Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

A políticas erróneas, monstruos por doquier

Aunque los líderes o programas de Le Pen y Vox son ultraderechistas, la mayoría de sus votantes no lo son, se trata de exvotantes de izquierdas

Protesta de los 'chalecos amarillos', este sábado en París.
Protesta de los 'chalecos amarillos', este sábado en París.GEOFFROY VAN DER HASSELT (AFP)

La coincidencia de las protestas de los chalecos amarillos en Francia y la irrupción de la ultraderecha en España no ha sido solo temporal. El doble revés al poder establecido ha sido otra demostración de la incapacidad de los partidos tradicionales para abordar los grandes problemas de los ciudadanos: la globalización, los recortes, la redistribución de cargas tras la crisis o el desempleo.

Desde hace años, Europa entierra un partido clásico o lo decapita en cada cita electoral. Lo hemos visto en Hungría, en Italia o en Alemania. Y hace un año en Francia, donde Macron barrió del mapa a los dos partidos clásicos (socialista y republicano) que se repartían el poder.

En cada cita electoral, son movimientos, y no organizaciones políticas al uso, los que surgen o se refuerzan. Al analizar las causas, la crisis financiera de 2008 es un referente. Antes, la solución había sido Europa. Después, Europa fue el problema. Ahora, la falta de una Europa social impide defender los intereses de los ciudadanos, y no solo los de la banca o los conglomerados industriales.

¿Dónde crecen esos movimientos, esos apoyos a la ultraderecha? Sobre todo en zonas deprimidas, las castigadas por la mundialización, las deslocalizaciones y la inseguridad. Son lugares históricamente dominados por la izquierda, que alguna responsabilidad tendrá.

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El feudo de Le Pen sigue siendo Norte-Paso de Calais, región industrial y minera transformada en granero de parados. Viejos líderes comunistas se convirtieron allí en 2015 en victoriosos candidatos del Frente Nacional (FN). Un año antes, descargadas todas las tormentas de la crisis, el FN era ya la primera fuerza electoral.

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Son esas zonas las más castigadas ahora en Francia por las subidas de carburantes. En un país sometido por decisión política a la dieselización (70% de los coches vendidos en 2012), se ha emprendido una ejemplar política ecológica que casualmente tienen que pagar quienes compraron esos coches. El litro de gasoil ha subido en un año de 1,18 euros a 1,43 (igual que la gasolina), pero llegará a 1,67 en 2022.

Como en Francia, la derecha y la izquierda agravan ahora en España los errores con sus reacciones. La derecha, adoptando muchas de las tesis ultras. Y la socialdemocracia y la izquierda radical, con tesis frentistas. O los nacionalistas, que afean el resurgir de otro… nacionalismo que ellos han reactivado.

Ocultan todos que, aunque los líderes o programas de Le Pen y Vox son ultraderechistas, la mayoría de sus votantes no lo son. Se trata de exvotantes de izquierdas. Como en Calais, en España vemos ahora ejemplos como el de Algeciras (30% de paro), donde Vox ha obtenido tantos votos como el PSOE.

A medio año de las elecciones europeas, los políticos deben decidir si la solución vendrá de nuevo de la UE o si esta seguirá siendo el problema. La respuesta es obvia: se necesita una Europa social. Y de eso no se oye hablar.

Sobre la firma

Carlos Yárnoz

Es Defensor del Lector, llegó a EL PAÍS en 1983 y ha sido jefe de Política, subdirector o corresponsal en Bruselas y París. El periodismo y Europa son sus prioridades. Como es periodista, siempre ha defendido a los lectores. Ahora, oficialmente.

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