Trabajar cansa
Columna
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El asombroso descubrimiento de los nazis en paro

Con la publicidad sabes que es todo mentira y por eso ya nos tomamos todo igual. Antes los anuncios te soltaban frases pegadizas que se quedaban ahí incrustadas hasta el fin de tus días

El líder de Vox, Santiago Abascal, rodeado de banderas de sus seguidores en el Tribunal Supremo, el pasado 24 de junio.
El líder de Vox, Santiago Abascal, rodeado de banderas de sus seguidores en el Tribunal Supremo, el pasado 24 de junio.Pablo Blazquez Dominguez (Getty Images)

En las ruedas de prensa canarias sobre la erupción llama la atención una frase que tienen a la vista, una etiqueta: “Másfuertesqueelvolcán”. Ya ni piensas en ello, pero no sé qué me dio que me paré a pensar: pero qué demonios quiere decir, y para qué, y por qué. Es una especie de lema más allá de lo político, para dar ánimos o así. Ya lo vimos con “Estevirusloparamosunidos”. Mensajes políticos de autoayuda, casi para hacernos creer que son nuestros colegas. Todo lo que sirva a la pobre gente de La Palma es poco, pero es un síntoma de cómo vivimos ya imbuidos en lenguaje publicitario, que antes era solo cosa de la publicidad. Lo que pasa es que con la publicidad sabes que es todo mentira, y por eso ya nos tomamos todo igual. Antes los anuncios te soltaban frases pegadizas que, en ocasiones, te taladraban el cerebro y se quedaban ahí incrustadas hasta el fin de tus días. Ya ven, ahora se me ocurre: “Phoskitos, regalos y pastelitos”. Y hace mil años que no como uno. No me sorprendería que en el lecho de muerte y en estado de delirio alguien pudiera decir como última frase: “Carglass cambia Carglass repara”. Y no algo lúcido, como Manolete: “Qué disgusto le voy a dar a mi madre”. Pero estas frasecitas, estas expresiones jabonosas, la Agenda del Reencuentro, cosas así, es que ya te ríes antes de que terminen de pronunciarlas, y ellos ahí tan serios.

Qué ansia todos de construir una imagen pública hasta en los mínimos detalles, con lo difícil que ya es mantener una en pie en privado. Cada vez que conoces a alguien cuya foto ya has cotilleado antes en sus perfiles públicos piensas invariablemente que es mucho peor que su imagen. Pero lo paradójico es que así conoces mejor a la gente. Esto dice mucho de ellos, aunque no lo que ellos creen, claro. Recuerda El retrato de Dorian Gray, donde un joven no envejece nunca mientras lo hace un retrato suyo que mantiene oculto, pero al revés: tenemos un retrato público perfecto mientras vamos empeorando nosotros.

Y qué cansado es mantener el tipo. Soportamos modas muy tenaces, poderosas corrientes de emulación. Cómo agradecí con la pandemia dejar de oír hablar de Rosalía. Y ese constante retintín para hacerte dudar de si estás a la moda, y pensar que el problema eres tú, siempre a destiempo, y debes estar más atento. Esto y lo otro que debes saber, que no te puedes perder. Las diez cosas que tienes que hacer para no sé qué. Qué imperiosos imperativos. En tu ingenuidad, piensas que hay cosas que no van a colar, pero luego tienes que rendirte a la evidencia de que, no solo es ya que la gente se vuelva facha, qué le vamos a hacer, sino que acabó dejándose ver medio culo solo para que se vieran sus calzoncillos de marca.

Es increíble lo que la gente puede hacer, o lo que se puede hacer con la gente, con el estímulo adecuado. Vale que Vox y sus troles, siguiendo a Díaz Ayuso, se metan con el Papa, pero con Federico Jiménez Losantos… Es que ya no se respeta nada. No sé si saben: criticó a Santiago Abascal porque no aclara si se ha vacunado, por coquetear con los antivacunas, y a partir de ahí le machacaron en Twitter. A él. Hasta le montaron un escrache en la emisora. Es asombroso comprobar todo el sitio que hay aún a la derecha. El entrañable locutor ha lanzado insultos en modo capitán Haddock: ultracarcas, bebelejías, mugre intelectual, ratas, extremistas descerebrados, nazis en paro. Todos escandalizados en la derecha. Él mismo comentaba alarmado que entre esta gente hay incluso alguno que niega el Holocausto. Sí, sí, como lo oyen.

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Sobre la firma

Iñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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