Maria Filomena Mónica: “La Unión Europea es una burocracia de tipo napoleónico detestable”

La historiadora y socióloga portuguesa reflexiona en su nuevo libro sobre patriotismo y nacionalismos. En esta entrevista alerta sobre los riesgos del centralismo de Bruselas

Maria Filomena Mónica, fotografiada en su piso en  Lisboa este 21 de julio.
Maria Filomena Mónica, fotografiada en su piso en Lisboa este 21 de julio.JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

Maria Filomena Mónica (Lisboa, 78 años), historiadora y socióloga, hizo la revolución antes que Portugal. Cuando los militares liquidaron la dictadura en 1974, ella ya se había saltado las reglas de clase y género. Licenciada en Filosofía, había escandalizado con su separación, rotaba el cuidado de sus hijos con el padre y preparaba su doctorado en Oxford. Treinta libros y tres nietos después, lo mismo despliega su estilo combativo para hablar de nacionalismos en el ensayo O meu país que para adaptarse al cáncer. La entrevista se realiza en la casa que comparte con el sociólogo António Barreto. Ya son los únicos portugueses del edificio, lleno de residentes extranjeros, como tantos inmuebles singulares de Lisboa.

Pregunta. ¿Cómo está usted y cómo está Portugal?

Respuesta. Yo no estoy bien, tengo un cáncer en la sangre no operable y difícil de tratar. Mi forma de encarar la enfermedad, que es…

P. ¿Crónica?

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R. Crónica es una buena manera de decirlo, no suena tan terrible. Tras ser diagnosticada decidí que iba a ver a muy pocas personas y hacer solo lo que me gusta: leer, escribir, escuchar música y estar con mis nietos. He excluido el resto. Al margen de tener una enfermedad grave, hace mucho que sé que soy mortal. Estoy bien conmigo.

P. Una filosofía potente. ¿Y cómo está Portugal? ¿Enfermo también?

R. Portugal nunca ha estado bien. Nuestro principal rasgo, aunque no es negativo, es la melancolía. Somos un pueblo relativamente triste. La parte mala es nuestra resignación, no hay grandes impulsos para mejorar la sociedad. La libertad nos fue dada por arriba y no nos sentimos empujados a conquistar más libertades. Esta especie de carencia de indignación viene de la miseria. La primera preocupación de un pueblo con un 80% de analfabetos en el siglo XX era sobrevivir, no luchar por sus derechos.

P. ¿Qué ha aprendido de la pandemia?

R. A concentrarme en lo que me gusta. Durante la pandemia este Gobierno ha mantenido una actitud de relativo optimismo y no ha habido protestas. Por otro lado, la derecha está en manos de un líder [Rui Rio, del Partido Social Demócrata] que se alía con el Partido Socialista y no tiene credibilidad. No hay confrontación de ideas políticas. Los portugueses sufrieron tanto durante siglos que les falta nervio para decir no a los poderosos.

P. ¿El ascenso de la extrema derecha es una manera de decir no?

R. Creo que es cierta extrema derecha que estuvo silenciosa después del 25 de Abril, vive en un gueto y no capta el mundo, como si estuviera en el siglo XVIII. Cuanto más acepta el Partido Socialista la unión tácita con el Partido Social Demócrata, más aumenta la rigidez del sistema y los extremismos comienzan a tener cierta popularidad.

P. Usted rompió tabúes de clase y de género.

R. No fue algo premeditado. Hay una parte temperamental que me lleva a ser rebelde. Yo no quería bordar sábanas. Tenía deseo de saber. Acordamos que estaríamos seis meses con nuestros hijos. Me pareció equitativo. A mi madre, que pertenecía a Acción Católica, le pareció un crimen. Todos me culpabilizaron por irme a Oxford, pero nadie culpabilizó a mi marido por irse a EE UU. A veces me pregunto si yo no hubiera tenido hijos si habría regresado en 1977.

P. ¿Y cuál es la respuesta?

R. No sé. Mi marido era un pésimo marido respecto a la fidelidad. Los hombres portugueses son machistas, adúlteros, pero era un gran padre. Además era difícil entrar en una buena universidad. Portugal no interesaba a nadie, a diferencia de España. Solo en 1975 por la amenaza comunista.

P. En su libro dice que le repugna la retórica patriotera portuguesa. ¿Va contra los nacionalismos?

R. George Orwell distingue entre patriotismo y nacionalismo. El patriotismo es lo que sientes hacia la tierra donde naces y es un sentimiento bueno. El nacionalismo implica el deseo de conquista y superioridad. Yo no soy nacionalista, pero soy patriota. No es nada racional. Los portugueses tienen complejos de inferioridad como nación. Estamos al lado de los españoles, más poderosos. El dominio filipino comenzó con Felipe II, un candidato legítimo [nieto del rey Manuel I], pero es imposible decirle esto a un portugués. Considera que fue una usurpación.

P. ¿Los Estados seguros de sí mismos no tienen sentimientos nacionalistas?

R. En el St. Antony’s College de Oxford, las únicas personas que hacían doctorados sobre sus países eran los ibéricos y los latinoamericanos, que querían explicar sus problemas de identidad nacional. El resto, suecos, alemanes o ingleses, quería estudiar lenguas extrañas y países lejanos.

P. Cita a Eça de Queiroz sobre el iberismo del XIX: “No nos alejamos solo de la idea de la fusión, si no que nos alejamos también de la idea de la alianza”. Olvidada hoy la idea de la fusión entre España y Portugal, ¿también está lejos la alianza?

R. Es extraño. Nadie habla de esto. Como entramos juntos en la UE y nos hemos beneficiado de sus fondos, nuestros pueblos están contentos de pertenecer a Europa. En trivialidades puede haber un sentimiento antiespañol, pero no creo que sea relevante.

P. ¿Cómo debería ser la relación entre ambos países?

R. Podría haber más intercambio, por ejemplo, en las universidades. Pero no hay, es raro... Nosotros no conocemos casi la literatura española.

P. ¿La pandemia acentuará los nacionalismos europeos? ¿Irá a la contra del proyecto de Bruselas?

R. Creo que sí. No todo es malo en eso. Cuando escribí A minha Europa, estuve en Bruselas. Aquello es una burocracia de tipo napoleónico detestable. La UE hace demasiadas normas, su modelo es el francófono: legislar a propósito de nada, y esto hará que algunos países comiencen a rebelarse.

P. ¿Hacia dónde debería ir?

R. Debería reforzarse la unión cultural. El proyecto Erasmus es muy bueno. Mis dos nietas lo han hecho y resultó estupendo, quizás demasiado. Una de ellas está apasionada por un alemán y la otra por un sueco [risas]. Esta integración es la que construye de hecho la UE, algo que comienza por el contacto y la cultura y luego puede ser política. La UE no puede ser una organización dedicada a dictar normas que los ciudadanos no comprenden.

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Sobre la firma

Tereixa Constenla

Corresponsal de EL PAÍS en Lisboa desde julio de 2021. En los últimos años ha sido jefa de sección en Cultura, redactora en Babelia y reportera en Andalucía. Es autora del libro 'Cuaderno de urgencias'.

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