El Partido Comunista de China: de la clandestinidad a dominarlo todo

La formación cumple 100 años, en un país en ascenso pero con una imagen deteriorada en Occidente

Mao Zedong participa en una reunión del Partido Comunista de China, en una imagen propagandística de 1922.
Mao Zedong participa en una reunión del Partido Comunista de China, en una imagen propagandística de 1922.Photo12 (© Photo12/Archives Snark)

El puñado de jóvenes intelectuales que se reunió en un modesto edificio de la concesión francesa en Shanghái en julio de 1921 no tenía idea de que el grupo que estaban estableciendo acabaría siendo uno de los más poderosos en la historia. En sus primeros pasos, el Partido Comunista de China apenas tenía una cincuentena de miembros. El congreso fundacional se celebró en la clandestinidad, y sus participantes tuvieron que concluirlo a bordo de una barca en un lago turístico por miedo a ser descubiertos. Ahora, cuando el país celebra el centenario de aquella fundación, el PCCh tiene 91 millones de miembros y gobierna desde 1949 sobre la cuarta parte de la población mundial. Bajo su mando, China ha pasado de ser una nación pobre y dividida a una orgullosa potencia económica que reclama cada vez más protagonismo en el tablero mundial. Y el antiguo movimiento revolucionario que emergió victorioso de una década de guerra civil se ha transformado en un régimen político que domina casi cualquier aspecto del país.

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Aquellos jóvenes fundadores estarían “encantados del modo en que van las cosas hoy día. [China es] la segunda economía del mundo, con un fuerte sentimiento de cuál es su territorio, celosamente protegido. Donde quiera que China vaya en el mundo, es parte de una conversación global en la que es una protagonista muy dominante”, apunta el historiador Rana Mitter, de la Universidad de Oxford, en una reciente videoconferencia organizada por el laboratorio de ideas CSIS.

China va a tirar la casa por la ventana para celebrar el centenario. El logo rojo y amarillo del aniversario está en escaparates, publicaciones estatales y taxis. Hay museos y parques de celebración. Desde hace meses se promueve el turismo a lugares históricos de la formación. Series de televisión, películas y exposiciones loan el heroísmo de aquellos primeros tiempos, y grupos de militantes renuevan en público su juramento de lealtad. El ambiente es triunfal. Tras un año en el que China apenas ha registrado unos puñados de casos de covid mientras el resto del mundo se batía contra la pandemia, y con cuatro décadas de crecimiento económico acelerado, los líderes en Pekín se muestran convencidos de que su modelo de gobierno, de partido-Estado, es superior al de las democracias occidentales. El bochorno del asalto al Capitolio en enero por parte de simpatizantes de Donald Trump reforzó su convencimiento de que Asia (China) se encuentra en ascenso, y Europa y América, en decadencia. La pompa en torno al aniversario va a destacar, en parte, ese éxito. Que China está a punto de recuperar el puesto en el liderazgo mundial que se le arrancó durante el “siglo de humillación” a manos de las potencias occidentales. Que, según las cuentas oficiales, este año ha eliminado por completo la pobreza rural, su gran lacra durante milenios. Que se codea y rivaliza en términos de igualdad con EE UU. Que para 2035 aspira a ser una economía de ingresos medios per capita (hoy su PIB por cabeza ronda los 10.000 dólares anuales, frente a los casi 30.000 de España). Que para 2049 planea ser una superpotencia económica y política, líder mundial en innovación y con sus propias cadenas de suministro, tejidas en torno a su iniciativa de las Nuevas Rutas de la Seda.

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Los festejos también representarán una afirmación, de cara a los ciudadanos, de la legitimidad del partido. Un mensaje transmitido con toda pompa y circunstancia de que, sin él, estos logros hubieran sido imposibles. Que el PCCh es el Estado, o más importante que el Estado, omnipresente a través de un importante aparato de seguridad, de unas normas que obligan a crear una célula en cada empresa donde al menos tres empleados sean militantes, de unas leyes que subordinan el resto de las instituciones a su poder. “El partido, el Gobierno, el Ejército, la sociedad y la Universidad. Este, Oeste, Sur, Norte y Centro: el partido lo dirige todo”, como gusta de repetir Xi Jinping, recuperando un dicho de su predecesor y fundador del partido y la República Popular, Mao Zedong.

Pero, sobre todo, las celebraciones reafirmarán el firme control de Xi, el líder chino con más poder desde la era de Mao, como guía del PCCh y del país. El “núcleo” del partido —uno de sus títulos informales—, llegado al poder en 2012, ha eliminado los límites que le hubieran obligado a dejar el mando a partir del año próximo. Todo apunta a que continuará al menos otros cinco, sin sucesor a la vista. Xi, escribe el analista Nis Grünberg en el informe El próximo siglo del PCCh, del laboratorio de ideas Merics, “quiere ser la figura que marque el cambio de la reforma y apertura a una modernidad propiamente china. Abolidos los límites a su mandato, y diez años de preparar y dirigir el aparato del partido en torno a él, Xi se dispone a ser el estandarte de una China con estatus global de riqueza y poder”.

Su mandato se ha caracterizado por un aumento del control y una centralización del poder en su persona. Bajo el argumento de la seguridad nacional, aplicado en un sentido muy extenso, se ha reforzado el énfasis en la ideología, la disciplina sobre el partido bajo el paraguas de una campaña contra la corrupción y el control social. Esta última tendencia es especialmente acusada en Xinjiang, la provincia hogar de la minoría musulmana uigur, y Hong Kong, donde las protestas de 2019 se sofocaron con la mano dura de la ley de seguridad nacional vigente desde hace un año.

En el exterior, China desarrolla una asertividad cada vez más desacomplejada. El año pasado, un choque entre soldados chinos e indios en la frontera dejó cinco muertos en el campo chino y una veintena en el rival. Desde septiembre, aviones de la República Popular hacen incursiones en el espacio aéreo de Taiwán. Pese a los recelos que despierta en otros países, esa nueva asertividad va a continuar hasta que el PCCh se sienta seguro en la arena internacional y deje de percibir los acontecimientos externos como amenazas a la seguridad nacional, apunta Helena Lagarda, de Merics, en una reciente videoconferencia.

Detrás de los éxitos se ocultan importantes problemas: profundas desigualdades sociales, un medio ambiente muy dañado por las décadas de desarrollo sin control, un envejecimiento galopante de la población y la necesidad de mantener unos niveles de crecimiento económico que permitan la incorporación de los nuevos graduados al mundo laboral. Fuera, la rivalidad cada vez más tensa con EE UU puede desatar enfrentamientos regionales, especialmente en aguas del Pacífico y el mar del sur de China. La vehemente defensa de intereses a manos de diplomáticos “lobos guerreros” ha empañado su imagen en Occidente; su trato a las minorías en Xinjiang le ha supuesto las primeras sanciones de la UE en décadas.

Según recuerda el sinólogo Tony Saich, director del Ash Center de la Universidad de Harvard y autor del libro From Rebel to Ruler: 100 Years of the Chinese Communist Party (de rebelde a dirigente: 100 años del PCCh), una de las claves de la longevidad del PCCh frente a otras formaciones comunistas ha sido su capacidad de adaptación. Así ocurrió en los noventa, cuando se abrió a empresarios privados, que décadas atrás habían sido perseguidos. Se trata de dar un poco de rienda suelta a la sociedad para experimentar y ser un poco más libre, opina el experto. Pero Xi, matiza, se ha dado cuenta de los aspectos negativos. “Corrupción, gobiernos locales que buscan su interés en lugar del interés del Estado, ideas que chocan con la narrativa que llega desde el centro. Y, como todos sabemos, él ha centralizado el control. La pregunta es: ¿va a sofocar el dinamismo y la innovación que ha mantenido en marcha el sistema y el partido?”.

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Sobre la firma

Macarena Vidal Liy

Es la corresponsal de EL PAÍS en Asia. Previamente trabajó en la agencia EFE, donde ha sido delegada en Pekín, corresponsal ante la Casa Blanca y en el Reino Unido. También ha cubierto conflictos en Bosnia-Herzegovina y Oriente Medio como enviada especial. Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid.

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