Columna
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Comidos vivos

Pareciera que a los mexicanos nos resulta impensable que algo, cualquier cosa, salga bien. Y cuando a alguno le sale es como si al resto del hormiguero nos echaran encima un cubo de agua hirviendo

Yalitza Aparicio en la alfombra roja de los Oscar.
Yalitza Aparicio en la alfombra roja de los Oscar.Jordan Strauss (GTRES)

Lo hemos visto suceder una y otra vez, como maldición recurrente: un mexicano destaca en cualquier ocupación llamativa (es decir, una relacionada con el espectáculo, el deporte o el arte, porque a científicos o académicos muy rara vez les sucede) y le cae encima, como yunque, la atención de sus compatriotas. Por un lado, iracunda y salivosa, la de aquellos que malquieren instantáneamente al destacado en cuestión y aseguran que lo que sea que haga no es para tanto, que otro (cualquier otro, incluso un figurón execrado en ocasiones anteriores) merecía más esos premios, aplausos o reflectores, que todo se trata de una tomadura de pelo, una imposición, un efecto artificial e indeseable, una moda que durará poco y si lo hace es por conspiración, cochupo o, de plano, por idiotez del resto del planeta. Por el otro lado, y no menos escandalosamente, la atención de aquellos repentinos fieles que proclaman al destacado de marras como el elegido, es decir, la encarnación de los valores de la mexicanidad, el ejemplo que tantos niños y personas humildes aguardaban, la llamita de esperanza que ilumina el sendero de la nación. Por periodos de celebridad así de truculentos han transitado personajes tan variopintos como Ana Guevara, María Félix, Octavio Paz, Elena Poniatowska, Luis Miguel, Cuarón, Del Toro, Iñárritu, Gael, Diego Luna, Dolores del Río, Salma Hayek, Hugo Sánchez, el Chicharito, o, ahora mismo, Yalitza Aparicio. Ya sea para quemarles incienso alrededor o para quemarlos en leña verde, a nuestros héroes nos gusta ahumarlos hasta dejarlos irreconocibles.

Pareciera que a los mexicanos nos resulta impensable que algo, cualquier cosa, salga bien. Y cuando a alguno le sale, especialmente cuando le sale extraordinariamente bien, es como si al resto del hormiguero, o sea, a nosotros, nos echaran encima un cubo de agua hirviente. Y sentimos un ahogo que solo podemos superar escupiendo babas, de ira o de admiración, pero babas al fin. Y sin medida. Acá no hay medias tintas.

Todo debe ser excesivo y abrumador. Vamos a hablar sin parar de fulano, ya sea muy bien o muy mal, sin matices y sin reposo, hasta que surja alguien más a quien acribillar.

No celebramos o criticamos natural y cabalmente a nuestras figuras: las desnaturalizamos. Las usamos como pretexto para enzarzarnos en debates que rebasan a cualquiera, como si la existencia presente y futura de la nación dependiera de ellos. Y les hacemos acusaciones indignas, delirantes y rarísima vez probadas (pero millones de veces repetidas) o, del otro lado, las cargamos de adoración pero también de responsabilidad y les echamos encima aspiraciones y cargas ridículas. Porque esperamos que, sin dejar de hacer lo que hacen, nuestros famosos combatan la corrupción, eduquen al pueblo, se muestren como una cruza de Mahatma Gandhi y Toni Morrison, nos descolonicen y nos muestren el camino al progreso. Y que, entretanto, se comporten santamente, como eremitas o monjas de clausura, porque el hecho de que sepan actuar, dirigir, cantar, correr o patear el balón con criterio significa que tienen la obligación de salvar el alma de todos los demás. Y nunca, jamás, ya sea para declararlos genios o idiotas, los miramos como individuos que, gracias a su talento, disciplina y astucia alcanzaron algún logro morrocotudo. Nada de eso: los tratamos como meros ejemplares afortunados de la especie, expresiones azarosas del colectivo. Como si fueran, tal cual, nosotros mismos o nuestros vecinos, solo que con mejores contactos y un bonito peinado. Y, con la confianza que se les depara a los viejos conocidos, los tonteamos, los alabamos, nos metemos con ellos como si fueran nuestra propiedad.

Son juguetitos: si quiero me divierto contigo y si quiero te rompo. No me extrañan nada las quejas de Yalitza Aparicio y la petición que los productores de Roma les hicieron a los medios de dejarla a ella y su familia en paz. Yalitza ha sido acosada, insultada y sobreexpuesta, y a la vez ha sido elevada a los altares laicos por toda clase de personas que quieren exorcizar con ella sus propios demonios. El desmedido precio a pagar por destacarse en un país ansioso de engullir, por amor o por odio, a sus hijos más esclarecidos.

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