Arabia Saudí pasa página del escándalo Khashoggi y se apunta al desarrollo tecnológico

A pesar del apoyo generalizado a los planes de modernización del príncipe heredero y de los límites a la crítica, algunos saudíes cuestionan el orden de prioridades

Apertura del Future Investment Initiative en Riad, el pasado 26 de octubre.
Apertura del Future Investment Initiative en Riad, el pasado 26 de octubre.SAUDI ROYAL COURT (Reuters)

Las ambiciones de Arabia Saudí están resumidas en el título del foro: Invertir en la humanidad. Sostenibilidad, inteligencia artificial, robótica, exploración de los océanos, conquista del espacio… La quinta edición del Future Investment Iniciative (FII), el Davos del desierto, celebrada en Riad la semana pasada, ha sido un escaparate de las aspiraciones del reino. Pero además de atraer inversiones y conocimiento técnico para sus proyectos, Arabia Saudí intenta dejar atrás el parón de la covid y la sombra que desde el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en 2018 ha planeado sobre su líder, el príncipe heredero Mohamed Bin Salmán.

En esta cita no se han producido anuncios de nuevas ciudades inteligentes ni de infraestructuras futuristas. Arabia Saudí todavía tiene que lograr inversiones para los macroproyectos con los que el príncipe Mohamed Bin Salmán, a quien todo el mundo se refiere como MBS, quiere transformar el país y liberarlo de la dependencia del petróleo, tal como avanzó en su estrategia Visión 2030. De momento, Riad reclama la posición de liderazgo regional que considera que le corresponde por su peso económico y demográfico: la economía saudí representa la mitad del total de las seis petromonarquías del Golfo y su población, el 60% de los 59 millones de habitantes.

De ahí su empeño en atraer las sedes de las multinacionales que operan en la zona (44 ya se han comprometido a hacerlo, pero las autoridades esperan que sean medio millar para la fecha fetiche de 2030) o de presentar su candidatura a la Expo de ese mismo año. “Arabia Saudí se encuentra en un momento boyante gracias al precio del petróleo y eso da medios al príncipe heredero para financiar sus megaproyectos”, estiman fuentes diplomáticas.

Incluso descontada la grandilocuencia que siempre acompaña a este tipo de foros, los proyectos son fenomenales. El reino intenta pasar de ser el mayor exportador de petróleo a un modelo de sostenibilidad y polo de desarrollo tecnológico; de un país cerrado a un centro de turismo mundial y del entretenimiento.

No obstante, tal como advierte un analista que ha asistido a las cinco ediciones del FII, “aquí tienen soluciones para todo, menos para sus problemas”. “Dejar atrás el monocultivo del petróleo es muy complicado. Al final los temas que de verdad impactan en el desarrollo son los temas de base como la educación y la formación profesional”, señala.

Sin duda, el FII representa las aspiraciones de MBS para su país, pero ¿qué quieren los saudíes? Es difícil saberlo porque en paralelo a la innegable transformación económica y social se ha producido un cerrojazo al debate independiente. “No hay libertad de expresión”, declara un antiguo periodista. “Los medios de comunicación tradicionales están muertos y ante el auge de las redes sociales, el Gobierno las utiliza para promocionar su agenda y rastrear a los descontentos, porque no quiere crítica, sino solo sumisión”, explica. Además, dice, no hay reglas claras. “Por cualquier cosa pueden acusarte de terrorismo o de conspirar con un país extranjero; de ahí que nos autocensuremos”, concluye.

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Fuera de la burbuja anglófona del FII, también se constata la satisfacción con la apertura del país tras décadas de oscurantismo amparado en una austera y controvertida interpretación del islam. Atrás han quedado la anacrónica segregación sexual, la prohibición de que las saudíes condujeran o el tabú de la música, que ahora suena incluso en las recepciones oficiales.

Mejoras para mujeres y jóvenes

El entusiasmo es especialmente perceptible entre las mujeres y los jóvenes, los dos colectivos más beneficiados por el cambio. “Se ha abierto un mundo de posibilidades para nosotras; ahora tenemos acceso a todos los trabajos”, resume Abrar, de 28 años y que acaba de graduarse como traductora. Para entender lo que eso supone, conviene recordar que a las saudíes solo se las autorizó a ser dependientas en 2011 y al principio hubo hombres que se negaban a ser atendidos por una mujer.

Hace años, cuando se preguntaba a los jóvenes saudíes, frustrados por las restricciones y la falta de entretenimiento, cómo querían que fuera su país mencionaban Kuwait, un vecino menos constreñido socialmente, pero que a diferencia de Emiratos Árabes prohíbe el alcohol. Hoy, Riad parece dirigirse a desbancar a Dubái, el centro de negocios y de diversión del Golfo. Incluso se rumorea la eventual autorización del alcohol en las zonas económicas especiales a las que se quiere atraer a las empresas extranjeras.

Basta darse una vuelta por UWalk, el área de moda de la capital saudí. El nombre recuerda al The Walk de Dubái, pero es más pijo. Aquí no hay hordas de turistas rusos en grupos de “todo incluido”, ni británicos con tres copas de más. Las terrazas están llenas de jóvenes y menos jóvenes, familias y parejas, hombres y mujeres, cuando estas tenían prohibido sentarse en el exterior de los establecimientos hasta hace cuatro años. Los saudíes siguen favoreciendo la túnica blanca, con o sin pañuelo en la cabeza, que constituye su traje nacional. Ellas, sin embargo, han introducido el color en la abaya. El sayón negro ya no es obligatorio. Cubrirse la cabeza, tampoco. Algunas se desprenden del pañuelo. Otras mantienen el niqab (velo facial).

La vestimenta o la mezcla de sexos son los aspectos más visibles, pero apuntan a cambios de mayor calado. Cinzia Bianco, investigadora especializada en el Golfo del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, destaca que “más jóvenes saudíes están ejerciendo trabajos normales y más mujeres se están incorporando al mercado laboral”. De hecho, ya es habitual encontrarlos en las recepciones de los hoteles, los restaurantes, los hospitales y otros puestos de atención al público que antes estaban en manos de inmigrantes extranjeros (un tercio de la población).

El creciente número de mujeres trabajadoras está cambiado el aspecto del espacio público, pero sobre todo las actitudes sociales. “El hecho de que no haya habido una reacción en contra significa que la sociedad estaba preparada”, afirma Kholoud Fahad AlDosari, directora de relaciones externas de la Academia Financiera. Ayuda sin duda que dos tercios de los saudíes tengan menos de 30 años. Hay una identificación generacional que lleva a muchos jóvenes a imitar la barba y el estilo del príncipe heredero, más allá del culto a la personalidad que promueven sus propagandistas.

Bianco advierte de que “en las zonas rurales, más conservadoras, el avance [de los cambios] no es tan rápido porque la población se muestra más renuente”. Al margen de la oposición de los ultra religiosos y algunos líderes tribales temerosos de perder su influencia, también hay saudíes que censuran un modelo de desarrollo excesivamente centrado en el consumo.

“Todo viene desde arriba. No se nos consulta, ni se tienen en cuenta las necesidades más inmediatas; cualquier crítica se interpreta como deslealtad”, confía un activista social que cuestiona las enormes inversiones en espectáculos musicales y deportivos. “Con ese dinero deberían construirse escuelas, centros deportivos y hospitales públicos”, defiende. En su opinión, antes de llevar esas actividades lúdicas a las pequeñas ciudades de provincias, se les debería dotar de universidades y centros de formación profesional. “Los jóvenes no pueden esperar 30 años a que se construya Neom para tener un trabajo”, asegura en referencia a la gran ciudad futurista que se planea al noroeste del país, a orillas del Mar Rojo. “Eso es algo que el Gobierno no está haciendo bien”, concluye.

La sombra del asesinato

En 2018 los invitados más relevantes esquivaron el Davos del Desierto tras conocerse que varios colaboradores del príncipe Mohamed Bin Salmán habían matado al periodista crítico Jamal Khashoggi en el Consulado saudí de Estambul. Aunque el heredero saudí siempre ha negado haber tenido conocimiento previo de la operación, el hecho de que la CIA concluyera lo contrario ha empañado su posición internacional. Tres años después, la mención de Khashoggi ni siquiera incomoda a los participantes en el Davos del Desierto. “Es algo del pasado”, responde M. H., un empresario estadounidense de origen árabe.  

Aun así, Cinzia Bianco, investigadora del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, no considera que “el FII haya logrado borrar la sombra de aquel asesinato”. En su opinión, “la comunidad que participa en el foro está bastante separada de la sociedad civil y [de quienes] en el mundo político decidieron aislar al liderazgo saudí y a Arabia Saudí en general”.  Bianco recuerda que “incluso en la segunda edición, apenas un mes después del crimen, asistieron algunos ejecutivos” y atribuye las cancelaciones de los occidentales a que “estaba muy reciente y [participar] suponía un riesgo geopolítico”. A fin de cuentas, resume, “la comunidad financiera internacional es pragmática; del mismo modo que siguen haciendo negocios con Rusia o China, siguen haciendo negocios con Arabia Saudí”.

Lo confirmaba la presidenta ejecutiva del Banco Santander, Ana Botín, a EL PAÍS: “Estoy aquí porque el tema de la conferencia vale la pena. Para buscar soluciones. Y para contar la historia del Santander”. También la ministra española de Industria y Turismo, Reyes Maroto, apuntaba en la misma dirección: “No venimos a blanquear errores de nadie, sino a explorar oportunidades para las empresas españolas”. Fuentes diplomáticas señalan, sin embargo, que la UE no olvida los derechos humanos y que este año ha logrado abrir el primer diálogo con Arabia Saudí sobre ese tema.  

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Sobre la firma

Ángeles Espinosa

Corresponsal para los países ribereños del golfo Pérsico, ahora desde Dubái y antes desde Teherán. Especializada en el mundo árabe e islámico. Ha escrito El tiempo de las mujeres, El Reino del Desierto y Días de Guerra. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (Madrid) y Máster en Relaciones Internacionales por SAIS (Washington DC).

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