Ingrid Betancourt y otras víctimas del secuestro confrontan cara a cara a las FARC

La Comisión de la Verdad escucha a “las víctimas del crimen que más rompió y dividió a los colombianos”, en un acto de reconocimiento en el que los excombatientes piden perdón

Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, escucha la intervención de Ingrid Betancourt, quien permaneció más de seis años secuestrada por las FARC. Foto: LUISA GONZALEZ / Reuters. En vídeo, la intervención de Ingrid Betancourt.EFE

Colombia se asoma, cada vez con mayor decisión, a la dolorosa verdad de la guerra. En una sociedad polarizada que busca cerrar las heridas que ha dejado más de medio siglo de conflicto armado, la excandidata presidencial Ingrid Betancourt y otras víctimas civiles que sufrieron el secuestro confrontaron cara a cara, por primera vez, a la cúpula de la extinta guerrilla de las FARC. El desgarrador encuentro de este miércoles, organizado por la Comisión de la Verdad, forma parte del largo giro de los excombatientes, que después de firmar la paz hace más de cuatro años han pasado de justificar una de sus prácticas más crueles y repudiadas, a reconocerla y pedir perdón.

La Comisión, surgida del acuerdo de paz, buscó abrir ese espacio “a las víctimas del crimen que más rompió y dividió a los colombianos”, como dijo su presidente, el sacerdote jesuita Francisco de Roux. “Estamos aquí desnudos de ideologías (…) simplemente para encontrarnos como seres humanos”, en un diálogo sincero “desde las entrañas heridas de nosotros mismos”, añadió durante el acto de reconocimiento en un teatro de Bogotá. Fue el preámbulo a una sobrecogedora avalancha de testimonios de diversas víctimas, algunas muy críticas con las negociaciones que acabaron con la mayor guerrilla de América.

Los excomandantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, desarmadas y convertidas en un partido político con representación en el Congreso, no se enfrentan a penas de prisión. El sistema transicional surgido del acuerdo de paz privilegia la verdad plena, y establece penas alternativas a cambio de que confiesen sus crímenes y reparen a las víctimas.

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“Nosotros queríamos que no fueran al Congreso, que fueran a la cárcel”, se sinceró con la voz entrecortada Roberto Lacouture, una víctima del departamento del César, en el norte del país, a la que le secuestraron 15 familiares. “Con un acontecimiento de estos se te rompe la tranquilidad, se desorganiza tu vida, porque tu generalizas esta angustia que sientes a todos los aspectos de tu vida. A mí se me desorganizó el sueño, la alimentación, el trabajo”, relató su esposa, Diana Daza, sobre los largos meses que pasó en cautiverio.

Los relatos se fueron sucediendo uno tras otro sobre la tarima del Teatro Libre. “Estoy aquí porque quiero la paz para mi país”, declaraba Armando Acuña, un exconcejal del Huila que estuvo 20 meses en poder de la guerrilla. En un acto simbólico, les entregó a los excombatientes una revista y un libro que mantuvo en la selva y conservaba desde entonces, hace más de una década. “Yo les pido, no más guerra. Al Estado, a la insurgencia, al que sea: no más guerra”, insistió. “No hay día que yo me levante y no piense en ellos”, dijo Helmuth Ángulo en referencia a sus padres, Gerardo Ángulo y Carmenza Castañeda, secuestrados en el año 2000 y asesinados por la guerrilla después de cuatro meses. Todavía no se han encontrado sus cuerpos.

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El secuestro no termina con la liberación, y en muchas ocasiones las víctimas arrastran sus secuelas el resto de su vida. Su extendida práctica provocó una fractura humana y social en la sociedad colombiana. Cuando llegó el turno de Rodrigo Londoño, Timochenko, el último jefe de las FARC y hoy presidente del partido Comunes, les pidió perdón a sus numerosas víctimas. “Reconocemos que muchas de las personas secuestradas fueron sometidas a tratos indignos de su condición humana, padecieron agresiones físicas y morales que aumentaron innecesariamente su sufrimiento”, apuntó. “A quienes nunca regresaron de su secuestro, a quienes perdieron la vida en nuestras manos, a sus allegados agobiados durante años y años por su ausencia y desconcierto, les suplicamos perdonarnos por la terrible afrenta ocasionada”.

El cierre del acto llegó con la esperada intervención de Ingrid Betancourt, quien lo calificó como “un ejercicio espiritual”. La excandidata presidencial es el rostro más visible de los políticos que pasaron largos periodos en la selva, a veces encadenados o amarrados a los árboles. Después de seis años y medio en cautiverio, e incontables intentos de fuga, fue rescatada por el Ejército en la Operación Jaque. Desde su liberación, ha residido la mayor parte del tiempo en Europa, relativamente alejada de la vida pública, pero ha respaldado en momentos clave los acuerdos que selló el Gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018).

“El valor de este encuentro reside en que quienes actuaron como señores de la guerra y quienes los padecimos, todos aquellos que estuvimos en el ojo del huracán de la guerra, nos levantamos al unísono ante Colombia para decirle que la guerra es un fracaso, que solo ha servido para que nada cambie, y para seguir postergando el futuro de nuestra juventud”, dijo Betancourt, vestida de blanco, en un potente discurso.

Aunque agradeció el reconocimiento de Timochenko, sus palabras fueron durísimas con los excomandantes. “Oí con emoción el relato de mis hermanos de dolor. Lo oí llorar, los vi llorar, y he llorado con ellos. Y me cuesta trabajo no seguir llorando …Me sorprende que de este lado estemos todos llorando, y que del otro lado no haya una sola lágrima”, les recriminó a sus captores, con los que no se había encontrado cara a cara desde hace 13 años. “Yo necesito ver los ojos aguados de ustedes”, les espetó en uno de los pasajes más emotivos. Cuando acabó, se fundió en un abrazo con el padre De Roux.

La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, su nombre formal, concluye este año su mandato con un informe final que busca dignificar a las víctimas y arrojar luces sobre la barbarie de los actores armados. La recta final de sus labores coincide con un momento en que se acelera el reconocimiento de los crímenes de la guerra. Es una entidad de carácter extrajudicial, pero trabaja en coordinación con la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el tribunal de justicia transicional. La JEP imputó en enero a la cúpula de las FARC una serie de delitos asociados con el secuestro, una práctica “sistemática y masiva” con un saldo de más de 21.000 víctimas. En abril, los excomandantes reconocieron ante la justicia que secuestraron como una táctica de la guerra.

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Sobre la firma

Santiago Torrado

Corresponsal de EL PAÍS en Colombia, donde cubre temas de política, posconflicto y la migración venezolana en la región. Periodista de la Universidad Javeriana y becario del Programa Balboa, ha trabajado con AP y AFP. Ha cubierto eventos y elecciones sobre el terreno en México, Brasil, Venezuela, Ecuador y Haití, así como el Mundial de Fútbol 2014.

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