Un asunto marginal
Columna
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Indignados

El lema “indignaos” y el conjunto de los llamamientos a la indignación han tenido éxito, pero no donde se esperaba

Una protesta el 15 de mayo de 2016 en Madrid, por el quinto aniversario del movimiento 15M.
Una protesta el 15 de mayo de 2016 en Madrid, por el quinto aniversario del movimiento 15M.Marcos del Mazo (LightRocket via Getty Images)

Lo diré en broma para que me entiendan: los políticos españoles captan perfectamente los anhelos populares. Y no sólo eso. Se adhieren a esos anhelos con el entusiasmo que les caracteriza.

Hace 10 años se agotó la paciencia de gran parte de la juventud española. La terrible crisis financiera de 2008 había hecho estragos. El desempleo entre los menores de 30 años superaba el 40%, el mercado inmobiliario resultaba prohibitivo y las perspectivas eran desalentadoras. Un viejo diplomático francés, Stéphane Hessel, veterano de la Resistencia contra el nazismo, había publicado un libro de éxito titulado Indignaos. En él se convocaba a la juventud a rebelarse contra una clase política que no la representaba y contra unos medios de comunicación de masas más duchos en la manipulación que en la información.

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Y cundió la indignación. Una serie de manifestaciones culminó con acampadas masivas en varios centros urbanos, entre ellos la Puerta del Sol madrileña. De aquel magma, ¿se acuerdan?, surgió Podemos, hoy uno de los partidos en el Gobierno.

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Podemos creció, se multiplicó y se dividió. Todo muy deprisa. Hace solamente una década de aquel 15 de mayo que se erigió en fecha simbólica del movimiento de los indignados, pero a Podemos le han cundido los 10 años. A Pablo Iglesias, su líder carismático, le dio tiempo a hacerse famoso, a convertirse en una pujante alternativa a la “vieja izquierda”, a pactar con la “vieja izquierda”, a alcanzar una vicepresidencia del Gobierno, a cansarse de ella, a pegarse un trompazo en unas elecciones autonómicas y a dejar la política activa para dedicarse al “periodismo crítico”, sea lo que sea tal redundancia. Sin abandonar por un momento la indignación permanente.

Hace cuatro meses, cuando se cumplió el décimo aniversario del 15 de mayo, la prensa rebuscó entre los rescoldos del movimiento que iba a cambiar para siempre la política española. Encontró gente aún indignada y a la vez resignada, consciente de lo que pudo ser y no fue.

Quizá nos equivocamos al buscar ahí. Porque el lema “indignaos” y el conjunto de los llamamientos a la indignación han tenido éxito, pero no donde se esperaba. En 2011, los jóvenes increpaban a los políticos al grito de “no nos representan” y “no hay pan para tanto chorizo”. Los políticos, como decía antes, escucharon y respondieron. Ahora mismo no hay nadie tan indignado como un político español. Seguro que se han fijado ustedes en que cualquiera de ellos, esté donde esté, transpira un cabreo feroz e inapagable. Dejemos por un momento de lado las trolas que cuentan y el cinismo con que ejercen, las ganas que tienen de enfrentarnos y el poco empeño que ponen en que las cosas funcionen: lo más visible es la indignación.

En 2011, el desempleo juvenil rebasó el 40% y tal desastre nos pareció intolerable. En 2020, en plena pandemia, rozó el 45%. Ahora supera el 35%. Y la vivienda sigue siendo inaccesible. Deberíamos indignarnos, pero nuestros próceres, delegados de la voluntad popular, nos ahorran el esfuerzo. Ellos tienen indignación de sobras. ¿Quién dijo que no nos representaban?

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