Muere el expresidente francés Valéry Giscard d’Estaing a los 94 años

El exmandatario, que ha fallecido a causa del coronavirus, era uno de los últimos supervivientes de la generación de dirigentes que vivió la Segunda Guerra Mundial

Valery Giscard d'Estaing, durante un acto en Vincennes en 1982.
Valery Giscard d'Estaing, durante un acto en Vincennes en 1982.PHILIPPE WOJAZER (AFP)

Valéry Giscard D’Estaing, que el miércoles murió a los 94 años, fue el primero, y quizá el último, presidente liberal de la V República francesa hasta que en 2017 Emmanuel Macron llegó al palacio del Elíseo. Como Macron, también fue el más joven en su momento. Era uno de los últimos supervivientes de la generación de dirigentes que vivió la Segunda Guerra Mundial y conocía en carne propia el precio del desgarro europeo. Por eso fue uno de los que, junto a su amigo el canciller alemán Helmut Schmidt, más se empeñó en impulsar la construcción europea. Al mismo tiempo, fue un jefe de Estado de un solo mandato y un líder poco querido que, hasta el final de sus días, proyectó una imagen de hombre aristocrático y arrogante. La causa del fallecimiento, ocurrido en su residencia del municipio de Authon, en el centro de Francia, fue la covid-19. “Conforme a su voluntad, las exequias se desarrollarán en la intimidad familiar más estricta”, dijo la Fundación Valéry Giscard D’Estaing en un mensaje en la red social Twitter.

Con Giscard, presidente entre 1974 y 1981, desaparece un político de otra era, un hombre que conoció la guerra en su juventud, alcanzó la edad adulta en la posguerra, empezó a fajarse en el oficio bajo el general De Gaulle y, ya en el poder, puso los fundamentos de integración económica y la moneda única de la UE. Con un aura de reformista de centroderecha, contribuyó a liberalizar la sociedad francesa con medidas como la despenalización del aborto. La modernización, sin embargo, tenía unos límites: el presidente se negó a abolir la pena de muerte, que seguiría vigente en Francia hasta la llegada al Elíseo del socialista François Mitterrand. Y sus ambiciones económicas se estrellaron con las consecuencias del choque petrolero y el estancamiento que pusieron fin, durante su mandato, a tres décadas de crecimiento —la época hoy recordada con nostalgia de los Treinta Gloriosos— e inauguraron un periodo de desempleo endémico que todavía no ha terminado.

 Mitterrand y Giscard, en el palacio del Elíseo en 1983.
Mitterrand y Giscard, en el palacio del Elíseo en 1983. PHILIPPE BOUCHON (AFP)

Giscard, que llegó a la presidencia a los 48 años y la abandonó a los 55, vivió varias vidas políticas más. Fue diputado en la Asamblea Nacional, eurodiputado en Estrasburgo y Bruselas, alcalde y presidente de región, miembro de la Academia francesa y del Consejo Constitucional, y presidente la Convención que, a principios de este siglo, diseñó una Constitución para la UE que en 2005 acabaría rechazada en un referéndum en su propio país. Entretanto publicó varios novelas, la última, Loin du bruit du monde (Lejos del ruido del mundo), a principios del noviembre, y otra unos años antes en la que novelaba un imaginario romance de un presidente con una princesa británica que guardaba semejanzas con Lady Di. A principios de 2020, una periodista alemana le denunció por una supuesta agresión sexual durante una entrevista en 2018 en su despacho del céntrico bulevar Saint-Germain de París.

De Kennedy a Luis XV: la cronista de Le Monde François Fressoz resumió así hace un tiempo la trayectoria de Giscard como presidente. Conquistó el palacio del Elíseo con una reputación de niño prodigio: hijo de una familia de altos funcionarios y políticos con raíces en la región de Auvernia, alumno de los mejores liceos y escuelas, combatiente en 1944 con el Ejército francés en Alemania y Austria, por lo que fue condecorado con la Cruz de guerra, y político precoz. Pese a ser ministro de Finanzas en gobiernos gaullistas, mantuvo distancias con este movimiento y quiso encarnar un liberalismo a la francesa. En el documental sobre su campaña presidencial victoriosa, 1974: une partie de campagne, de Raymond Depardon, aparece como un candidato moderno y tecnócrata, con un buscado aire kennediano. Una vez en la presidencia, y envuelto en los oropeles monárquicos de la V República, esta imagen se truncó en medio de las peleas entre la derecha giscardiana y la gaullista, y finalmente con el escándalo por los diamantes que le regaló el dictador centroafricano Jean-Bedel Bokassa. Como un rey repudiado, abandonó a pie el Elíseo entre abucheos tras victoria de Mitterrand en 1981.

Margaret Thatcher y Valery Giscard , en París en 1980.
Margaret Thatcher y Valery Giscard , en París en 1980. GABRIEL DUVAL (AFP)
Únete ahora a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites
Suscríbete aquí

Al evocar, en una entrevista en octubre de 2019 con EL PAÍS y otros medios, su experiencia como soldado al final de la Segunda Guerra Mundial, Valéry Giscard D’Estaing dijo: “La primera vez que vi alemanes fue por la mirilla de un tanque a orillas del Rin”. Después, añadió: “Y unos años después trabajaba con Helmut Schmidt para construir, poco a poco, un proyecto común”. Era una manera de explicar que, para él y para sus coetáneos, la Unión Europea no era algo que diesen por hecho, ni una abstracción. “Narciso jefe de Estado”, llamó su primer ministro Raymond Barre al hombre que presidió Francia durante la transición de España a la democracia y participó en las negociaciones —no siempre fáciles con Madrid— para el ingreso en lo que entonces era la CEE. “Hay que estar orgullosos de cómo vivimos hoy en Europa”, dijo en la entrevista de hace un año ante los discursos agoreros sobre la UE. Y se despidió con un consejo: “Sean optimistas”.

Sobre la firma

Marc Bassets

Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS