Trabajar cansa
Columna
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Que sea ya 10 de mayo

Quizá hubo un tiempo en que uno podía decir: yo no le votaría, pero me cae bien. Ahora nos caen mal hasta los que votamos

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en un acto de precampaña electoral el 7 de abril.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en un acto de precampaña electoral el 7 de abril.A.Martínez Vélez. Pool (Europa Press)

Yo quiero que sea ya 10 de mayo. Cambiará nuestra vida, habrán sido las elecciones en Madrid y no tendremos estado de alarma, sino un estado de tranquilidad, un nuevo mundo. Pedro Sánchez habla con tal seguridad que más que promesas parece que hace spoilers. Realmente te da la sensación de que va a suceder lo que dice, aunque la mayoría de las veces sea al revés, y en ese sentido es absolutamente fiable. Desde luego de los políticos que tenemos es el que mejor miente, es decir, que se nota que se esfuerza en creérselo él mismo, porque luego tienes a Isabel Díaz Ayuso que se ve que lo que dice no se lo cree ni ella, pero le da igual. Quizá por eso Sánchez cada vez sale menos a hablar, lo guardan para las grandes ocasiones, cada intervención es un desafío interpretativo.

Cuando veo a los políticos de Madrid me planteo que no sé por qué creen que nos interesa lo que piensan, fíjense lo mal que estoy. Y ya ni me imagino a alguien que pone las noticias en Ribadeo. Ya, ya sé que es una irresponsabilidad democrática pero es que con este ambiente se te contagia, todos pasamos de todo. Para qué hacer una campaña a estas alturas, si ya nos conocemos y, es más, estamos deseando dejar de vernos. Tecnológicamente ya sería posible convocar las elecciones y votar a los tres días con una aplicación móvil, sin darles tiempo a que piensen, nos monopolicen los telediarios un mes y nos pongan la cabeza como una tómbola. Ojalá se votara mañana, ¿se lo imaginan, lo maravilloso que sería? Y la decepción que se llevarían ellos, tener que ponerse a arreglar problemas. Pero no, nos tocará aguantar un mes de perfiles de los candidatos, fotos con su perro, programas cocinando chipirones, algún día un escandalito efímero, y unos apelando a los hosteleros, y los otros al colectivo LGTBI, todos olvidando a los sectores sin conciencia clara de clase, como los taxidermistas o ya el mismo ciudadano medio. Y los debates, dios bendito, nos quedan los debates. La famosa polarización tiene sus ventajas, facilita las cosas. Hay varios con los que dices: a ese no le voto ni loco. Luego ya solo es ver cuáles te quedan, y a lo mejor hasta resulta que no te queda ninguno. Quizá hubo un tiempo en que uno podía decir: yo no le votaría, pero me cae bien. Ahora nos caen mal hasta los que votamos.

Cómo evadirse hasta mayo, ese es el problema, y no solo de los confinamientos perimetrales. Al principio de la pandemia todo eran recomendaciones de series, de libros, ahora ya no sabes qué hacer. Me he consolado leyendo un reportaje sobre un hijo de Bin Laden, Omar Bin Laden, y su penosa vida, y cómo a veces las cosas salen por dónde menos te lo esperas. Cuenta que su padre no se sintió querido en su infancia y luego siguió la tradición familiar: “Sé cómo se ha sentido, soy uno de sus veinte hijos y muchas veces he percibido la misma falta de atención”. Es que con veinte hijos qué quieres. En la mansión Bin Laden rechazaban toda modernidad, tenían una educación severa y los tenían encerrados. La casa entera era un pin parental. Les prohibía la Pepsi, y claro, la mitificaron. A este líder mesiánico le salió todo al revés con la educación. ¿Cómo se evade ahora este hijo suyo?: “Amo la dignidad de los cowboy. Cuando estoy deprimido veo Sin perdón, de Clint Eastwood”. El 10 de mayo no sé qué podremos ver y beber para olvidar si al final todo sigue igual. Ya tenemos el programa Sálvame limón, naranja y tomate (descubrí hace poco que la gradación frutícola se debe a que van subiendo a algo más fuerte según las horas): tendrán que inventar el Sálvame pacharán.

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Sobre la firma

Iñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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