Evangélicos, el codiciado voto que puede decidir el presidente de Brasil

El país con más católicos del mundo vota en medio de una gran transformación de su electorado: los evangélicos son ya un tercio de la población y protagonizan una revolución silenciosa a la que el ‘establishment’ no presta atención porque muchos son pobres

Feligreses atienden a una ceremonia celebrada en la 'Asamblea de Dios' de una iglesia evangélica en Río de Janeiro, el 23 de agosto de 2022.
Feligreses atienden a una ceremonia celebrada en la 'Asamblea de Dios' de una iglesia evangélica en Río de Janeiro, el 23 de agosto de 2022.CARL DE SOUZA (AFP)

La sequía y la pobreza empujaron desde mediados del siglo XX a millones de brasileños del noreste hacia las ciudades ricas del sur. Llegaban a un ambiente hostil en el que se encontraban desamparados por un Estado ausente. Y fueron abrazando una nueva fe en expansión. Iglesia Cuadrangular, Convención General de las Asambleas de Dios, Iglesia Universal del Reino de Dios, Iglesia Pentecostal Dios es Amor, Iglesia Presbiteriana Fundamentalista, Bola de Neve Church… son algunas de las denominaciones evangélicas más conocidas de Brasil. El país con más católicos del mundo vive una profunda transformación que se puede resumir en dos o tres datos: cada año se abren aquí 14.000 templos protestantes, más de uno cada hora. Mientras, el Papa pierde fieles a ritmo acelerado. Los católicos rondan la mitad de la población (108 millones), y los evangélicos, un tercio (65 millones), pero se estima que, en solo una década, estos últimos superarán a los bautizados en la Iglesia de Roma.

En un país con 156 millones de electores, los evangélicos conforman una comunidad de fieles pujante y cada vez más codiciada por los políticos; especialmente ahora, a las puertas de las elecciones del 2 de octubre, en las que se medirán dos titanes: Luiz Inácio Lula da Silva, de 76 años, y Jair Bolsonaro, de 67. Si ninguno obtiene más del 50% de los votos, habrá segunda vuelta el 30 de octubre.

Aunque hasta los años setenta los evangélicos brasileños dieron la espalda a la política, luego la abrazaron con entusiasmo. Tienen un poder formidable en el Congreso y, con Bolsonaro, influyen más que nunca en la cúpula del poder. Como votan de manera mucho más homogénea que otros colectivos, fueron cruciales para la victoria del ultraderechista, un candidato criado en la fe católica y rebautizado en el Jordán por un pastor evangélico, y cuya esposa e hijos son evangélicos. Misógino, malhablado y nostálgico de la dictadura, en cada acto se presenta como temeroso de Dios y defensor de la familia más tradicional. Siete de cada diez evangélicos le votaron en 2018 y él los mima. Colocó en el Tribunal Supremo un juez “terriblemente evangélico”, en palabras del propio Bolsonaro.

Pronostican las encuestas que ahora el apoyo estará más repartido entre Lula da Silva y Bolsonaro, pero de nuevo este último cosechará el respaldo de la mayoría. Antaño algunos líderes fueron aliados de los gobiernos progresistas.

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El Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, recibe la bendición durante un festival de música organizado por una emisora evangélica de Río de Janeiro, el pasado 2 de julio.
El Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, recibe la bendición durante un festival de música organizado por una emisora evangélica de Río de Janeiro, el pasado 2 de julio. Buda Mendes (Getty Images)

Los evangélicos protagonizan una revolución, sostiene el antropólogo brasileño Juliano Spyer, autor del libro Povo de Deus. Quem são os evangélicos e por que eles importam (Pueblo de Dios. Quiénes son los evangélicos y por qué importan). Un cambio al que el establishment y las clases acomodadas —blancos— no prestan atención porque sus protagonistas son pobres. La impulsa una legión de madres de familia, mujeres pobres, negras o mestizas, que viven en la periferia de las ciudades, donde faltan servicios públicos y sobra violencia.

Cristianos de la rama protestante, carecen de un poder centralizado y no adoran imágenes. El motor de la transformación que vive Brasil no son las Iglesias tradicionales, como la luterana o la presbiteriana, sino las más nuevas y más seguidas pentecostales y neopentecostales. Estas interpretan la Biblia de manera literal, tienen a Jesucristo como gran pilar y consideran imprescindible tener la voluntad de ser bautizado y hacer proselitismo. La música y un fervor que roza el éxtasis son elementos clave de sus exuberantes ritos. Y los neopentecostales suman a esos ingredientes la meritocracia y la búsqueda del éxito.

La primera advertencia que hace al profano cualquiera que estudia a los evangélicos brasileños es que tanto Iglesias como fieles componen una comunidad extremadamente diversa. Es un mosaico que abarca elementos tan dispares como la Iglesia Universal, que es un auténtico emporio —posee canales de televisión, emisoras, un periódico y un partido político, republicanos, con 44 diputados— y es el gran símbolo de la Teología de la Prosperidad, o el templo que abre en un garaje con lo básico: una Biblia y un puñado de sillas de plástico. Es un universo que incluye elementos que dejan atónito a cualquiera: el caso de la diputada federal de Río de Janeiro Flordelis de Souza, madre adoptiva de 50 chavales, actriz y cantante de góspel, acusada de ordenar a uno de sus hijos el asesinato a tiros de su marido. O los pastores dedicados a rescatar almas de criminales para que puedan abandonar la banda sin que sus antiguos colegas los castiguen con la muerte.

Junto a esas realidades tan llamativas, existe la rutina: esa mujer negra, discreta, canosa, con falda por debajo de las rodillas y sin maquillaje —como recomienda su Iglesia— que se gana la vida como manicura en un barrio rico o el conductor de Uber que lleva la Biblia en la guantera o sobrelleva los descomunales atascos escuchando sermones.

Dos fieles y una Biblia, en la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios del barrio de Ipiranga, en São Paulo, a principios de septiembre.
Dos fieles y una Biblia, en la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios del barrio de Ipiranga, en São Paulo, a principios de septiembre. Lela Beltrão

Unos u otros están en cada rincón de este país de tamaño continental. También en lo más remoto de la Amazonia, como el pequeño templo de madera sobre palafitos de la Asamblea de Dios —la mayor congregación brasileña, con 12 millones de miembros— que se alza en una aldea de la reserva natural de Mamirauá. Cuentan los locales que el cura católico recala por allí una vez al mes mientras el pastor evangélico y su esposa llegaron para instalarse.

La Iglesia católica de Brasil intentó convencer al Vaticano de que en Amazonia permitiera ordenar sacerdotes a hombres respetados en sus aldeas, aunque estuvieran casados, en un intento de paliar la escasez de curas y frenar la dura competencia del protestantismo, que lo permite. La respuesta en el sínodo de 2019 fue negativa.

Teología de la prosperidad

Domingo. Escuela bíblica en la Iglesia de la Asamblea de Dios en Ipiranga, São Paulo. Las protagonistas de esta revolución a menudo ignorada son mujeres como Edjane Gama, de 45 años, o las hermanas que la escuchan hablar sobre el tema del día, cómo administrar el dinero de manera cristiana. De pie tras un atril, con voz firme y lenguaje sencillo, Gama las alerta sobre las tentaciones del consumismo, los riesgos de confiarse al crédito (“cuando pagas en efectivo, tu poder adquisitivo es mucho mayor”) y las adentra en los misterios de los tipos de interés y la inflación (“está alta, pero no ha explotado como en Argentina”). Información bien útil en hogares humildísimos como los suyos, donde aprovechar cada real es imperativo para sacar adelante a la familia.

Los fieles se reparten en grupos: mujeres, hombres, jóvenes y niños.

Estas Iglesias —ricas y humildes, grandes o pequeñas— suplen infinidad de vacíos provocados por la debilidad del Estado. Ahí reside su atractivo. En su despacho en São Paulo, el antropólogo Spyer explica: “No se dedican a discutir si la Biblia en latín o en hebreo significan lo mismo. Hablan de robos, de embarazo adolescente, de violencia, de violencia doméstica. Es una religiosidad con rostro del pueblo, que habla el lenguaje del pueblo y que se refiere a los problemas que lo acucian de manera muy intensa”. Desempleo, violencia, pobreza, malos tratos…

Escucharlos ayuda a entender, por ejemplo, hasta qué punto cualquier sugerencia sobre ampliar los derechos al aborto, de la comunidad LGTBQ o legalizar drogas causa enorme repulsa en millones de brasileños. La mayoría del electorado (60%) prefiere un candidato que defienda los valores de la familia (tradicional, se entiende) que tener buenas propuestas económicas, según la encuesta Datafolha.

Una familia frente a la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios, en Ipiranga, el pasado septiembre.
Una familia frente a la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios, en Ipiranga, el pasado septiembre. Lela Beltrão

Resignarse no va con ellos. Buscan cura para los dolores del alma y éxito personal. Llegada desde Estados Unidos a mediados del XX, la Teología de la Prosperidad que predican los neopentecostales ha calado profundamente en Brasil. Y desde aquí se extiende al resto del continente, a África y a Europa. Va de la mano de ese espíritu emprendedor y de la creencia en que la disciplina y el esfuerzo individual permiten superar todas las adversidades. La Teología de la Prosperidad, dice el obispo Estevam Hernandes, fundador de la Iglesia Renascer em Cristo, “es un concepto muy manipulado. No se trata solo de (conseguir prosperidad en) asuntos financieros, sino de tener éxito en todo lo que hagas, ya sea en tu vida profesional, financiera, espiritual, ministerial o personal”.

En este universo, el diezmo juega un papel esencial, aunque los pastores recalcan que no es obligatorio y que a nadie se le fiscalizan sus dineros. Existen Iglesias donde se entregan billetes pequeños en sobres; otras despliegan agresivas campañas en televisión o la web y ofrecen todo tipo de facilidades para donar. Es frecuente hacerlo con tarjeta.

Cada brasileño converso tiene su relato sobre qué le llevó a “descubrir a Cristo” y cómo transformó su vida, pero abundan los testimonios de redención. A muchos la Iglesia los ayudó a desengancharse de la droga o el alcohol. Eliane Sampaio, de 44 años, alumna de la escuela bíblica dominical de Ipiranga, era alcohólica. Cuenta: “Bebía mucho los fines de semana, me peleaba con todos”. Y sufría terriblemente. Con disciplina, esfuerzo titánico y fe, logró recuperar las riendas de su vida. Ahora ayuda a otros. Desde hace un mes, acoge con su marido y sus hijos al hijo de tres años de una drogodependiente a la que intenta ayudar a salir del pozo. “Existe una batalla constante entre ella y el vicio. Por ahora no consigue resistir, pero la tenemos que amparar. Lo digo porque se va a convertir y logrará vencer ese vicio”, afirma.

La oferta de actividades, más allá de los cultos de los predicadores, es de lo más variada. Entre ellas, las más trascendentales, en opinión de Spyer, fundador del Observatorio Evangélico, son las actividades extraescolares para los hijos de quienes salen a trabajar al amanecer y solo regresan tras caer el sol. “La escuela solo les ocupa la mañana o la tarde, lo cual deja a los hijos sin una actividad supervisada durante medio día. Y eso deja espacio para el contacto con drogas recreativas, prostitución, grupos criminales…”. Y ahí están los evangélicos con sus clases de ballet, de música… Suponen un refugio y un bálsamo en un ambiente casi siempre hostil, donde la amenaza del desempleo, los narcos, la policía, es constante. Alimentan hambrientos, curan adicciones.

Un grupo de fieles en la escuela bíblica dominical de la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios, en Ipiranga, el pasado septiembre
Un grupo de fieles en la escuela bíblica dominical de la Iglesia Evangélica Asamblea de Dios, en Ipiranga, el pasado septiembreLela Beltrão

Cada día, millares y millares de brasileños pobres se convierten porque son testigos de cómo mejora la vida de quienes los precedieron. Lo más habitual es que el primer paso lo dé la mujer, que después lleva a su familia. Y paso a paso se puede crear un círculo virtuoso que el pastor Douglas Fidalgo, de 44 años, de la Asamblea de Dios de Ipiranga, sintetiza así: “Fueron ayudados, liberados del vicio, crearon familias, dejaron de gastar en bebida… Y sobró dinero para atender mejor a los hijos, para invertir en educación”. Esa es a menudo la llave para un empleo mejor, o incluso para llegar a la universidad y cumplir el sueño de tantas familias. Que sus hijos trabajen en una oficina, sentados.

Las elecciones han vuelto a poner de actualidad a los evangélicos en los medios. A ellos no les suele gustar como se los retrata. Pero son los más cortejados, junto a las mujeres, en este duelo que enfrenta a Bolsonaro y a Lula. El izquierdista, atacado desde el bolsonarismo con la falsedad de que podría cerrar Iglesias si gana las elecciones, se defiende como puede. Recuerda que sacó la ley de libertad religiosa, que es creyente, critica el uso de la religión para lograr votos e intenta no cometer errores. Sabe que se mueve en terreno resbaladizo. Hace cuatro años, el candidato de su partido, Fernando Haddad, llamó “fundamentalista charlatán hambriento de dinero” al obispo Edir Macedo, líder de la Iglesia Universal, que suma casi dos millones de miembros.

Recientemente una discusión entre los fieles dentro de un templo del Estado de Goiás, en el centro de Brasil, acabó con un herido de bala. La bronca empezó después de que el pastor recomendara no votar a candidatos de izquierdas.

El pastor más cercano a Bolsonaro, Silas Malafaia, dice que “es imposible que un cristiano sea de izquierdas”. Y muchos líderes protestantes explicitan sus candidatos preferidos. Es el caso del obispo Hernandes, de la Iglesia Renascer em Cristo: “Apoyamos la reelección del presidente, Jair Bolsonaro. Pero no es una imposición de la Iglesia, estamos a favor de que cada uno elija libremente”, dice en respuesta a preguntas por escrito. “Lo apoyamos porque creemos que representa nuestros valores y nuestros deseos para Brasil”.

Culto evangélico celebrado en el Congreso brasileño, en Brasilia, el pasado junio.
Culto evangélico celebrado en el Congreso brasileño, en Brasilia, el pasado junio. Paula Cinquetti

En cambio, el pastor Fidalgo, de la barriada de Ipiranga, prefiere que la política quede fuera del templo donde predica: “Aquí no se les dice a quién votar, en otras Iglesias sí hay pastores que apoyan a un candidato o repudian a otro. Aquí no se habla de política”.

Para ilustrar la enorme diversidad incluso dentro de la gigantesca Asamblea de Dios, Gedeon Alencar, autor de diversos libros sobre el pentecostalismo brasileño, hace al teléfono una clara distinción. “Los templos-shopping ofrecen cultos todos los días, mañana, tarde y noche. Son espacios en los que la gente entra y sale sin crear lazos de afecto. Como son televisados, la gente va muy arreglada. Necesitan aparcamiento. Tienen tienda, librería, restaurante. Un abismo lo separa del templo-casa, que suele estar en las periferias. Allí los fieles y el pastor son del mismo barrio. Si alguien se ausenta, van a su casa a preguntar. Todos saben quién tiene trabajo, quién lo perdió, quién se enamora y quién se separa. Es una comunidad moral”, concluye este doctor en Ciencias de la Religión.

Dos diferencias más. En los primeros, el pastor, los músicos, el sistema de luz y sonido están profesionalizados. En el segundo, son voluntarios. Y hasta los asientos reflejan la disparidad: “En el templo casa, bancos corridos; en el templo shopping, mullidas butacas individuales”. Pero banco corrido o butaca, el consenso es casi absoluto cuando se trata de la familia tradicional, el aborto, los derechos LGBTQ y las drogas.

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Sobre la firma

Naiara Galarraga Gortázar

Es corresponsal de EL PAÍS en Brasil. Antes fue subjefa de la sección de Internacional, corresponsal de Migraciones, y enviada especial. Trabajó en las redacciones de Madrid, Bilbao y México. En un intervalo de su carrera en el diario, fue corresponsal en Jerusalén para Cuatro/CNN+. Es licenciada y máster en Periodismo (EL PAÍS/UAM).

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