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Columna
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Atenas y Jerusalén

Sócrates fue condenado a muerte por atentar contra las creencias de la ciudad; acabaron con el padre de la razón

El presidente ruso Vladimir Putin visita la Catedral de las Fuerzas Armadas en Moscú el 22 de junio de 2020.
El presidente ruso Vladimir Putin visita la Catedral de las Fuerzas Armadas en Moscú el 22 de junio de 2020.ALEXEY NIKOLSKY (SPUTNIK/AFP via Getty Images)

La lucha entre Atenas y Jerusalén nunca termina. Ahora, con los discursos de Vladímir Putin (más que con sus cañonazos), el asunto se recrudece. Y no sé si nosotros, en el bando ateniense, estaremos a la altura.

El principal filósofo ruso del siglo XX, Lev Shestov, dedicó su vida a analizar este conflicto intelectual y tomó partido: en su principal obra, llamada precisamente Atenas y Jerusalén, enfrentó a Atenas y sus sucesores (la razón) con Jerusalén y sus fieles (la fe) y concluyó que la segunda era superior a la primera. Ni los hechos verificables ni el raciocinio conducían, según él, a la verdad, que sólo podía vislumbrarse como misterio.

Otros pensadores, como Hannah Arendt o Leo Strauss, hicieron equilibrios sobre la cuerda floja que va de Jerusalén a Atenas. Strauss no creía que la Biblia y Sócrates fueran incompatibles, pero lo explicó de forma tan oscura que nadie ha comprendido aún sus argumentos. Arendt subrayó que las sociedades atenienses, lo que venimos llamando Occidente, tendían peligrosamente al nihilismo. El papa emérito Ratzinger sostiene, de forma no del todo convincente, que el cristianismo logró la síntesis entre ambos polos.

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En cualquier caso, conviene recordar que Sócrates fue condenado a muerte en Atenas por atentar contra las creencias piadosas de la ciudad; es decir, los jerosolimitanos (prebíblicos) atenienses acabaron con el padre de la razón. Las relaciones entre realidad y misterio fueron malas desde el principio.

Ignoro si Vladímir Putin ha leído, como dicen, al filósofo neofascista Alexander Dugin, o si le ha escuchado alguna vez. Pero cuando se refiere a la fe ortodoxa como esencia del imperio ruso y cuando califica “el liberalismo y los derechos humanos” como taras de Occidente, coincide con Dugin (y con bastantes ciudadanos rusos, parece). Rusia siempre estuvo por la fe: ahí está el comunismo soviético, la mayor exhibición de fe irracional en la era moderna.

Putin se alinea sin ninguna ambigüedad en el bando de Jerusalén. No hace falta decir dónde se alinea el fundamentalismo islámico.

Ya que hablamos de estas cosas, resulta curioso que en un libro que llegó a ser muy celebrado, La decadencia de Occidente (1923), su autor, Oswald Spengler, profetizara que sería Rusia quien acabaría con el orden liberal, occidental y “ateniense”. No se angustien: Spengler era devoto de Nietzsche (otro que tiraba hacia Jerusalén), y leer demasiado a Nietzsche suele conducir a pensamientos apocalípticos.

A lo que íbamos. En esta guerra de civilizaciones, o de culturas, o de ordenamientos geopolíticos, en este relevo de hegemonías imperiales, a nosotros nos ha tocado el bando de Atenas. Cuando hablo de “nosotros” me refiero a ese Occidente que lleva siglos en presunta decadencia. Se supone que somos nosotros quienes encarnamos los valores de la razón. Nosotros, nada menos. Los que caemos en histerias colectivas por cualquier suceso nimio (recuérdese la muerte de la princesa Diana), los que apenas sabemos distinguir entre la realidad objetiva y los sentimientos, los que preferimos el prejuicio al buen juicio y anteponemos el sectarismo a los proyectos colectivos. Ay.

Si de verdad estamos entrando en una era escatológica, si de verdad tenemos que combatir en una guerra de culturas, que Sócrates nos pille confesados.

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