Cuba
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La vida sigue igual en Cuba, aunque sin Castros

El Congreso del que saldrá el nuevo líder del país se celebra a puertas cerradas y con estrictos controles en la calle para evitar protestas

Abraham Jiménez Enoa
Una familia mira las noticias de la televisión local que muestran al primer secretario del Partido Comunista de Cuba y ex presidente Raúl Castro dirigiéndose a la audiencia de la sesión inaugural del VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba.
Una familia mira las noticias de la televisión local que muestran al primer secretario del Partido Comunista de Cuba y ex presidente Raúl Castro dirigiéndose a la audiencia de la sesión inaugural del VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba.ALEXANDRE MENEGHINI (REUTERS)

Un amigo me acaba de escribir: “CONSEGUÍ CAFÉ!!!!”. Así, con letras en mayúsculas y con signos de exclamación de más. Mi amigo está alegre porque esta vez no pasó en vano toda la madrugada despierto, encima de un árbol, escondido de la policía, para, en el amanecer, lanzarse desde la rama donde estuvo sentado y ser de los primeros en la fila de una tienda en dólares —los cubanos ganan sus salarios en moneda nacional—. Esta vez, después de todo ese malabarismo, mi amigo no regresó a casa con las manos vacías como en otras muchas ocasiones. En Cuba, por la pandemia, hay un toque de queda desde las nueve de la noche hasta las cinco de la mañana, y a mucha gente no le queda de otra que, para alcanzar a comprar algo de lo poco que hay en las tiendas y mercados por la grave situación económica que atraviesa el país, tener que estar todas esas horas escondidos en pasillos o escaleras de edificios o pagar por el alquiler de algún balcón cercano a la tienda para pernotar o, como mi amigo, treparse a un árbol frondoso donde las ramas tapen el cuerpo cuando las patrullas de la policía transitan por la vía pública velando que se cumpla la no circulación de personas.

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Mientras el pueblo protagoniza escenas surrealistas como la anterior para sobrevivir al pantano que han dejado las más de 240 medidas de la administración de Donald Trump contra Cuba, los recortes de las ayudas económicas de la aliada Venezuela, la caída del turismo en la isla tras la pandemia y el desacertado reordenamiento económico que impulsa el presidente Miguel Díaz-Canel, en el Palacio de las Convenciones de La Habana se reúnen los dirigentes y miembros seleccionados del único partido político autorizado en el país, el comunista. El cónclave es el octavo congreso en la historia de la organización que, según la Carta Magna, es la “fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado” y de él saldrán las directrices gubernamentales que tracen el devenir de la nación para el próximo lustro.

Lo han llamado el congreso de la “continuidad histórica”, lo que se podría interpretar como un parche antes de que salga un posible descosido. Con Fidel Castro bajo tierra y con su heredero y hermano Raúl Castro, que de esta cita se irá a casa con su jubilación bajo el brazo a sus casi 90 años dándole paso a la nueva generación de burócratas, el régimen ha dejado claro que el relevo generacional en el partido no significa un cambio político en el país. Por eso el llamado de los comunistas a continuar, aunque sin Castros como guías, con la misma fórmula para mantener a flote el status quo de la nación que ellos desean.

El llamado a que la vida siga igual en Cuba pese a que la realidad de la isla demande un urgente giro de timón, es una muestra más de que los cubanos están desamparados. La cacareada continuidad es, sin dudas, solo para los que están sentados en el poder o los que se benefician de estos, que son, en definitiva, los que no tienen que a diario ingeniarse un plato de comida, encontrar con qué asearse, con qué medicarse o sentarse en un calabozo por promulgar una ideología contraria a la del gobierno o reclamar los más básicos derechos ciudadanos.

No es una paradoja que el congreso, donde se baraja el futuro de la nación, se celebre a puertas cerradas y que las noticias que conozcamos sean solo las que desee el régimen. Que sea así, tiene todo el sentido del mundo, no podría ser de otra manera, pues, a fin de cuentas, el régimen siempre actúa y toma sus decisiones desoyendo a la ciudadanía, que es el modo que encontró a lo largo de los años para perpetuarse.

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Aunque en el Palacio de las Convenciones le den la espalda al pueblo, el verdadero saldo de lo que allí ocurre, está en las calles, donde el impulso de internet en los últimos años ha hecho crecer aceleradamente a la disidencia política y, donde con una frecuencia inusual, se están sucediendo escenas de protestas que hablan de una pujanza social por una nueva Cuba. En este mismo instante, para evitar manifestaciones en contra de la reunión comunista o cualquier otro tipo de actividad que al régimen le suene a eso, la Seguridad del Estado tiene sitiados en sus domicilios a periodistas independientes, artistas contestatarios, activistas de la sociedad civil y a opositores, a los que ha advertido de encarcelar en caso de intentar poner un pie fuera de sus casas durante cualquiera de los cuatro días del congreso, como ya le ha pasado a alguno.

Esa “continuidad” que se propone desde el poder para el quinquenio que viene en Cuba, significa que la isla seguirá siendo, al menos a corto plazo, un estado donde los derechos fundamentales de los ciudadanos son pisoteados, la reproducción de las lógicas empleadas durante las últimas seis décadas donde un puñado de personas, la cúpula comunista, ha decidido de manera arbitraria el destino de un país.

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