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El futuro que ya no conoceremos

La más tremenda de las pérdidas que sufrimos con el incendio del Museo Nacional de Brasil son las respuestas que había en su colección científica

El incendio del Museo Nacional de Brasil, el domingo pasasdo
El incendio del Museo Nacional de Brasil, el domingo pasasdoLeo Correa (AP)

Todos intuimos que algo muy importante se ha perdido para la humanidad con el incendio que destruyó el Museo Nacional de Rio de Janeiro. Siendo biólogo y sabiendo las colecciones científicas que albergaba, también comparto un cabreo y tristeza monumental con todas las personas con las que he hablado sobre el tema, desde el electricista que está trabajando en mi casa en Porto Alegre hasta mis colegas profesores de la universidad donde enseño Biología e investigo. Todos coincidimos en que la pérdida del museo representa un ejemplo clarísimo y tangible de una dinámica tristemente cotidiana para los que vivimos en Brasil: somos traicionados vilmente por las instituciones públicas responsables de cuidar del patrimonio de la nación. Sin embargo, pocos consiguen entender todas las dimensiones de que es lo que hemos perdido.

Un museo actúa en tres frentes. Ofrece una mirada al pasado, o sea, una vara para medir cambios, una escala temporal. También educa, en el presente, sobre el mundo que nos rodea, tanto el físico como el de las ideas. Y, sobre todo, crea oportunidades para resolver problemas que aún no somos capaces ni de imaginar. Es decir: abre puertas al futuro desconocido. Y ese potencial, como es impredecible, es sin duda la más tremenda de las pérdidas que sufrimos el domingo.

En los siglos XVIII y XIX nadie imaginaba que el cambio climático causado por los humanos sería uno de los mayores desafíos de la humanidad en siglo XXI. Sin embargo, son los datos colectados sobre la distribución altitudinal de la vegetación entre 1773–1858 por von Humboldt y Bondplan en las montañas de Ecuador—cuidadosamente preservados y cuidados en colecciones científicas—los que en 2015 han permitido que la humanidad entienda el efecto del caliento global sobre la distribución de la vegetación. Quién les diría a los miles de paleontólogos que han dedicado sus vidas a colectar y preservar fósiles en todo el mundo durante siglos y a los ciudadanos que con sus impuestos y donaciones han permitido que estos lleguen hasta nuestros días, que esos restos orgánicos mineralizados acabaría siendo evidencia empírica definitiva de un problema que ni sabíamos que podíamos tener: un evento de extinción masiva de especies equiparable en magnitud a la de los dinosaurios.

O más cerca de casa, el cráneo de Homo sapiens conocido como Luzia estuvo 20 años en las colecciones del Museo Nacional hasta que un investigador descubrió su importancia. Conocer la fecha de la colonización de América no es baladí. Permite, entre otras cosas, entender la capacidad de los humanos de poblar y conquistar un continente.

Se ha cerrado la puerta de golpe a futuros descubrimientos de ese tipo, los que podrían haber salido del incalculable patrimonio científico del museo. Las políticas cicateras de los sucesivos gobiernos -cada uno agravando una situación que ya era insostenible-para con el patrimonio solo pueden ser fruto de una ignorancia superlativa combinados con unos intereses legalmente turbios. Pero en realidad tampoco tan alejada de otros hitos como la reciente amnistía a los destructores de la selva, la impunidad ante la catástrofe ambiental de Rio Doçe o el abandono de museos y edificios históricos, que ya causo el incendio que destruyó la colección del Instituto Butantan en 2010 y que es responsable de la mayor parte de los antídotos contra el veneno usados en Brasil.

En un museo de ciencias podemos aprender las semejanzas y diferencias entre los humanos y otras especies de primates, o que nuestro cuerpo contiene tal cantidad de microrganismos (principalmente bacterias, sin muchas de las cuales moriríamos)que son igual en número a nuestras propias células. Es el lugar donde nuestros hijos pueden aprender que el huevo evolucionó millones de años antes que la gallina. Donde los descendientes del pueblo Wari’ podían acudir para entender como vivían sus parientes hace pocas generaciones. Es donde aprendemos de forma intuitiva nuestra insignificancia en el universo. El domingo, sin embargo, aprendimos nuestra insignificancia en Brasil. Junto con el Museo ardió mucha de nuestra memoria, nuestro presente quedó mutilado y nos robaron un futuro que ya nunca conoceremos.

Santiago Castroviejo-Fisher es profesor de Biología de la Pontifícia Universidade Católica do Rio Grande do Sul y comisario de las colecciones de afíbios y reptiles del Museu de Ciências e Tecnologia

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