Ningún animal puede construir un rascacielos. La cognición es lo que distinguió a la especie humana

Si hemos sobrevivido y prosperado no es por ser más grandes, ni más rápidos ni más fuertes, sino por ser más inteligentes. Es una de las ideas que el neurocientífico Joseph LeDoux desarrolla en su nuevo libro

Partida de ajedrez entre una niña y un chimpancé en el zoo de Londres, en 1955.
Partida de ajedrez entre una niña y un chimpancé en el zoo de Londres, en 1955.William Vanderson (Getty Images)

Nuestra especie ha sobrevivido y prosperado no por ser más grande, ni más rápida ni más fuerte, sino por ser más inteligente. No hemos evolucionado, como muchos organismos, adaptando el bauplan [el arquetipo corporal] al mundo a medida que cambia; hemos usado nuestras capacidades cognitivas para cambiar el mundo. Lo hacemos porque pensamos que puede ser ventajoso para el cuerpo y para nuestro modo de vida, o porque simplemente puede ser interesante jugar con la naturaleza. Ningún otro animal, ni siquiera los primates más cercanos a nosotros, puede tener ideas, como, por ejemplo, construir un rascacielos, encontrar la cura para una enfermedad, componer una ópera o escribir una novela, después describírsela a un colega, planear cómo ejecutarla y, finalmente, llevarla a cabo. El que la cognición humana sea única no significa de ningún modo que seamos mejores o que tengamos más derechos que nuestros antepasados o que los animales con los que actualmente compartimos el planeta. Solo significa que somos diferentes.

Por muy única que sea, la cognición humana emergió a partir de las capacidades cognitivas que poseían nuestros antepasados mamíferos. Para entender el origen de nuestras capacidades cognitivas, primero debemos especificar cuáles son.

Lo más habitual es usar el término cognición en relación con pensar, razonar, planificar, decidir y otras acciones similares. La cognición ha sido una parte crucial del conocimiento filosófico desde los antiguos griegos. Pero fue el célebre aforismo de Descartes, cogito, ergo sum, “pienso, luego existo”, el que igualó la cognición con la autorreflexión consciente, o la conciencia íntima de uno mismo como parte integral de la experiencia de pensar. Según Descartes, la conciencia es una característica definitoria de lo que es un ser humano y, para él, los animales eran máquinas de reflejos sin mente. Dos siglos más tarde, Darwin dotó a las bestias mecánicas de pensamiento y emociones como las humanas y su antropomorfismo llevó a la revolución conductista en la psicología. Como Darwin, los conductistas querían estrechar el trecho psicológico entre los humanos y los animales, pero tomaron una postura totalmente distinta, eliminando la conciencia como un factor en ambas, la conducta animal y la humana. Tipificando este hecho, el filósofo conductista Gilbert Ryle se refirió despectivamente a la conciencia como “el fantasma en la máquina” (...)

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Basándose en las aparentes similitudes que existen entre la manera en que pensamos los humanos y el modo en que procesan la información los ordenadores, a mediados del siglo XX, emergió una nueva concepción de la psicología. La “ciencia cognitiva”, como el conductismo, hizo una aproximación rigurosa concentrándose en las respuestas conductuales. Aunque usaba la conducta para medir los estados internos, llegó suavemente a ellos, poniendo inicialmente la conciencia a un lado. La mente se veía como un sistema de procesamiento de información. Y el procesamiento cognitivo, algunas veces, podía dar como resultado experiencias conscientes, pero el foco estaba puesto en el procesamiento, que, en efecto, era tratado como una actividad no consciente (es decir, inconsciente). Por lo tanto, la ciencia cognitiva trajo la mente de vuelta a la psicología, pero no la mente consciente que los conductistas habían eliminado.

Sigmund Freud había popularizado la noción de inconsciente mucho tiempo antes de que surgiese la ciencia cognitiva. El inconsciente, para él, era un lugar adonde se enviaban y se aislaban los pensamientos y los recuerdos inquietantes para prevenir que produjesen sentimientos de ansiedad y angustia. Pero la ciencia cognitiva ofreció un punto de vista distinto: el llamado inconsciente cognitivo, como se conoció a los procesos cognitivos no conscientes, no es inconsciente debido a la represión de la información, sino a que está organizado de tal manera que gran parte del procesamiento de la información simplemente tiene lugar fuera de la región de la conciencia. Por ejemplo, cuando caminamos hacia un destino (digamos que vamos al bar de la esquina desde el trabajo para tomar un café). Una vez decidido, no tienes que pensar cómo ir, simplemente vas. De igual modo, cuando hablamos, normalmente lo podemos hacer bastante bien, generando frases gramaticalmente correctas sin tener que planear conscientemente el lugar de las palabras en la oración. Esto nos permite pensar de forma consciente sobre otras cosas mientras el trabajo rutinario se produce en el trasfondo; pero si algo va mal mientras llevamos puesto el piloto automático (hay un obstáculo en el camino al bar, o una frase no nos sale bien), nos damos cuenta. Esto es, circunstancias inesperadas o no deseables captan nuestra atención, haciendo que sepamos de su presencia como contenido consciente, echando a un lado cualquier otra cosa que estemos pensando en ese momento (...)

Tal como la hemos usado aquí, la cognición se referirá a los procesos que sustentan la adquisición de conocimiento, creando representaciones internas de sucesos externos, y a su almacenamiento como recuerdos que posteriormente se pueden usar para pensar, evocar, reflexionar y comportarse (...)

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Máquinas listas, pero sin sentido común

Una de las ramas de la ciencia cognitiva y su conexión temprana con la ciencia computacional fue el campo de la inteligencia artificial (IA). Hay algunos autores que abogan por la que se llama inteligencia artificial fuerte (IAF) —la idea de que la cognición e incluso la conciencia se pueden dar como resultado de la representación de información en sistemas artificiales—. Yo me decanto por una versión más débil, que considera que la investigación puede explorar las similitudes entre la cognición humana y el procesamiento de información en los sistemas artificiales para ayudar, de forma valiosa, a entender la cognición humana. En otras palabras, el flujo de electrones en los aparatos electrónicos puede arrojar luz para el entendimiento de la cognición, pero no es suficiente para crearla. Por lo tanto, mi punto de vista es que la cognición es producto de la evolución biológica y, como tal, requiere del procesamiento de la información biológica. Aun así, no cuentan todos los tipos de procesamiento de información biológica. Cada célula, por ejemplo, emplea el procesamiento de la información biológica en cada uno de los momentos de su vida. Algunos científicos restringen la cognición al procesamiento de información biológica que es la base de la conducta. De acuerdo con este posicionamiento, las actividades conductuales de las plantas, los fungi e incluso los microbios unicelulares reflejan capacidades cognitivas rudimentarias. Arthur Reber, en su libro The First Minds, asegura que, como las bacterias muestran fototaxias, poseen una mente cognitiva. En mi opinión, igualar la cognición con la capacidad de generar una respuesta a partir de estímulos ambientales estira tanto el término que lo vacía de significado.

Joseph LeDoux (Eunice, Luisiana, 1949) es neurocientífico. Este extracto pertenece a su libro ‘Una historia natural de la humanidad. El apasionante recorrido de la vida hasta alcanzar nuestro cerebro consciente’, que editorial Paidós ha publicado este 16 de junio.


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