Alejandro Gaviria, un intelectual para romper los extremos

El ahora candidato presidencial ha sido un promotor del cambio social, aboga por replantear la política frente a las drogas y enarbola la decencia en la vida pública

Alejandro Gaviria el pasado junio en un café de Bogotá.
Alejandro Gaviria el pasado junio en un café de Bogotá.Camilo Rozo

Alejandro Gaviria ha retomado con ímpetu su papel de intelectual, aunque la palabra le parece antipática. Después de sus largos años como ministro de Salud, se le veía cómodo como rector de la Universidad de Los Andes, el puesto de prestigio al que ha renunciado para buscar la presidencia de Colombia después de meses de indecisión y especulaciones. Recuperado del cáncer linfático por el que tuvo que someterse a una quimioterapia que lo dejó sin un pelo en el cuerpo, pero cauteloso ante cualquier señal de recaída, todavía guarda en el tercer cajón del clóset, a manera de amuleto, los gorritos tejidos que se le convirtieron en una suerte de uniforme en los momentos más duros de la enfermedad. Su decisión final dependía de un examen definitivo, en el que la escueta respuesta de su médico de confianza se convirtió en el mejor presagio para dar el salto: “cuente con mi voto”.

Es la primera ocasión en que se va a medir en las urnas. Antes que presidente, Gaviria quiso ser escritor, recordó en el arranque del discurso en que anunció este viernes su aspiración a la Casa de Nariño. Sus libros son también un compendio de su trayectoria vital. El más reciente, lanzado este mes, es En defensa del humanismo, que reúne varios de los discursos de grado que pronunció como rector de Los Andes. En el anterior, Otro fin del mundo es posible, retoma las ideas de Aldous Huxley y narra su propia experiencia con el LSD como parte de una inmersión en la “revolución psicodélica” que se avecina. El ahora candidato es también un sobreviviente, como cuenta en Hoy es siempre todavía, por mucho su título más vendido y celebrado. Allí relata su doble condición como ministro de Salud y paciente de cáncer. Una mañana se levantó con sensación de llenura, y para el final del día estaba diagnosticado con un linfoma no Hodgkin. Aunque la quimioterapia lo dejó flaco y calvo, no pidió un solo día de incapacidad.

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Un reputado economista y académico, Gaviria se convirtió en el rostro más liberal del Gabinete de Juan Manuel Santos durante los seis años en que estuvo al frente de la cartera de Salud. Dio recordadas batallas con las que refrendó sus credenciales progresistas, como el control de los precios de los medicamentos, que lo enfrentó a las farmacéuticas; o la suspensión de las aspersiones aéreas para erradicar cultivos ilícitos con glifosato, un herbicida que puede ser cancerígeno, lo que lo confrontó a los halcones militares.

En un país marcado a fuego por la fallida guerra contra las drogas, ha abogado incansablemente, más que ningún otro candidato, por descriminalizar su uso y superar el paradigma prohibicionista. Desde el ministerio, reglamentó la prometedora industria de la marihuana medicinal, y durante las quimioterapias usó gotas de cannabis para disminuir las náuseas. También promovió otros cambios sociales como el derecho a la muerte digna, o a la interrupción voluntaria del embarazo. Eso, sumado a su público ateísmo, lo ha convertido en blanco del dogmatismo religioso. Para cuando acabó su gestión con el final del Gobierno Santos, en agosto de 2018, su pelo ensortijado ya estaba de regreso.

Nació hace 55 años en Santiago de Chile por casualidad, debido a que su papá, Juan Felipe Gaviria, se había ganado una beca para estudiar estadística matemática, pero creció en Medellín, de familia antioqueña, donde estudio Ingeniería Civil. En 1988, en los peores tiempos de la violencia del narcotráfico en la capital de Antioquia, sufrió un traumático asalto cuando regresaba de la casa de su novia en un Renault 4 rojo. Los asaltantes armados lo golpearon y amenazaron de muerte en lo que ahora considera un intento de homicidio. Se mudó a Bogotá, donde hizo su maestría en Economía, y después un doctorado en la Universidad de California. Su tono reflexivo y pedagógico evidencia que viene del mundo académico. Antes que ministro, fue decano de la facultad de Economía de Los Andes y columnista del periódico El Espectador.

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Sin irrumpir aún en las encuestas, Gaviria se propone una campaña de mayor altura, que permita superar la polarización que ha erosionado el debate público, empantanado en los rutinarios ataques entre los sectores que apoyan al expresidente Álvaro Uribe y aquellos que respaldan al izquierdista Gustavo Petro. “Tomé la decisión porque creo que mi abordaje de los problemas sociales y mi visión de vida, puede ser unificadora. Abarcante. Puede ayudar a buscar caminos de reconciliación. A juntar a quienes piensan distinto. A darle a nuestra sociedad un poco de esperanza. Un poco de inspiración”, señaló, sin mencionar nombres, en una declaración de principios que apunta a un país más justo, más decente, más digno y más sostenible. “El miedo y la rabia hacen parte de la política y de la vida. Yo prefiero sin embargo otra emoción, más incierta tal vez, pero más constructiva. El sesgo por la esperanza, la invitación, desde el discurso y desde el ejemplo, a ser mejores”.

Abanderado del humanismo y las ideas auténticamente liberales, la suya era una candidatura anhelada desde sectores progresistas y de centro, aunque con un alcance popular todavía incierto. Al hasta ahora decano lo habían cortejado tanto el Partido Liberal como la Alianza Verde, pero de momento se presenta como independiente, mediante la recolección de firmas. Su perspectiva, sin embargo, es incorporarse al mecanismo que defina el Nuevo Liberalismo, el partido del asesinado líder político Luis Carlos Galán a finales de los 80 que acaba de revivir un fallo de la Corte Constitucional. Su padre fue concejal del Nuevo Liberalismo, y mantiene los contactos con Juan Manuel y Carlos Fernando, los hijos de Galán, para definir esa ruta.

Alejandro Gaviria encarna dos esperanzas hasta ahora frustradas de los colombianos. La idea de la llegada de un intelectual al poder, del ‘presidente profesor’, que en 2010 representó la ‘ola verde’ de otro antiguo rector, Antanas Mockus –lo que lo deja en franca competencia con Sergio Fajardo por los votantes de centro–. Y también la decencia en la vida pública que enarbolaba Galán hasta que ocurrió su magnicidio en 1989, en plena campaña presidencial. “Debemos dejar atrás esa idea absurda que este país es un fracaso sin atenuantes”, apuntó Gaviria en su discurso. “Necesitamos un relato esperanzador”.

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Sobre la firma

Santiago Torrado

Corresponsal de EL PAÍS en Colombia, donde cubre temas de política, posconflicto y la migración venezolana en la región. Periodista de la Universidad Javeriana y becario del Programa Balboa, ha trabajado con AP y AFP. Ha cubierto eventos y elecciones sobre el terreno en México, Brasil, Venezuela, Ecuador y Haití, así como el Mundial de Fútbol 2014.

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