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Únicos, creativos y memorables: así es como el error nos hace más humanos

Las equivocaciones tendían a verse como un punto negro en el inmaculado espejo de la especie. En verdad nos distinguen y son fuente de belleza, como un lunar en una cara perfecta

Ricardo Tomás

Un consejo, y esta vez gratis: si has cometido un delito, intenta que tu caso sea visto inmediatamente después del almuerzo. Según un estudio de 2011 de la Universidad de Columbia, a esa hora los jueces suelen ser más indulgentes que en cualquier otro momento del día. No debería ser así, pero las estadísticas señalan que la diferencia entre ser juzgado antes o después de almorzar es enorme: si, por ejemplo, has robado un banco, puede que en el segundo caso acaben dándote sólo cinco años de cárcel de los dieciocho posibles. Trece años menos gracias a un menú de mediodía.

En Ruido: Un fallo en el juicio humano, el psicólogo estadounidense-israelí Daniel Kahneman —autor de Pensar rápido, pensar despacio— y sus colegas Olivier Sibony y Cass Sunstein prueban que estamos rodeados de errores y que estos condicionan nuestra vida profesional y casi cualquier otro aspecto de nuestra existencia en mayor medida que los aciertos. Que poco después del almuerzo y a primera hora de la mañana los jueces suelen ser más permisivos es un dato que aparece en su libro, en el que, además, los autores citan estudios realizados en 1974, 1977 y 1981 para demostrar que la administración de justicia depende de inclinaciones y convicciones de los jueces que varían enormemente. Se trata de un problema de gran importancia, pero no es el único que debería preocuparnos: según Kahneman, la suma de juicios erróneos y de interpretaciones desacertadas nos aboca a vivir rodeados de ruido.

Para explicar a qué llaman “ruido”, Kahneman y sus coautores nos invitan a imaginar que estamos frente al puesto de tiro al blanco de una feria de atracciones; en lugar de apuntar a la diana, las personas estamos disparando en todas direcciones, incapaces de reconocer cuál es exactamente el blanco y dónde se encuentra: a veces acertamos en él, pero sólo por accidente. Mientras tanto, sin embargo, a algunos les dan prisión permanente y a otros los dejan marcharse a casa, pese a lo cual, afirma Kahneman, seguimos ignorando el problema. ¿Por qué? Porque tendemos a creer que los que cometen errores son los demás, y no nosotros. Porque, mal que mal, seguimos dando en el blanco a veces. Porque nos gusta creer que los errores y las malas interpretaciones constituyen accidentes más o menos inevitables, la excepción antes que la regla. Y también porque el ruido sólo es perceptible o analizable si se consideran grandes cantidades de información estadística, y las personas tendemos a no pensar en estadísticas, sino en relatos: si robamos un banco y nos atrapan, creemos que ha sido mala suerte; si, además, nos condenan a 18 años de cárcel, pensamos que el mundo tiene algo contra nosotros, aunque la verdad es que —por decirlo de alguna manera— el mundo tiene algo contra todo el mundo, no sólo contra nosotros.

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Stanisław Lem hace decir a uno de sus personajes que la vida es “un puzle siempre patas arriba”. Está “compuesta de casualidades, de verdaderos despropósitos” y equívocos, y la mejor manera de enfrentarse a ella no es intentar corregir el error sino adaptarnos a él, sostiene Lem. Y la escritora estadounidense Kathryn Schulz —autora de En defensa del error: Un ensayo sobre el arte de equivocarse— parece darle la razón. Para ella somos simplemente el resultado de fallos en la replicación de las secuencias genéticas; esos errores, que llamamos “mutaciones”, suponen una variación entre los miembros individuales de una especie y contribuyen a la adaptación y a la supervivencia. “Los errores nos mantienen literalmente vivos”, afirma.

Los humanos cometemos fallos pero los de los algortimos afectan a millones de personas

Uno de los problemas que observa Kahneman es que los algoritmos, de los que en este momento depende prácticamente todo, desde la obtención de una cita con el dentista y la canción que escucharemos a continuación hasta la evaluación de una amenaza externa y el uso del arsenal nuclear, no solucionan los problemas para los que los creamos: para que funcionen correctamente es necesario que el ser humano los “corrija”. En 2015 un ingeniero informático advirtió a Google de que su reconocimiento de imágenes no era capaz de distinguir entre una persona de raza negra y un mono; tres años y miles de quejas después, el algoritmo seguía sin poder hacerlo y las imágenes denunciadas debían ser eliminadas de la búsqueda por los empleados.

Un estudio publicado en la revista Nature el año pasado mostraba, por otra parte, que el uso de algoritmos en la evaluación de pacientes a la espera de un trasplante de riñón en Estados Unidos perjudicaba a los afroamericanos: la cifra de pacientes negros que lo recibía estaba en torno al 17,7% cuando debería estar ligeramente por debajo del 50%. Dos años atrás, documentos internos de una aseguradora privada de salud a los que tuvo acceso Forbes habían señalado que el algoritmo empleado por los médicos de la compañía para diseñar los tratamientos contra el cáncer no funcionaba correctamente y condujo a que muchos pacientes recibieran información insuficiente o equivocada. Etcétera.

El psicólogo Daniel Kahneman habla en el escenario durante The New Yorker TechFest 2016, el 7 de octubre de 2016.
El psicólogo Daniel Kahneman habla en el escenario durante The New Yorker TechFest 2016, el 7 de octubre de 2016. Craig Barritt (Getty Images for The New Yorker)

Un montón de información errónea significa un montón de problemas, pero la matemática de nuestra dependencia de la inteligencia artificial y los algoritmos es algo más compleja que eso, ya que la peligrosidad de una inteligencia artificial mal diseñada está en proporción con los aspectos culturales que determinan que creamos que las máquinas son más eficientes que los humanos —­una creencia que no deja de aumentar en la medida en que lo hace nuestra necesidad de muletas electrónicas— y estos casan bien con nuestra indolencia habitual. Una noche de octubre de 2015, por ejemplo, dos esposos brasileños que se dirigían a una pizzería fueron baleados por narcotraficantes —la mujer murió— cuando la aplicación de tráfico Waze, que habían programado para que los guiase a la avenida Quintino Bocaiúva de Niteroi, una localidad en el Estado de Río de Janeiro, los condujo a la avenida Quintino Bocaiúva de Río, que pasa por el centro de una de las favelas más peligrosas de la ciudad. Que se recuerde, no es el único caso de obediencia ciega al algoritmo: en 2013, una mujer de 67 años llamada Sabine Moreau que salió de Bruselas en dirección a su hogar, a unos 135 kilómetros de allí, acabó dos días después en Zagreb, en Croacia, por culpa de las indicaciones de su GPS; la mujer, que recorrió en su coche los 1.287 kilómetros que separan ambas ciudades, admitió que estaba demasiado “distraída” siguiendo las indicaciones del aparato —padecía una demencia senil leve— como para comprender qué sucedía.

Daniel Kahneman observa con acierto que los humanos también cometemos errores, algunos de considerable gravedad; pero los que cometen los algoritmos son aún más graves, por cuanto afectan a millones y millones de personas. Nadie debería ostentar tanto poder y de una forma tan opaca. Y sin embargo, los errores cometidos por la inteligencia artificial son ya algo así como el clima, un fenómeno sobre el que creemos no poder ejercer ningún control, pese a que las herramientas para corregir los errores de la tecnología—por ejemplo, los que propician la proliferación de bulos y la agresividad en las redes sociales— existen y podrían dar lugar a una mejor ingeniería social, como sostiene desde hace años Jaron Lanier en libros como ¿Quién controla el futuro?; cada una de las denuncias de discriminación recibidas por Apple en los últimos años ha sido desestimada con la misma respuesta, por ejemplo: “Nosotros no somos los que discriminamos, es el algoritmo”. Una respuesta similar podría provenir de Google: hasta 2018 su herramienta de traducción traducía “a doctor” como “un doctor” y “a nurse” como “una enfermera” pese al hecho de que no son pocas las médicas ni escasos los enfermeros. Un error, claro; pero uno que refleja y amplifica un error más grande, social, que persigue a las mujeres desde hace siglos.

Quienes escribimos estamos habituados a los errores en el proceso de edición, llamados erratas: son inocuos en comparación con los anteriores, pero también la tecnología juega un papel en ellos. Un buen amigo mío que publicaba un libro llamado El arte de perder se llevó una decepción monumental hace algunos años cuando, al recibir los primeros ejemplares, descubrió que el título contenía una errata que convertía sus poemas en un tratado —quizás innecesario— sobre las ventosidades. Naturalmente, hubo que destruir la tirada.

No siempre se hace esto último, sin embargo. Y hay ejemplares de libros de Henry Miller, Theodore Dreiser e incluso de J. K. Rowling por los que se pagan habitualmente más de 10.000 euros sólo porque contienen una errata importante. ¿Por qué? Porque ese error los hace únicos. Quien desee tener un libro realmente especial puede intentar obtener uno de ellos. Un empresario londinense pagó 51.276 euros en 2016 por una primera edición de Harry Potter con la palabra “filosofal” mal escrita en la portada, por ejemplo. Un ejemplar sin errores le hubiese costado 15.

La escritora mexicana Julia Santibáñez admitió en una oportunidad que colecciona gazapos. “Me interesa conocer los orificios secretos de los escritores” afirmó, refiriéndose, creo, a sus “oficios”; algunos de sus errores favoritos son “la orquesta toca la abertura”, por “obertura”; “la Madonna putísima”, por “purísima”, y el que se cuenta que se produjo en la primera edición de la novela de Vicente Blasco Ibáñez Arroz y tartana, que comenzaba diciendo: “Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido’. El original lucía un deslucido ‘ceño’ fruncido”, recuerda.

Las herramientas de autocorrección de teléfonos y ordenadores están multiplicando el error en lugar de disminuir su frecuencia, como puede comprobar cualquiera; en el ámbito de la prensa escrita, por otra parte, hace tiempo que la reducción de personal y la automatización han llevado a la aparición de gazapos y errores impensables antes. En 2019 la cuenta de Twitter @nyttypos comenzó a revelar errores tipográficos y de concepto en el periódico estadounidense The New York Times; anónima y persistentemente, la cuenta continúa revelándolos tres años después de su creación y es, en algún sentido, una prueba de fidelidad lectora, ya que nadie puede reparar en los errores de un medio si no lo lee. Pero también habla de una pérdida de calidad cuya causa es económica, como casi todas: en 2017, The New York Times eliminó su departamento de corrección y despidió o recolocó a sus 100 empleados confiando en que las herramientas informáticas harían todo el trabajo; la mayor parte del tiempo, sin embargo, son las personas que trabajan en el periódico las que tienen que corregir los errores que han generado esas herramientas, una actividad a la que posiblemente todos tengamos que dedicar más y más tiempo de nuestra vida en los próximos años.

Algunos errores, por cierto, son bastante más graves que una simple errata. John Gardner, el escritor norteamericano, mencionaba entre los principales en literatura “un empleo inadecuado o excesivo de la voz pasiva, (…) el empleo constante de una dicción tendiente a distraernos, la falta de variedad en la construcción de las frases, la falta de claridad en las frases mismas, un ritmo defectuoso, las rimas internas no deseadas” y otros fenómenos similares, pero hay más, y aún más graves.

El escritor Sergio del Molino recordaba en este periódico hace dos años la situación vivida por Naomi Wolf durante una entrevista en la BBC en 2019 al hilo de un nuevo libro suyo titulado Outrages: Sex, Censorship and the Criminalisation of Love (ultrajes: sexo, censura y la criminalización del amor). En mitad de la conversación, su entrevistador “cita un pasaje que habla de ejecuciones a adolescentes por crímenes relacionados con la homosexualidad en el siglo XIX. En la documentación histórica consultada por Wolf aparecen como executions, que la autora interpreta como condenas a muerte, pero el entrevistador dice: ‘Creo que se ha equivocado al interpretar el término, pues no se refiere a condenas a muerte, sino a exoneraciones’. (…) En la terminología jurídica de la Inglaterra victoriana, una execution era la forma de condonar una pena”. Los casos que Wolf había computado como “ejecuciones” a jóvenes homosexuales, en realidad habían sido cerrados con la libertad de los acusados, no con su muerte. “Un larguísimo silencio de tres o cuatro segundos sucede a esa revelación”, cuenta Del Molino; ante ella, “una Wolf petrificada solo acierta a decir: ‘Ah’. Es un ‘ah’ largo y descendente que se apaga hacia el final, como si cayera por un precipicio. Es el ‘ah’ que constata que el libro entero está basado sobre un error de interpretación. Es decir: no vale para nada. Unos meses después, los editores de Wolf en Estados Unidos cancelaron el lanzamiento de Outrages”.

Nos enseñan a no equivocarnos, a huir del desacierto, pero el miedo paraliza

Los 189 errores reunidos por el artista Enric Farrés Duran mientras trabajaba en una librería de segunda mano son una buena prueba de que sólo es posible escribir si se acepta que el error es inherente al proceso creativo y que ni siquiera los más grandes se libran de él. En las primeras páginas de Robinson Crusoe, el héroe nada desnudo hasta el derelicto de su barco y regresa de él con varias herramientas que trae “en los bolsillos”; como recordó Javier Cercas en estas páginas, Homero, Dante, Miguel de Cervantes, Franz Kafka también cometieron errores evidentes y famosos.

“Los únicos que no se equivocan nunca son los que se equivocan siempre, porque no saben lo que es acertar”, observa Cercas. Muchos de los errores que cometemos quienes escribimos con regularidad pasan inadvertidos a los lectores; pero, cuando estos reparan en ellos, su reacción tiende a ser de dos tipos: algunos condenan al autor, pero otros celebran la existencia de una imperfección que, como un lunar en la mejilla o una pierna más corta que la otra —se dice que el problema de John Wayne, del que resultó su forma de caminar, tan característica—, otorgan personalidad a algo que de otra manera no la tendría, o la tendría en menor medida. Y a veces también permiten comenzar al escritor de nuevo, como sucedió en el caso de Ernest Hemingway: en diciembre de 1922, Hadley Richardson, su primera esposa, olvidó en un tren una maleta repleta de manuscritos de su marido, que el autor de París era una fiesta tuvo que reconstruir de memoria; al hacerlo, prescindió de toda floritura, fue directo al grano, y así, encontró el estilo duro, sintético, poco locuaz, que caracterizaría toda su obra posterior, por la que terminó obteniendo el Premio Nobel de Literatura.

Los actores estadounidenses Johnny Depp y Martin Landau en el plató de 'Ed Wood', basada en el libro de Rudolph Grey y dirigida por Tim Burton, 1994.
Los actores estadounidenses Johnny Depp y Martin Landau en el plató de 'Ed Wood', basada en el libro de Rudolph Grey y dirigida por Tim Burton, 1994. Touchstone Picture (Corbis via Getty Images)

Nos enseñan a no equivocarnos, a huir del desacierto, a no “meter la pata”, pero el miedo paraliza y el error puede ser la distancia más corta entre nosotros y el punto al que nos dirigimos aunque no lo sepamos. Como sostiene Umberto Eco en su ensayo The Cult of the Imperfect (el culto de lo imperfecto), en El conde de Montecristo —que tampoco anda escaso de gazapos— “el exceso se convierte en genialidad”. Dicho de otra manera, sólo a través del exceso, que supone la posibilidad del error, se llega a un resultado, si no acertado, sí constitutivo de una singularidad: El conde de Montecristo “es” El conde de Montecristo gracias a sus errores, además de a sus aciertos. La novela de Dumas “es muy reprobable desde el punto de vista del estilo literario y, si se quiere, desde el de la estética”, admite Eco; pero lo que la hace legible es el tipo de elementos que, en el contexto de su época, la convertían en una novela arriesgada pese a ser un folletín, ya que el gusto literario y nuestras ideas acerca de qué es lo correcto en materia de arte cambian con el tiempo: lo hacen, en no menor medida, gracias a innovaciones introducidas por los artistas que el público tiende a percibir, en primer lugar, como error.

Paul Virilio, el ensayista francés, nos recordó hace años que la invención del ferrocarril fue también, al mismo tiempo, la del accidente ferroviario; invenciones más recientes, como las de internet, las redes sociales, las encuestas de opinión, también han traído consigo formas nuevas de equivocación, en particular en aquellos casos en que el algoritmo y la popularidad de algo se han convertido en las únicas fuentes de su validación. “El error se alimenta del error, se transforma en error, el error crea error, hasta que la aleatoriedad se convierte en el destino del mundo”, escribió Lem. No es que todos los errores sean iguales, por supuesto, pero cierto tipo de ellos —los menos graves, los que nos dejan en ridículo sin destruir nuestra reputación, los que nos humanizan— permanecen más tiempo con nosotros que los aciertos, y el filme perfecto no resulta tan memorable como el que está repleto de errores: todavía hoy muchos cineastas continúan jurando por el nombre de Ed Wood, el autor de las catastróficas Plan 9 del espacio exterior y La novia del monstruo, pero pocos lo hacen en nombre de sus críticos o de quienes, en su opinión, y en contraste con Wood, hacían buen cine; a los nombres de estos últimos ni siquiera los recordamos y, como diría el dramaturgo inglés Noël Coward, ninguna estatua se ha erigido en nombre de ellos. Como agregaría Lem, “no es que haya que reajustar lo que vemos, sino que hay que cambiar el punto de vista”.

El error individualiza, distingue, destaca; potencialmente, es un acto creativo, en el que el contenido erróneo inscribe su recipiente —un hecho, una obra artística, una conversación, el menú de un restaurante— en un pequeño recordatorio de que el mundo aún puede sorprendernos. Unos años atrás, el blog El comidista daba cuenta de los singulares peppers with beautiful de un restaurante cuyos dueños debían de haber querido decir “pimientos con bonito”; en la misma entrada, una mus del día se había convertido en mousse of the day, un desafortunado “pulpo a feira” travestido de octopus to the party compartía mesa con unos tentáculos de calamar traducidos como squid testicles o “testículos de calamar” y un “cocido leonés” era convertido en cooked lions y una Coca Cola en Cocaine tail. Uno desearía que estos platos existieran realmente, aunque, tal vez, preferiría no comerlos.

¿Por qué otra razón recordar los grises menús de tantos restaurantes sin mérito si no fuera por esos errores que los inscribieron en la memoria de sus clientes? No son nuestros aciertos, fácilmente reproducibles por los ordenadores ya, sino nuestros errores los que nos hacen humanos —es decir, únicos—, y el mundo necesitará más y más de estos en la medida en que pasen los años. Insuflar humanidad a un mundo hostil y maquinal que está perdiéndola de vista —posiblemente la tarea más importante a la que podamos dedicarnos en este momento— supone reconocer de antemano que no somos infalibles y que —al margen del hecho de que no todos los errores son iguales— hay algunos de ellos con los que podemos reconciliarnos; hacerlo —asumiendo el error, abrazándolo, aprendiendo a equivocarnos mejor—implica liberarnos de la clase de inhibiciones a las que debemos tantas cosas sin personalidad y, en última instancia, sin sentido. Los japoneses valoran particularmente ciertas piezas cerámicas que, tras haberse roto, han sido reconstruidas con resina mezclada con oro y plata; consideran que, mediante su reconstrucción, la pieza adquiere una historia, que, en ellas, el daño se ha convertido en cicatriz, y la cicatriz en belleza. Quizás nuestro error al interpretar lo que se espera de nosotros en el marco de procedimientos y demandas profundamente erróneas vinculadas con el dinero, el estatus y la ideología, nos libere de ellos convirtiéndonos, por una vez, no en parte del problema, sino de la solución. De algún modo, como saben los niños, toda equivocación es una posibilidad —enormemente seria, por otra parte— de volver a inventar los juegos que más nos gustan: un instante en el tiempo en el que la creatividad permanece agazapada, esperándonos.

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