Las cartas de la paz de Colombia

El gran archivo documental sobre el proceso entre el Gobierno y las FARC ve la luz este lunes. EL PAÍS se sumerge, en exclusiva, en los miles de documentos

El expresidente de Colombia, Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño alias "Timochenko", comandante de las FARC, durante una ceremonia de firma de un alto el fuego y un acuerdo de desarme rebelde, en La Habana, Cuba en 2016.Foto: AP | Vídeo: Reuters

Henry Acosta Patiño cuelga el teléfono. La llamada que acaba de recibir le ha dejado aturdido. Es Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia. Santos quiere hablar con él cara a cara y lo cita para dentro de un par de días. Acosta desconfía y marca de vuelta al conmutador de la Casa de Nariño, la sede del Gobierno, para cerciorarse de que no se trata de una broma. En efecto, el presidente en persona le espera el 6 de septiembre de 2010 en su despacho, en el que solo lleva instalado un mes.

“La reunión duró dos horas y quince minutos, los dos solos y hablando, más él que yo, acerca de por qué él creía que se debía negociar el conflicto con las FARC”, escribirá más tarde Acosta en una carta. La misiva forma ya parte de la Biblioteca Abierta del Proceso de Paz Colombiano (BAPP), un espacio digital que verá la luz este lunes y cuyo contenido adelanta EL PAÍS.

Este es el inicio epistolar del fin de un conflicto de medio siglo que sembró Colombia con miles de muertos. Un intercambio secreto entre el presidente y los líderes de la guerrilla, a través del facilitador Henry Acosta, que se prolongó durante más de dos años hasta que se celebró la primera reunión oficial del proceso de paz en Oslo en octubre de 2012. Acosta y Catatumbo son viejos amigos por accidente. En 1998, las FARC retuvieron al empresario cafetero en un retén de carretera y lo llevaron ante el líder guerrillero. Los dos hombres, de edad [hoy Catatumbo tiene 68 años y Acosta, 73] y humor similar, congeniaron de inmediato. Se pasaron el día hablando de política y literatura. “Usted siga viniendo y traígame libritos”, le pidió entonces el combatiente. Acosta nunca dejó de hacerlo, incluso ahora que estaban explorando una paz que tantos gobiernos colombianos ya habían intentado sin éxito.

Es justo a Catatumbo a quien le narra el encuentro secreto con Santos, en un tono informal y cómplice (“caro amigo”). Bromea entre medias. Le dice que a Santos le gusta más hablar que escuchar, el estereotipo de un político que seguro hará sonreír a un hombre de armas como Catatumbo, oculto en la selva desde hace décadas. Le asegura que el presidente está convencido de que las razones de la lucha de las FARC “son ciertas y valederas” y las causas “son negociables”. Esta última frase es clave, el primer anzuelo que lanza Santos. Incluye también una reflexión de por qué este es el mejor momento para negociar, quizá el último: “Ustedes se van quedando sin ideólogos, porque el secretariado está ya sesentón y negociar después con gente que solo entiende la guerra será más complicado”.

Hay otra carta de Acosta en la misma fecha, septiembre de 2010, con un tono más oficial y solemne, con copia a los líderes de lado y lado, el presidente Santos y Alfonso Cano, comandante en jefe de las FARC. El mensaje es directo, la mano de Acosta escribe por boca del presidente: “Dígales a Alfonso Cano y Pablo Catatumbo que quiero hacer la paz con ellos”. El facilitador añade que Santos quiere acordar un encuentro secreto, en Brasil o Suecia, de solo cuatro personas. Dos delegados de una parte y otros dos de la otra. “Dígales que esta propuesta es secreta, y que si se llega a filtrar o hacer pública o conocida, el Gobierno niega que esa propuesta de encuentro secreto se haya hecho”. El presidente llevará las conversaciones personalmente y nombra a Acosta como el único mensajero autorizado. Les previene de algo: “No le pongan cuidado a las declaraciones de mi gobierno acerca de ustedes”.

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La respuesta se hace esperar un mes. Catatumbo se disculpa, la carta llegó “antecito de todo el trajín”. Se refiere a la muerte en un bombardeo del ejército de un conocidísimo comandante de la guerrilla, el Mono Jojoy. El servicio secreto colocó un localizador en sus botas fabricadas en una ortopedia que sirvió para descubrir sus coordenadas en el monte y hacerle saltar por los aires. “Mi gran amigo”, se lamenta Catatumbo. Esta circunstancia genera interferencias en una respuesta que debe ser “serena”. Expone que los anteriores gobiernos “de la oligarquía” han pedido el cese del alzamiento armado sin ofrecer ningún cambio en el régimen político del país. Por eso saluda como un gesto positivo que el presidente encuentre justos algunos de sus planteamientos. La frase de Santos ha calado.

Catatumbo propone verse mejor en Cuba o Venezuela, donde cree que estarán más seguros, en un primer encuentro secreto donde irán dos miembros de las FARC. No confía todavía en el aparato de seguridad del Estado. Tras recibir ese mensaje, Henry Acosta le escribe a Santos asegurándole que nunca había recibido una respuesta “tan positiva” de la guerrilla a un ofrecimiento de paz. Entonces, cartea de vuelta a Catatumbo en diciembre de 2010, en el mismo tono esperanzador. “Siento que realmente quiere hacer la paz y negociar con ustedes. Lo que no me pasaba con Uribe (el expresidente anterior a Santos)”.

A su vez, Santos contacta a Acosta por el chat de Blackberry, según recoge el archivo. Le informa de que el 12 de enero se verá en Brasil con Hugo Chávez, entonces presidente de Venezuela, por lo que necesita que se aceleren los preparativos. Acosta apremia a Catatumbo a que le facilite el nombre del guerrillero que irá a la primera reunión secreta, lo más tardar el último día del año. Se despide como siempre con camaradería y le dice que con la carta le envía dos botellas de ron Zacapa, “definitivamente es mucho mejor” que el brandi Gran Duque que bebe Catatumbo. “Es una delicia. Claro; tomado puro. En la próxima te mando libros. Creo que la época no es para leer”.

Pablo Catatumbo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, durante las conversaciones de paz con el gobierno de Colombia en La Habana, Cuba en 2014.
Pablo Catatumbo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, durante las conversaciones de paz con el gobierno de Colombia en La Habana, Cuba en 2014.Franklin Reyes (AP)

Estas cartas se escribieron hace diez años y forman parte del archivo de la BAPP, una plataforma digital para resguardar la memoria del proceso. Este lunes, en la inauguración, estarán Santos; el alto comisionado para la paz de entonces, Sergio Jaramillo y los exguerrilleros Rodrigo Londoño, Timochenko y Pablo Catatumbo. Ya no necesitan de un intermediario para hablarse. Los usuarios de la BAPP podrán encontrar más de 4.500 documentos, testimonios de las partes, videos, fotos e infografías, organizadas tras más de dos años de trabajo a iniciativa de la Fundación Compaz. El relato que trazan todas las misivas de esta primera etapa secreta había permanecido inédito hasta ahora.

Sentarse a la mesa no es sencillo. El primer encuentro secreto del Gobierno con las FARC tarda en concretarse por varias razones, entre ellas una que ofende terriblemente a la guerrilla. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CIRC) compara a las FARC con las Bacrim, bandas criminales comunes. En febrero de 2011, Santos trata de tranquilizarlos a través de Henry. “El Gobierno Nacional no comparte en absoluto (la declaración de la CIRC) y él, como presidente, no la comparte. Que no se puede juntar a bandas criminales con las Farc, que tienen unos objetivos políticos”. Eso sí, les recuerda que siguen en guerra, y que las acciones que lleven un bando u otro no deben alterar el proceso. “Que el Presidente tampoco verá afectados estos encuentros si ustedes le ejecutan acciones militares de cualquier tipo y envergadura y si lo llegan a llamar fascista, paramilitar”.

La siguiente carta es del 19 de marzo de ese año. El primer encuentro secreto ya se ha celebrado el día 3. Catatumbo le escribe a Acosta “al vuelo y casi telegráficamente” por la celeridad que impone la guerra. No hay tiempo para la lírica. Le parece muy positivo este primer paso y revela los nombres de los que asistirán al segundo encuentro. Todos hombres. Se celebrará el 31 de mayo en Cuba. Espera que el Gobierno garantice la ida y vuelta de los guerrilleros con salvoconductos y con el apoyo del CIRC y funcionarios de Cuba y Noruega. Firma esa misiva en mayúsculas: YO.

A continuación, Acosta recurre al chat de Blackberry para hablar con el presidente. Le previene de algo que puede ser un obstáculo.

Henry Acosta: Señor, buen día (...) Me insisten comunique a usted que el lenguaje acerca o aleja. Que el Gobierno ha estado muy agresivo verbalmente. Que no esperan elogios o lisonjas suyas. Que de allá para acá, hay un solo lenguaje político.

Santos: Esas son las reglas del juego. No esperen NADA hasta que acordemos algo. Ni verbal ni militarmente. Fui muy claro en esto desde el principio.

Henry Acosta: Entendido y se transmitirá.

De todos modos, los plazos no se cumplen. No hay reunión en mayo en La Habana, pero se celebran otros dos encuentros secretos en la isla La Orchila, Venezuela. Es verano de 2011. Las FARC piden seguridad en los traslados e ir en helicóptero. El Gobierno les manda un plan de viaje, detallado hora por hora. En octubre, Acosta le asegura a Catatumbo que la negociación con ellos es el tema más importante de la agenda política de Santos, un “eximio jugador de póker”. “Juega con el juego que llegue y va sacando las cartas según las vaya necesitando para intentar ganar la partida”, describe.

Entonces ocurre algo que amenaza al proceso. Alfonso Cano, jefe máximo de las FARC, muere en un bombardeo del ejército. Catatumbo le escribe abatido a Acosta. Esa mañana encendió el ordenador y se disponía a escribirle un mensaje a Cano cuando escuchó por la radio -el principal trasmisor de noticias en la selva- la noticia de su aniquilamiento. Al principio es escéptico, pero al día siguiente ve su rostro en televisión. No hay duda, es él. “Me ha causado una gran amargura, seguramente por tratarse de alguien con quien he compartido 40 años de vida y lucha”, escribe. En fin, continúa, no es hora de andarse con quejumbres ni lamentaciones, aunque la muerte de Alfonso deja “muy golpeado” el proceso que apenas empezaba. “Él era su ferviente defensor y tal vez su máximo impulsor”. Es más, Catatumbo cree que esto estaba planeado: “Desde el comienzo el presidente Santos trazó la estrategia de colocar su cadáver sobre la mesa del diálogo como punto de partida”. Está en su derecho de hacerlo, concede el guerrillero, pero quizá con el tiempo “se lo cobre la historia”. A pesar de la amargura de sus palabras, no muestra intención de echarse para atrás.

Rodrigo Londoño, entonces Timoleón Jiménez o Timochenko, ocupa el vacío de poder que ha dejado la muerte de Cano y se hace cargo de la guerrilla. Escribe un artículo abierto titulado “Así no es, Santos, así no es”. Para entonces, aún nadie sabe en Colombia que el proceso de paz está intentando echar a andar a vuelta de carta entre el Palacio de Nariño y la selva. Catatumbo explica en su misiva que ese texto ha sido recibido con insultos y piedras en mano por “la caterva de señoritos de zapatos lustrados”. Aquí deja ver su visión sobre los urbanitas: “Desde sus cómodas oficinas azuzan la guerra y piden más sangre. Se atraviesan como mulas muertas en el camino”.

En ese momento de zozobra entra en acción Hugo Chávez. El archivo guarda una carta suya dirigida a Santos. Con la chanza habitual del presidente venezolano se presenta como “tu nuevo mejor amigo”. Cuenta que se vio, tal y como le pidió Santos, con el “tío Tim”, Timochenko, durante 10 horas. Nada raro, Chávez no tiene capacidad de elipsis. Le informa a Santos de que el guerrillero mantiene la voluntad de dialogar y lograr un acuerdo rápido. Ofrece Venezuela (“quiero que sepas que puedes contar conmigo”) para seguir los encuentros. De hecho, el cuarto y último encuentro secreto se celebra en Barinas, estado natal de Chávez, a finales de enero de 2012. Allí se sientan las bases para la primera gran reunión exploratoria del proceso, que se celebrará en La Habana un mes después. Entre febrero y agosto de 2012 se llevan a cabo diez rondas de diálogo en La Habana. Oficialmente nadie ha confirmado los encuentros, pero el rumor de esas reuniones ya recorre el país.

En esas fechas Henry Acosta le envía a Catatumbo un resumen triunfalista de lo sucedido hasta ahora, destacando los “gestos de ambas partes”. Catatumbo responde en abril sin el mismo entusiasmo. Asegura que ellos han liberado a todos los prisioneros de guerra y han dejado de secuestrar a gente para financiarse. “Se nos responde con arrogancia y la lógica con la que Julio César respondía a las solicitudes de diálogo que le hacía Vercengetórix: con marcado y displicente desinterés”. Se pregunta: “¿Es esto voluntad de paz?”. Le parece ofensivo que el Gobierno ponga condiciones, ultimátums, exigencias al diálogo. Surge el primer escollo que pueden hacer descarrillar las conversaciones: “los delegados del Gobierno llegan planteando una desmovilización como punto inicial. Esto, obviamente, dificulta las cosas”.

Los diálogos, sin embargo, se serenan. En una carta de Catatumbo en el mes de agosto a Henry, comenta su preocupación porque el “asunto” ya se haya filtrado a los medios. “No lo digo por los aullidos de Uribe”, matiza, sino porque asegura que ellos han tratado el tema con absoluta discreción. “Escuchamos Hora 20 y todos los analistas (provenientes de todo el espectro político) daban por entendido que en La Habana se cocinaba algo y, dieron incluso las alineaciones exactas del equipo presidencial que participa. Le queda a uno la impresión de que algunos no se tomaron las cosas en serio, y creen que esto es un juego, o comentan todo por las redes sociales y los cocteles capitalinos. Esto tiene, al menos, un lado positivo. Y es que en los medios ya hay una ambientación mínima frente al tema. La mal llamada opinión pública pareciera abrirse nuevamente al debate y toma una postura medianamente democrática”.

Alfonso Cano, fue líder del Movimiento Bolivariano, el partido político de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
Alfonso Cano, fue líder del Movimiento Bolivariano, el partido político de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).Scott Dalton (AP)

El 27 de agosto de 2012, dos años después y ya con un Acuerdo General entre el Gobierno y la guerrilla para iniciar “conversaciones directas e ininterrumpidas”, Santos reconoce públicamente que está buscando la paz con las FARC. Dos meses después, en Oslo se abre la negociación que continuará en La Habana hasta 2016. Desde entonces, el papel de Henry Acosta y la correspondencia con Catatumbo se diluye a medida que los avances oficiales y las declaraciones públicas formales toman peso. Se abre así la historia ya conocida del Proceso de Paz, que también recoge la nueva Biblioteca de la Paz.

Las negociaciones se prolongaron durante tres años. El 23 de septiembre de 2015, Santos y Timochenko se dieron un apretón de manos en La Habana. Raúl Castro fue el testigo. El retrato de ese momento también se guarda en el archivo. Esa tarde pusieron marzo de 2016 como fecha límite para alcanzar el acuerdo final, aunque la firma se retrasó otros seis meses. Cuando parecía que, por fin, estaba todo listo, se sometió a referéndum el acuerdo, como había prometido Santos.

Ganó el no. Santos y las Farc trataron de rescatar la paz a cualquier precio. Los portavoces del ‘no’ (que incluían también al actual presidente, Iván Duque) propusieron 60 modificaciones, que los negociadores pusieron sobre la mesa en La Habana. Tras más de 15 días de trabajo, las FARC aceptaron 58. Santos y Timo firmaron el acuerdo final en el Teatro Colón de Bogotá el 24 de noviembre de 2016. Por fin.

En el archivo brillan a menudo las reflexiones de los implicados en el proceso. En medio de la negociación, el director de la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona Vicenç Fisas le pregunta algo a Acosta:

-En los días que las dos delegaciones están dialogando ¿sabes si almuerzan juntos o por separado?

Acosta responde:

-Me ‘mamé’ de darles ese consejo. Les dije varias veces, a unos y otros, y nada, no lo hacen (...) También les he dicho que no se pongan a redactar estatutos, códigos, leyes, etc; que resuelvan sólo lo fundamental, les puse de ejemplo los Diez Mandamientos,(y eso que yo soy agnóstico), que son 10 frases categóricas y fundamentales, pero no atienden y se la pasan en el detalle. Así ni con tres periodos de Santos les alcanzan.

Al final, sí alcanzó. Entre bromas, ron y discusiones que parecían insalvables, el espacio entre un presidente urbanita de “zapatos lustrosos” y unos comandantes de la guerra ocultos en las montañas “de este divino país” se fue estrechando hasta encontrarse en la paz.

Un rebelde de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, hace guardia en la zona de desmovilización de Mariana Páez.
Un rebelde de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, hace guardia en la zona de desmovilización de Mariana Páez.Fernando Vergara (AP)

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