaron la Puerta del Sol por alguien “que tiene menos arte que cualquiera de los que estamos aquí con dos cubatas en un karaoke”. Aunque me hubiera gustado todavía más si lo hubieran dicho los de Unidas Podemos. ¿Se lo imaginan? Jugar a intercambiar frases es revelador, hacerlo disfrazado también salva relaciones. Imaginen, por ejemplo, que la portavoz de Podemos, Isa Serra, hubiera dicho: “Esperen a que la gente salga a la calle, porque lo de Puerta del Sol les va a parecer una broma”, como Díaz Ayuso sobre los manifestantes que se saltaron el confinamiento en Núñez de Balboa.

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En algunas parejas, por cómo se dirigen la palabra, el uso de los sarcasmos, que ya les da igual discutir delante de gente, notas que en vez de salvar la relación están en hundirla, a ver quién se salva mejor de los dos. Entre los tuits infantiles de Echenique y las regañinas de directora de colegio de Carmen Calvo, ves que ya se están peleando por la custodia. ¿Y los chicos qué piensan? Las protestas delatan que entre los jóvenes hay un malestar de fondo que no es por lo del rapero este, un sentimiento profundo de injusticia y de cosas que no funcionan. Aquí hay que salvar nuestra relación, la de todos.

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Sobre la firma

Iñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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