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Marta Minujín, la reina del ‘pop art’ argentino que tumbó el Big Ben

La colorida artista está inmersa en una trilogía de obras más oscuras sobre la pandemia

Luis Grañena

Arte. Arte. Arte. La explosiva energía creadora de Marta Minujín (Buenos Aires, 1943), la reina del pop art argentino, consiguió cruzar el Atlántico durante la pandemia de coronavirus. Minujín no pudo viajar a Gran Bretaña debido a las restricciones, pero dirigió por Zoom las obras de su monumental Big Ben acostado, que se inauguró el mes pasado en el Festival Internacional de Mánchester. “Ahora considero que fue una proeza”, reflexiona desde su taller en Buenos Aires, al que va a trabajar todos los días unas cinco horas de media. El proceso a distancia para la instalación comenzó en diciembre y fue mucho más agotador, admite, que el de otras instalaciones previas de su serie La caída de los mitos universales, como el Partenón de los libros que levantó en el año 2017 en la exposición Documenta de Kassel (Alemania) o el Obelisco acostado que construyó en 1978 en São Paulo.

Marta Minujín es la única artista argentina a la que, cuando camina por la calle, todo el mundo conoce, asegura el periodista y crítico cultural Fernando García. Y es que empezó a salir en los diarios a los 16, 17 años y no ha parado nunca. La artista consigue vincular “la radicalidad de la vanguardia con la cultura popular”, destaca García, autor de Marta Minujín. Los años psicodélicos. Y forma parte de una especie de corriente de “cosmopolitismo del fin del mundo”, agrega.

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A sus 78 años, Minujín se recuerda como una niña tímida y callada, pero con el deseo precoz de “vivir del arte”. Para lograrlo, recurrió primero a los estudios formales —comenzó a estudiar Bellas Artes en dos escuelas de Buenos Aires—, pero los abandonó y a los 18 años se marchó a París con una beca del Fondo Nacional de las Artes. Fue en Francia donde comenzó a usar colchones —por aquel entonces los sacaba de la calle—. Estos se convirtieron, con el paso de los años, en uno de los símbolos más reconocibles de su arte. “En los colchones pasamos más de la mitad de nuestras vidas. Nacemos, dormimos y hacemos el amor en ellos”, argumenta al hablar de Implosión!, la exposición que tiene hasta finales de septiembre en la Fundación Santander de Buenos Aires. La fachada del edificio ha sido decorada con un autorretrato gigante de la artista plástica argentina más popular: con su lisa melena rubio platino, una versión futurista de las clásicas gafas de aviador que usa en las apariciones públicas y los labios pintados de rojo. “La gente entra por mi cara y van a terminar dentro de mi cabeza”, contó ella a la Fundación Santander.

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La muestra de Buenos Aires supone, para Minujín, una explosión hacia dentro como la experimentada por tantas personas en estos tiempos pandémicos en los que han aumentado los problemas para poder dormir y, a la vez, una vez de día, para salir de la cama. “Pero siempre con color, color, desde un costado alegre”, afirma. Colores vivos, a menudo fluorescentes, como los que caracterizan gran parte de su vestimenta y de su obra.

Una excepción a tanto color es Pandemia, su obra expuesta en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires entre marzo y junio de este año. Sobre una tela de 260 × 210 centímetros, Minujín aplicó 26.000 tiras con pequeños cuadrados en blanco, negro y gris. “Cuando empezó la pandemia y el aislamiento brutal, vi que todo era negro, todo el tiempo eran muertos, muertos, muertos”, dijo al presentar la obra, el pasado marzo. Mientras trabajaba en la instalación, se ponía noticias sobre la pandemia como música de fondo. Ahora repite estrategia: escucha durante horas las novedades sobre las vacunas para su siguiente obra, Vacunación global. Será la segunda de una trilogía que cerrará con Restricciones.

Entre los años sesenta y setenta, la vida de Minujín oscilaba entre París, las vanguardias crecidas alrededor del mítico Instituto Di Tella en Buenos Aires —que albergó por primera vez su icónica instalación La Menesunda (1965)— y la Nueva York donde conoció a Andy Warhol, entre otros. “Fue la época más genial de mi vida porque conocí a los grandes artistas de ahí y vivíamos gratis”, recuerda. “Íbamos a fiestas a las que no habíamos sido invitados”.

Desde temprano, los happenings y el arte efímero fueron parte de su identidad artística. En 1963, en Destrucción, Minujín invitó a colegas y a amigos a quemar en un terreno baldío las obras que había realizado durante su estadía francesa. Casi 60 años después, en Mánchester, cuando el 18 de julio culminó el festival internacional, cualquiera pudo llevarse a casa los libros que formaron parte del Big Ben acostado. “La cuarta etapa de la obra se la dejo al público, que la terminen como quieran. Es como un concierto de rock, la gente se lleva la música, se lleva lo que bailó. Acá se llevan un recuerdo único”, compara.

A Minujín le gustó ver a distancia cómo los visitantes paseaban por dentro de la instalación inglesa, pero en su cabeza dan vueltas ya otros proyectos y mitos a derribar. “Los acuesto, los cambio de espacio, porque estamos en un nuevo milenio y no podemos seguir con los mismos mitos universales”, argumenta la artista. Hay uno que persigue desde hace décadas y por ahora se le ha resistido: acostar la Estatua de la Libertad en Central Park.

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