Alemanes, no tomar partido por Ucrania es ser parte. La respuesta del historiador Timothy Snyder a Jürgen Habermas

Alemania no puede decir que no ha intervenido en la guerra contra Ucrania. A rebufo de su política exterior en las últimas décadas, tan cercana a la Rusia de Putin, está interviniendo, casi siempre del lado equivocado

Unos niños observan los vehículos destruidos en Irpin, Ucrania, el pasado 8 de mayo.
Unos niños observan los vehículos destruidos en Irpin, Ucrania, el pasado 8 de mayo.DANIEL BEREHULAK / New York Times / ContactoPhoto (DANIEL BEREHULAK / New York Times / ContactoPhoto)

Jürgen Habermas, considerado el mayor filósofo político de Europa, ha escrito un texto sobre su principal crisis actual, la guerra de Ucrania. Su tesis es que la historia recomienda la Besonnenheit (sensatez) alemana, que en la práctica se ha plasmado en mucho hablar y poco actuar durante los cuatro primeros meses del conflicto más importante que vive Europa desde 1945.

Habermas defiende su tesis con argumentos históricos, pero resulta llamativo que no tenga nada que decir sobre la II Guerra Mundial. Este suele ser el punto de partida para cualquier conversación sobre la responsabilidad de Alemania, y en el caso de Ucrania es todavía más pertinente. Hitler dijo que los ucranios eran un pueblo colonial e intentó desplazarlos, matarlos de hambre y esclavizarlos. Quiso usar las reservas de alimentos del país para convertir Alemania en un imperio mundial autárquico. Vladímir Putin ha evocado temas hitlerianos para justificar su guerra de destrucción: los ucranios no poseen conciencia histórica ni nacionalidad propia ni clase dirigente. Igual que Hitler, e igual que Stalin, quiere utilizar los alimentos ucranios como arma. Pero al lector de Habermas no se le pedía que tuviera en cuenta esas semejanzas ni que se preguntara si es posible que los alemanes tengan cierta responsabilidad respecto a Ucrania, un país en el que Alemania mató a millones de personas no hace mucho tiempo.

Habermas opina que el punto de referencia de la civilización es la lógica, pero en su ensayo no hace ningún esfuerzo para identificar la lógica ucrania. Me atrevo a decir que su falta de referencia a la II Guerra Mundial le impide identificarla bien, porque es una lógica anclada en la existencia. No nos enteramos de que Putin niega la existencia de un Estado y una nación ucrania, ni de que la maquinaria oficial de prensa de Rusia habla de resolver la cuestión ucrania, la televisión rusa difunde de manera habitual mensajes genocidas y los soldados emplean lenguaje de odio y genocida para justificar los asesinatos, las violaciones y todo lo demás. Los ucranios, con razón, han llegado a la conclusión de que están luchando por la supervivencia nacional. Habermas menciona la situación de Ucrania cuando habla de generaciones heroicas y posheroicas, pero esa forma alemana de enmarcar el problema aleja al lector de la experiencia ucrania y quizá, incluso, de los problemas más importantes. Pienso en Roman Ratushnyi, que murió en combate cuando estaba a punto de cumplir 25 años. Roman era un activista civil de 16 años en 2013, cuando se manifestó en favor de que Ucrania estrechara su relación con la Unión Europea. Luego se dio a conocer en Kiev como ecologista y defendiendo los espacios verdes frente a unos planes urbanísticos dudosos. Su vida y su actividad miraban hacia el futuro.

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Estoy seguro de que Habermas tiene razón cuando dice que los alemanes, tanto los mayores como los más jóvenes, deben hacer más esfuerzos para comprenderse, pero no es ahí donde se encuentran los problemas más acuciantes. La guerra entre Rusia y Ucrania es un conflicto generacional mucho más inequívoco porque los hombres que mandan en la política rusa tienen toda una generación de diferencia con los hombres y mujeres que gobiernan Ucrania. Putin inició esta guerra en nombre de un pasado mítico, con referencias al siglo X (un bautismo a manos de un vikingo) o al XVIII (Pedro el Grande) como disculpas para una agresión en el siglo XXI. La generación que ocupa hoy el poder en Ucrania es la primera educada después de 1991, y su valentía reside en que está defendiendo lo construido desde entonces y la idea de un futuro europeo normal. Los hombres y mujeres que luchan en la guerra, unos jóvenes y otros no tanto, relacionan la supervivencia nacional, como es comprensible, con una vida normal y un futuro en la Unión Europea. Arriesgan la vida, y a veces la pierden, por ese objetivo. Seguramente se puede llamar heroísmo, pero tal vez en un sentido más fácil de entender. Ese sentido tiene poco que ver con los debates sobre el heroísmo que, en el contexto alemán, están contaminados por el lenguaje nazi. ¿Pero de verdad es el contexto lingüístico alemán el que debe regir las opiniones de los alemanes sobre otros pueblos? Cuando Habermas se obsesiona con los problemas que suscita esta situación entre su generación y otras más jóvenes está evitando abordar las razones de la resistencia ucrania.

Habermas no hace ningún esfuerzo por identificar la lógica de los ucranios: luchan por su supervivencia nacional

En los primeros días de la guerra, Katja Petrowskaja publicó un breve ensayo titulado Amuleto para la resistencia ucrania, en el que hacía la llamativa observación de que sus amigos de Kiev eran los que estaban consolándola a ella, que se encontraba en Berlín. Es la misma experiencia que hemos tenido todos los que hemos permanecido en contacto con nuestros colegas de Ucrania durante la guerra: su discurso ha sido menos emocional y más racional que el que predomina en nuestros respectivos países. Al leer el texto de Habermas, recordé algunas de las discusiones de lo más racionales que he mantenido con ucranios desde que comenzó la guerra. Por lo general, los temas dominantes son la soberanía del Estado, su futuro en Europa y la necesidad de proteger a las generaciones futuras.

Cuando pregunté al alcalde de Bucha qué quería que dijese a los eu­ropeos, reflexionó la respuesta durante unos minutos y me pidió que les dijera que “nosotros también tenemos miedo”. Quería tender la mano a los occidentales, enseñarles que comprendía que los alemanes y otros ciudadanos estuvieran atemorizados por la guerra. Fue un gesto generoso, porque el miedo de los habitantes de su ciudad (y de su país) tiene razón de ser, tras la experiencia vivida de violencia y asesinatos, mientras que el de los alemanes es puramente especu­lativo y quizá hasta autoexculpatorio. La siguiente frase del alcalde fue: “Estamos luchando porque tenemos que hacerlo”. Bucha e Irpin, que ahora conocemos como lugares que han sufrido tantas atrocidades, antes de la guerra eran unas tranquilas ciudades residenciales a las afueras de la capital desde las que la gente se desplazaba al trabajo a diario. La guerra ha arrebatado a los habitantes de esos lugares su vida y sus bienes, pero también algo que parece menos dramático pero que supone una gran pérdida humana: la sensación de una normalidad cotidiana, una prosperidad alcanzable, un futuro que pueda ser mejor que el pasado. En Ucrania esa pérdida es especialmente desgarradora, porque las catástrofes provocadas por el terror y la guerra en el pasado han hecho que estos últimos 30 años fueran la primera oportunidad real de crear unas generaciones que miren hacia el futuro.

Hablar de las armas nucleares como si volvieran invencible a quien las tenga equivale a la propaganda nuclear

En el ensayo de Habermas no se nombra al presidente ucranio, que figura como alguien “que entiende el poder de las imágenes”. Con esa descripción, el lector nunca podría imaginar que Zelenski ha planteado durante esta guerra algunos argumentos filosóficos muy reveladores sobre la relación entre el autoengaño y la guerra. Es una descripción curiosamente limitada del talento de Volodímir Zelenski, que resulta hueca ante una realidad mucho más horrible de lo que muestran las imágenes que llegan a los alemanes. Habermas reconoce que detrás de lo que él llama con complacencia una “escenografía familiar” existen daños humanos reales. Pero lo que vemos es a un filósofo alemán que describe a un presidente judío situado en el centro de la historia mundial como si fuera una especie de productor de Hollywood. Dar por terminada la descripción de Zelenski de esa forma resulta poco apropiado, pero así es como termina.

En el discurso alemán no había nada que pudiera preparar a los alemanes para la realidad de un ataque ruso ni para la resistencia ucrania. Parece razonable preguntarse, a la vista de ese doble error, si tiene algún elemento fundamental que sea posible reparar, tal vez prestando atención a discursos y lógicas de fuera de Alemania. La primera regla del discurso poscolonial es que hay que dejar hablar a los colonizados. Sin embargo, Habermas no da nombre —y mucho menos voz— a ningún ucranio. El único europeo del Este que tiene nombre y voz en su ensayo es Vladímir Putin. A Habermas, por lo visto, no se le ocurre que “el poder de las imágenes”, en forma de ficción, lleva décadas prestando un gran servicio a Rusia en Alemania. De hecho, en su irritación por el hecho de que Zelenski se haya hecho famoso entre los alemanes, Habermas parece olvidar que su país lleva 30 años inundado por la propaganda rusa. Durante varias décadas, en Alemania han sido mucho más importantes los tropos rusos que la realidad ucrania.

Un soldado sostiene una foto del activista y soldado Roman Ratushnyi durante un servicio conmemorativo en Kiev, el 18 de junio de 2022.
Un soldado sostiene una foto del activista y soldado Roman Ratushnyi durante un servicio conmemorativo en Kiev, el 18 de junio de 2022. Natacha Pisarenko (AP)
Desde que comenzó la invasión rusa se han añadido unas seis filas a un cementerio en Irpin. Fotografía tomada el 16 de abril de 2022.
Desde que comenzó la invasión rusa se han añadido unas seis filas a un cementerio en Irpin. Fotografía tomada el 16 de abril de 2022. David Guttenfelder / New York Times / ContactoPhoto (David Guttenfelder / New York Times / ContactoPhoto)
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en una conferencia de prensa en Kiev, el 23 de abril de 2022.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en una conferencia de prensa en Kiev, el 23 de abril de 2022. DAVID GUTTENFELDER / New York Times / ContactoPhoto (DAVID GUTTENFELDER / New York Times / ContactoPhoto)

Un especialista en el discurso quizá debería estudiar ese problema. Pero Habermas, por el contrario, repite y avala la propaganda rusa sobre el peligro de guerra nuclear, mientras que no tiene en cuenta la estructura básica del discurso político ruso. Parece creer en la posibilidad de que Putin se vea en cierto modo acorralado por su propia guerra y no tenga más remedio que emprender una escalada. Sabemos que una derrota humillante de Rusia no desembocará en una guerra nuclear. Rusia cayó derrotada e incluso humillada en la batalla de Kiev, pero no utilizó armas nucleares ni emprendió ninguna escalada. Al contrario, inició una desescalada, según la versión de la guerra que ofrecieron los propagandistas rusos en televisión. No es posible acorralar a las tropas rusas, porque pueden retirarse a Rusia. No es posible acorralar a Putin, porque gobierna sobre la base de una realidad virtual creada por los medios de comunicación que él controla. Sabemos que puede no alcanzar los objetivos de guerra que él mismo ha anunciado (como pasó en Ucrania en 2015) y limitarse a cambiar de tema. Puede obligar a todo su aparato de propaganda a insistir en que es imposible volver a invadir Ucrania (como hizo en 2021) y luego ordenar una nueva invasión. Si cree que está perdiendo la guerra, hará que sus canales de televisión anuncien la victoria y cambien de tema. Así es como funciona el discurso ruso, y la lógica de Putin solo puede entenderse en ese contexto.

A pesar de ello, en lugar de considerar esa lógica ucrania o esa lógica rusa del siglo XXI, Habermas presenta sus argumentos en el cómodo contexto de Alemania Occidental durante la Guerra Fría, un periodo en el que los alemanes no tenían tanta responsabilidad sobre el destino de Europa ni se esperaba que ningún intelectual alemán pensara en Ucrania. Se trata de unas circunstancias etnográficas muy concretas, que Habermas parece confundir con la razón universal. Quiere que sepamos que las generaciones más jóvenes no entienden las lecciones fundamentales de los años cincuenta, sesenta y setenta. Por desgracia, cuando habla sobre ese periodo, siempre se equivoca. Habermas basa todo su argumento en la afirmación histórica de que la Guerra Fría demostró que ninguna potencia nuclear podía perder una guerra. No es verdad. Tanto la Unión Soviética como Estados Unidos perdieron guerras importantes durante la Guerra Fría (y, por cierto, tanto Estados Unidos como Rusia han perdido guerras desde entonces). Estados Unidos cayó derrotado por Vietnam del Norte y la URSS por Afganistán, entre otros ejemplos.

La decisión alemana de construir [el ­­gasoducto con Rusia] Nord Stream 2 después de la ­invasión de Crimea fue escandalosa

Habermas trata su experiencia subjetiva de Alemania Occidental durante la Guerra Fría como una verdad histórica que le lleva a la conclusión de que Ucrania, hoy, no puede derrotar a Rusia. A partir de un razonamiento erróneo, defiende una política exterior alemana basada en esa proposición. Al contribuir a que parte de la opinión pública alemana se incline por la idea de que Ucrania no puede ganar la guerra y, por tanto, a que se retrase la entrega de las armas necesarias, ha hecho que sea más probable la derrota de Ucrania. Y así ha hecho que sea más probable el fracaso de Europa. Pero el daño no acaba ahí. El propio argumento (equivocado) de Habermas sobre el poder de las armas nucleares en la política internacional es muy peligroso. Si se acepta, contribuirá a que verdaderamente sea más probable una guerra nuclear. Hablar de las armas nucleares como si fueran una especie de objeto sagrado que vuelve invencible a quien lo tiene equivale a hacer propaganda de la proliferación nuclear.

Habermas dice que la Guerra Fría fue un periodo de “paz”. Esa postura es un ejemplo de lo que los pensadores no europeos quizá llamarían “eurocentrismo” o lo que los izquierdistas europeos denominan “prepotencia occidental”. La opinión de Habermas, que resulta familiar para cualquiera que haya estado sometido a la propaganda de la UE durante décadas, es que los europeos en general, y los alemanes en particular, aprendieron de la II Guerra Mundial que los conflictos deben resolverse por medios pacíficos. La verdad es que los pueblos europeos no aprendieron esa lección de la II Guerra Mundial. Durante esa guerra, Alemania luchó para adquirir colonias hasta quedar agotada y derrotada. En su celda de la cárcel de Polonia, Jürgen Stroop todavía seguía pensando en Ucrania como la tierra de leche y miel. Al acabar la guerra, otros Estados europeos libraron guerras coloniales por todo el mundo hasta que los derrotaron o dejaron de poder sufragarlas. La integración europea que ha permitido a los alemanes olvidar el aspecto colonial de su guerra también ha permitido a los europeos occidentales olvidar sus guerras coloniales de los años cincuenta, sesenta y setenta. A medida que fueron sufriendo derrotas, los líderes europeos cambiaron de tema para hablar de Europa.

El conveniente relato de que los Estados-nación aprendieron la lección de 1945 es gratificante para los eu­ropeos en general, porque les permite pasar por alto las atrocidades coloniales. Pero el olvido de las guerras coloniales hace que se olviden también sus lecciones. Rusia está librando hoy una guerra colonial contra Ucrania, con una retórica y unas tácticas que deberían resultar familiares después de los últimos 500 años de historia europea (y en especial tras la retórica colonial nazi en el Este). Como los eu­ropeos (y en particular los alemanes) no han procesado su propia historia colonial, a veces pasan por alto una lección innegable de la guerra ruso-ucrania: que para que un imperio deje de serlo tiene que perder una guerra colonial.

La canciller alemana Angela Merkel se reúne con el presidente ruso Vladimir Putin en el Kremlin (Moscú), el 20 de agosto de 2021.
La canciller alemana Angela Merkel se reúne con el presidente ruso Vladimir Putin en el Kremlin (Moscú), el 20 de agosto de 2021. Handout (Bundesregierung via Getty Images)

Habermas parece tener nostalgia de una época en la que todo el mundo entendía las cosas que él considera evidentes. Pero no debe esperar que la gente crea que son cosas evidentes cuando no las ha experimentado y cuando su forma de caracterizarlas está equivocada. Su Alemania es impotente en los asuntos internacionales y tiene una política interior que consiste en hablar. Pero lo que realmente importa es dónde empieza la conversación y cómo se orienta. Si tiene que discurrir en círculos, no es en absoluto neutral ni, desde luego, inocente. Pensar que la conversación es el fin, y no el medio, puede hacer perder un tiempo que hace falta para actuar. Por ejemplo, hablar de armas pero no entregarlas crea la impresión de que se ha hecho algo, lo que puede tranquilizar las conciencias y tergiversar las discusiones sobre el curso de una guerra. Como siempre ha sostenido el propio Habermas, la forma del discurso es muy importante. Una vez que entendemos el poder del discurso, comprendemos el poder de aquellos —por ejemplo, quienes son respetados por su autoridad moral— que vigilan sus límites, manipulan la memoria histórica y dejan fuera las voces de los vulnerables.

Los errores históricos de Habermas quitan importancia a la responsabilidad de Alemania en la situación actual, o más bien, cosa bastante extraña en un filósofo, la responsabilidad de un político concreto. Cuando escribe desde la perspectiva de la Alemania Occidental sentimentalizada de los años setenta, Habermas la presenta no como una democracia importante con poder y responsabilidad, sino como al Kremlin le gustaría que la vieran los alemanes de hoy: como un peón en una partida más amplia, que no tuvo más remedio que supeditarse a unas realidades más generales. Esta postura de sumisión es cómoda, quizá, porque le permite olvidarse de las decisiones soberanas que incluso la misma Alemania Occidental de los años setenta tenía capacidad de tomar, como la decisión de dialogar con la Unión Soviética. Aquella tradición de la ostpolitik se transformó, con mucha menos reflexión de la necesaria, en la nueva ostpolitik consistente en comprar hidrocarburos rusos a una oligarquía que avanza sin cesar hacia el imperialismo y hacia la extrema derecha. Dado que los miembros más serios de la tradición de la ostpolitik del SPD sí han reflexionado sobre su propio pasado, parece oportuno preguntarse si la relación de Alemania con Rusia, no suficientemente meditada, hizo más probable esta guerra. Pero Habermas no se detiene en esta cuestión.

Rusia libra una guerra colonial contra Ucrania con una retórica y unas tácticas que deberían sonar familiar en Europa

Habermas no reconoce que los años 1989, 1990 y 1991 fueron puntos de inflexión importantes. En su opinión, Alemania no ha hecho gran cosa en estos últimos 30 años. Menciona de pasada el “fracaso de los gobiernos alemanes” a la hora de evitar la dependencia del petróleo y el gas rusos. Pero esa fue una decisión deliberada de Alemania, pese a que había muchas otras opciones disponibles. La decisión de abandonar la energía nuclear fue desconcertante; la decisión de construir Nord Stream 2 después de que Rusia invadiera Ucrania en 2014 fue escandalosa. Esas decisiones alemanas tuvieron consecuencias desastrosas. Y la decisión de depender de las exportaciones energéticas rusas también distorsionó el debate político alemán. Con toda la atención que dice prestar al discurso, Habermas parece no haberse dado cuenta de este detalle. Las decisiones políticas alemanas del siglo XXI hacen que todavía hoy Alemania esté financiando la guerra de destrucción emprendida por Rusia. Mientras sea así, los alemanes no pueden decir que no han intervenido en la guerra. Han intervenido, casi siempre en el lado equivocado.

El discurso es importante. Discutir las cosas a fondo puede ser muy importante en política. En este sentido, Habermas siempre ha tenido razón. Pero siempre se ha equivocado (tanto en el Historikerstreit de los años ochenta como ahora) cuando traza una frontera nacional alemana alrededor de las discusiones. Tanto en la discusión de entonces sobre el Holocausto como en la discusión de ahora sobre Ucrania, Habermas se equivoca al pensar que hay que confiar en el sentido común alemán y que las voces emocionales del Este solo sirven para perturbar a la racional clase dirigente alemana. Ningún debate nacional sensato puede desarrollarse dentro de unos límites exclusivamente nacionales. En especial, cualquier país con una historia de colonialismo debe escuchar la voz de los pueblos colonizados. Como antigua potencia colonial en Ucrania, y como socio económico de la actual potencia colonial en Ucrania, Alemania estaba doblemente obligada a escuchar a los ucranios, preferiblemente antes de la guerra y, como mínimo, en los días y semanas posteriores a que estallara. Pero no fue así.

Para Habermas, un grave problema de la vida política alemana es que quienes critican las decisiones políticas hacen demasiado ruido. Pero los críticos tenían razón. Alemania ha estado a punto de cometer un error que sus vecinos nunca olvidarán. Habermas se equivoca profundamente cuando habla del deber del intelectual en tiempos de guerra. En su empeño por arbitrar el debate alemán, malinterpreta la historia contemporánea, deja de lado los recientes fracasos alemanes en la política respecto a Rusia, no tiene en cuenta puntos de vista distintos y califica el argumento ético de imagen o emoción. El discurso es importante, como siempre ha defendido Habermas, porque puede generar los conceptos y valores que amplían el sentido de la solidaridad y la responsabilidad. Pero eso solo es posible cuando el pasado está presente y se escucha al otro. Lo que Habermas ha hecho es apartar el discurso alemán de las realidades del pasado y las posibilidades del presente y llevarlo hacia el amor propio nacional. Y al hacerlo, ha retrasado el ajuste de cuentas alemán con el pasado, ha perdido el tiempo cuando hay que tomar decisiones importantes y ha contribuido a poner a Alemania al borde de otro hundimiento moral.

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