El peronismo plebiscita su gestión en las urnas a la espera de un milagro

El Gobierno de Alberto Fernández debe dar vuelta este domingo al varapalo que sufrió en las elecciones primarias de septiembre para no perder el control del Congreso argentino

Seguidores del presidente de Argentina, Alberto Fernández, ponen sus dedos en "v", gesto que representa al peronismo, durante el cierre de la campaña electoral celebrado en Merlo, Buenos Aires, el 11 de noviembre de 2021.
Seguidores del presidente de Argentina, Alberto Fernández, ponen sus dedos en "v", gesto que representa al peronismo, durante el cierre de la campaña electoral celebrado en Merlo, Buenos Aires, el 11 de noviembre de 2021.MATIAS BAGLIETTO (Reuters)

Argentina renueva este domingo parte del Congreso. El peronismo afronta el enorme desafío de revertir los resultados de las primarias de septiembre, cuando sus candidatos cayeron ante la oposición en 18 de los 24 distritos del país. Aquellos resultados no fueron vinculantes, como sí lo son los que se conocerán esta noche. Si los porcentajes se repiten, y todo apunta a que así será, el Gobierno de Alberto Fernández dejará de ser la primera fuerza en la cámara de diputados y perderá el quorum propio —es decir, la capacidad de discutir proyectos sin necesidad de apoyo de otros partidos— en el Senado. Será un escenario inédito en la historia política argentina: nunca el peronismo gobernó sin el control del Parlamento.

Las elecciones de medio término son una larga historia de malas noticias para el peronismo en su versión kirchnerista. Solo una vez, en 2005, el movimiento logró superar la prueba del plebiscito de gestión. Ahora, sin embargo, se asoma a una derrota que no será como las anteriores. El escenario no puede ser peor. Argentina no se recupera aún de la recesión que el presidente Fernández heredó de Mauricio Macri. La inflación sigue al 50% anual, la pobreza está por encima del 40% y el peso no deja de caer frente al dólar. El 9% de crecimiento del PIB que se espera para este año no alcanzará para recuperar lo perdido durante la pandemia. El país sudamericano está además sin crédito, a la espera de una renegociación con el FMI. La política suma dramatismo al cuadro.

“Estas elecciones parecen intrascendentes, pero no lo son; y no solo porque el Gobierno puede perder el control del Congreso”, advierte Mariano Vila, socio de LLYC. “Para los dos años de gestión que quedan [hasta las elecciones presidenciales de 2023] tenés un Gobierno de coalición que nunca terminó de acomodarse a la gestión, en parte por la pandemia y en parte por una inconsistencia orgánica. Es un Gobierno de corte peronista que no está pensado para gestionar después de una derrota”, explica.

Una muestra basta. Días después de la caída en las primarias, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner ordenó a sus ministros más cercanos que presentasen su renuncia. Quiso forzar así un cambio de Gabinete al que el presidente se negaba. Acompañó la jugada con una carta abierta en la que conminaba a Fernández a deshacerse de su jefe de ministros y hombre de máxima confianza, Santiago Cafiero. Tras un amago de resistencia, Fernández cedió en todo. Perdió poder y su figura se desdibujó aún más. Ya venía golpeada por una serie de errores no forzados, como un cumpleaños de la primera dama celebrado en plena cuarentena obligatoria y el hallazgo de un “vacunatorio vip” para amigos del poder en el Ministerio de Salud. Las fotos del cumpleaños en la residencia oficial y las vacunas vip iniciaron el declive oficialista.

El malhumor social derivado de la cuarentena y el deterioro económico completaron un cóctel que finalmente dio alas a la oposición macrista. Los candidatos estructuraron su campaña alrededor de un discurso anticuarentena, una fibra fácil de explotar tras meses de encierro, comercios quebrados y escuelas vacías. El asesinato de un comerciante en la víspera de la elección encendió la llama del reclamo por la seguridad, siempre a flor de piel en Argentina. El Gobierno intentó detener el aluvión opositor con medidas económicas proconsumo, como un aumento del salario mínimo, más planes de asistencia social y una bajada del impuesto a la renta de las clases medias. Pero los sondeos anticipan un impacto electoral limitado de estas medidas. El peronismo depende de un milagro.

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Los argentinos renovarán 127 diputados (de un total de 257) y 24 senadores (de un total de 72). Los 24 distritos de Argentina elegirán diputados nacionales, pero solo ocho votarán senadores. El triunfo de la alianza opositora Juntos por el Cambio parece servido, aunque Macri ya no es la figura que más brilla. El expresidente arrastra una imagen negativa similar a la de Cristina Fernández de Kirchner. Por eso, este domingo se jugará la carta del jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, un presidenciable que ha apadrinado como propios a los candidatos de la coalición al Congreso.

El número mágico de la jornada opositora es el cinco. Es la cantidad de senadores que necesita sumar para “detener a Cristina Kirchner” en la Cámara Alta, como repiten los candidatos. La vicepresidenta controla ese recinto por mandato constitucional, pero mucho más por estrategia política. Es allí donde se discuten leyes que son de su interés, como una profunda reforma judicial que la pandemia y la crisis económica mantuvieron por ahora en un cajón. Difícilmente podrá recuperarla a partir del lunes. Si Juntos por el Cambio alcanza además 120 diputados quedará en condiciones de reclamar la presidencia de la Cámara Baja, hoy en manos del peronista Sergio Massa, tercero en la línea de sucesión en caso de vacancia en la Casa Rosada. Acechan mientras tanto experimentos de ultraderecha, como el candidato Javier Milei en la ciudad de Buenos Aires, producto de un desánimo general que tiene a la gente sumida en la apatía, el hartazgo y la incertidumbre. El país sudamericano está, en cualquier caso, a las puertas de una etapa de mayor inestabilidad política y económica. Mañana se sabrá la dimensión del descalabro.

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Sobre la firma

Federico Rivas Molina

Es editor de la edición América de EL PAÍS desde Buenos Aires, donde ejerce como corresponsal del diario desde 2016. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires y máster en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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