Gran Angular / Delphine Minoui

“El activismo femenino en Irán no cesa”

Gran conocedora del régimen de los ayatolás, cree que la sociedad de este país vive entre dos realidades opuestas, la pública y la privada

Delphine Minoui, a finales de noviembre, en Madrid.
Delphine Minoui, a finales de noviembre, en Madrid.Samuel Sánchez

Hija de iraní y francesa, Delphine Minoui (París, 1974) creció al margen del ajetreo revolucionario del país de origen de su progenitor. Pero el misterio que envolvía al abuelo paterno, una presencia intermitente mientras ella crecía, despertó su curiosidad antes incluso de que se matriculara en la Escuela de Periodismo. Ese interés la llevó a instalarse en Teherán y convertirse en una de las periodistas occidentales que mejor conoce tanto el enorme potencial de su población como el lado oscuro de su peculiar sistema político.

La periodista y escritora ha reflejado la experiencia en su último libro, Je vous écris de Téhéran, que ha recibido el premio Ailleurs 2016 y ahora espera editar en español. Recientemente estuvo en Madrid para hablar de Irán, invitada por el Instituto Francés, y compartió con EL PAÍS sus reflexiones sobre los retos que afronta el lugar de origen de su familia paterna que ella ha hecho también suyo.

Pregunta. Mencionar Irán remite a mujeres con chador, barbudos que gritan “Muerte a América” y violaciones de derechos humanos. ¿A qué se debe esta mala imagen?

“Descubrí un Irán que bulle, una sociedad polifónica, con una juventud intrépida. Es una sociedad muy joven”

Respuesta. Desde sus inicios en 1979, el régimen ha jugado la carta de la retórica. Mahmud Ahmadineyad se sirvió de ella al extremo, junto al asunto nuclear. Llegó un momento en que no se contemplaba Irán más que a través del prisma de la bomba. No se planteaba si había o no voluntad de construirla, sino que se hablaba directamente de “la bomba de los ayatolás”. Se olvidó que había también ayatolás reformistas. Eso ha hecho que la [mala] imagen se haya mantenido. Por otro lado, los medios de masas, en el momento en que hay un discurso provocador, lo destacan y olvidan los matices. El interés se reduce al blanco y negro, y se pierden los matices. El Irán de hoy está lejos de eso. Hay un desafío interno a la retórica oficial.

P. Usted fue a Irán buscando su herencia iraní. ¿Qué más encontró?

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R. Descubrí un Irán que bulle, una sociedad polifónica, con una juventud intrépida. Es una sociedad muy joven (el 70% de los iraníes tiene menos de 30 años) y con una importante presencia femenina en todos los ámbitos. Pero para mí, lo más fascinante fueron las esferas religiosas; encontrarme en Qom, la ciudad cuna de la República Islámica, donde se creó el concepto del velayat-e-faqih [Gobierno del jurisconsulto] de Jomeini, y descubrir que alberga a los principales opositores al sistema. Conocen todos los arcanos de la religión para criticarlo. El mejor ejemplo fue el ayatolá Montazerí, inicialmente designado como sucesor de Jomeini, luego apartado y confinado en su domicilio hasta su muerte. Pero sus ideas siguieron circulando, en gran parte gracias a su hijo Ahmad que hoy está amenazado con la cárcel. Se vio en las protestas poselectorales de 2009, cuando los jóvenes se ampararon en él.

P. ¿Con qué sueñan los jóvenes?

R. Con vivir como el resto de los jóvenes del mundo: poder tener amistades del sexo opuesto, escuchar la música que les gusta, leer lo que les apetezca, navegar por Internet sin tener que usar proxis para sortear los filtros... En definitiva, poder disfrutar de su juventud sin tener que justificarse en cada momento. Hoy en día el sistema les impone la necesidad de hacerlo.

“No hay que entusiasmarse demasiado porque los cambios hasta ahora han sido meramente cosméticos, benefician a una minoría”

P. En el caso de las mujeres, desde el exterior no se ve más que el velo obligatorio. Sin embargo, las iraníes son muy activas. A la vez, están sometidas a leyes patriarcales que limitan sus derechos. ¿En qué situación está el movimiento de mujeres?

R. Sufrió muchísimo la represión bajo Ahmadineyad. El caso más destacado fue el de Shirin Ebadi, obligada a exiliarse, pero había muchas más. Ahora se ha producido una renovación generacional y hay pequeñas Shirin Ebadi por todas partes; no son tan conocidas, pero son numerosas. Hay abogadas, activistas,… como Nasrin Sotudeh quien, pese al encarcelamiento o la prohibición de ejercer, continúa superactiva. Su aparición en la película de Jafar Panahi Taxi Teherán fue un gesto muy valiente porque habla con un cineasta que tiene prohibido trabajar y que está filmando de forma clandestina. Aun así asume el riesgo, prueba de que el activismo femenino no cesa.

La misma valentía que las mujeres mostraron tras la represión de 2009. Como no podían expresarse en la calle, las universidades o la prensa, se reunían en las casas. Sabían que no iban a poder cambiar la ley (una mujer vale la mitad que un hombre, tanto en el testimonio ante un tribunal como en la herencia), así que se propusieron cambiar lo cotidiano. Explicaban a las mujeres que podían poner condiciones en sus contratos de matrimonio: que el marido les permita trabajar o viajar sin necesitar una autorización cada vez que quieren hacerlo, la custodia de los hijos en caso de divorcio… Han creado una toma de conciencia que no existía antes.

P. Llama la atención la cantidad de mentiras que iraníes se cuentan para sobrevivir, algo que el visitante puede tomar por hipocresía. ¿Son los iraníes más mentirosos que el resto?

R. Es una forma de supervivencia. Desde que empiezan a ir a la escuela se enseña a los niños que deben responder no cuando el maestro pregunta si el papá bebe whisky o si juega a las cartas o cualquier otra cosa prohibida. Se aprende a mentir como se aprende a hablar. Es esquizofrénico porque se lleva una doble vida, de puertas adentro (donde se hace lo que se quiere) y de puertas afuera (donde uno se obliga a comportarse como exige el sistema). Se adapta incluso el lenguaje que se utiliza.

P. Desde la llegada de Hasan Rohaní a la presidencia en 2013 y el acuerdo nuclear en 2015, la imagen de Irán ha mejorado un poco. Pero ya vimos algo parecido en tiempos de Jatamí y luego vino Ahmadineyad. ¿Ha habido un cambio real en el sistema o somos nosotros en Occidente los que hemos cambiado nuestra percepción de Irán?

R. Ha habido un verdadero fenómeno mediático. Occidente se ha batido tanto por este acuerdo nuclear y además necesitaba un aliado en la región contra la amenaza del Estado Islámico, que se ha querido creer. También ha habido cambios. No hay color entre Ahmadineyad y Rohaní. Para los iraníes, Ahmadineyad convirtió el país en un Estado paria. Rohaní ha resituado a Irán en el mapa en plan positivo y el levantamiento de las sanciones ha traído esperanza como pude comprobar durante mi último viaje el pasado marzo. Pero no hay que entusiasmarse demasiado porque los cambios hasta ahora han sido meramente cosméticos, benefician a una minoría. Y vuelve a repetirse la tensión de la época de Jatamí entre los reformistas partidarios de la apertura y los conservadores que les advierten “no creáis que por lograr el acuerdo nuclear el sistema va a cambiar y estamos aquí para recordároslo”. Los partidarios del cambio se han convertido en rehenes. Un ejemplo es lo que sucede con los binacionales, como Siamak Namazi, un consultor irano-estadounidense que fue detenido cuando visitaba a sus padres y condenado a 10 años de cárcel por espionaje.

P. En esos casos, y hay al menos una decena, ¿es útil la presión internacional?

R. Formo parte de quienes creen que hay que hablar porque así lo ha demostrado la experiencia. Si se opta por el silencio, el poder gana porque ese es su objetivo, callar a la gente que molesta.

Sobre la firma

Ángeles Espinosa

Corresponsal para los países ribereños del golfo Pérsico, ahora desde Dubái y antes desde Teherán. Especializada en el mundo árabe e islámico. Ha escrito El tiempo de las mujeres, El Reino del Desierto y Días de Guerra. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (Madrid) y Máster en Relaciones Internacionales por SAIS (Washington DC).

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