La resistencia ucrania en las ciudades desbarata la estrategia de Putin

La falta de efectivos, buena información, precisión en los disparos y eficacia en la cadena de mando explican la incapacidad rusa de conquistar urbes en Ucrania, clave para el objetivo del Kremlin de subyugar al país

Vecinos de la ciudad sitiada de Mariupol, el pasado viernes. Foto: ALEXANDER ERMOCHENKO (REUTERS) | Vídeo: EPV

Las ciudades son los centros neurálgicos del poder desde hace milenios. Su relevancia ha ido creciendo a lo largo de la historia de la mano de los procesos de urbanización, y con ella ha aumentado su importancia estratégica en las guerras. El conflicto en Ucrania no es una excepción. Desde el principio de su ofensiva, las fuerzas rusas han apuntado hacia las principales urbes como elemento esencial para cumplir con los objetivos políticos maximalistas perseguidos por el Kremlin. Hasta la fecha, el resultado ha sido un enorme sufrimiento para los civiles ucranios y un cúmulo de reveses para Rusia que han desbaratado la estrategia de subyugación que a todas luces Moscú perseguía. La resistencia ucrania en las ciudades es un factor clave que empuja el conflicto hacia una nueva dinámica.

El Kremlin buscó someter a Ucrania yendo directamente a por Kiev, Járkov —segunda ciudad del país— y otros importantes centros. Un mes después, pese al enorme esfuerzo y al gran número de bajas acumuladas en sus filas, no hay apenas urbes significativas en su haber, un elemento esencial para lograr el objetivo de cambio de Gobierno en Ucrania que sin duda deseaba. Mariupol resiste, en Kiev las fuerzas rusas retroceden y consolidan posiciones en vez de buscar atacar, Odesa parece fuera de sus capacidades. Ante las dificultades, Rusia recurre a bombardeos salvajes. El viernes anunció una nueva fase de su ofensiva, en la que sostiene que concentrará su acción en la región oriental de Donbás.

“Las fuerzas rusas están deliberadamente disparando de forma indiscriminada, muy destructiva”, comenta Anthony King, profesor de estudios de guerra en la Universidad de Warwick, en el Reino Unido. “Si quisieran solo degradar las capacidades de los combatientes enemigos, los ataques serían más acotados. Ofensivas tan destructivas como la de Mariupol muestran una voluntad de provocar un efecto psicológico: aterrorizar a la población”, dice King.

Queda por ver en qué consistirá realmente la nueva fase de la que habla el Kremlin. De momento, los bombardeos siguen, e incluso han golpeado con especial intensidad en zona occidentales menos atacadas hasta ahora, como en Lviv el sábado. Las autoridades de Kiev sospechan que, ante su fracaso en la opción maximalista, Moscú intentará lograr el control de una amplia parte del sur y el este del país, para partir en dos a Ucrania en una suerte de coreanización. “Hay razones para creer que está considerando un escenario coreano para Ucrania. Este es un intento de crear Corea del Norte y Corea del Sur en Ucrania”, aseguró el general de brigada Kirill Budanov, según recoge la agencia Unian.

En cualquier caso, la capacidad de las fuerzas ucranias de defender la mayor parte de las ciudades atacadas es el elemento estratégico clave hasta la fecha. A continuación, una mirada a distintas razones, objetivas y subjetivas, que ayudan a entender la capacidad de resistencia en esta primera fase de la contienda y las perspectivas para la siguiente.

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La ventaja del defensor

Los expertos militares coinciden en que las guerras urbanas conceden una posición de especial ventaja al defensor. Los inmuebles y las estructuras de las ciudades ofrecen extraordinarias oportunidades para esconderse y refugiarse —máxime cuando disponen de redes de metro— y para golpear de forma sorpresiva a enemigos que, para penetrar, se ven obligados a desfilar por espacios previsibles y limitados como las calles o avenidas. Se trata de un combate tan desigual que los manuales llegan a aconsejar ratios de 10 soldados de ataque por cada defensor.

La batalla de Stalingrado —actual Volgogrado, unos 600 kilómetros al este de Mariupol— es probablemente el epítome del espanto (casi dos millones de personas fallecieron, según estimaciones de expertos) y de la relevancia estratégica (marcó una decisiva inversión de tendencia en la Segunda Guerra Mundial) de los combates urbanos modernos. Su historia ofrece una anécdota que describe a la perfección las consecuencias de la asimetría entre atacantes y defensores en ese contexto.

A finales de septiembre del 1942, un pelotón del 42º regimiento de la Guardia Soviética se hizo con el control de un edificio de cuatro plantas en la ciudad soviética, después conocido como la Casa de Pávlov, por el apellido del sargento al mando de la unidad. El pelotón logró resistir casi dos meses en la casa frente a los ataques de las fuerzas nazis, aprovechando con inteligencia y valentía el inmueble: sus sótanos para refugiarse, techos y múltiples ángulos de disparo para defenderse, horadando la estructura para facilitar comunicaciones y movimientos internos. Un puñado de soldados soviéticos logró infligir una cantidad de bajas tan descomunal a los nazis que, según señala Antony Beevor en su Stalingrado, el gran comandante Vasili Chuíkov diría posteriormente que fallecieron más soldados alemanes para conquistar la Casa de Pávlov que para tomar París.

El dilema del atacante

El episodio de Stalingrado señala dificultades militares que permanecen vigentes 80 años después, aunque las tecnologías hayan avanzado mucho. Ante estas circunstancias, los comandantes de una fuerza asaltante deben decidir hasta qué punto bombardear —lo que ablanda la resistencia con un inmenso coste civil— y a partir de eso si lanzar incursiones —con la amenaza que supone para las tropas—. El punto de equilibrio elegido, de alguna manera, define el nivel de civilización de la sociedad de la que emana la fuerza militar en cuestión.

En esta tesitura, la doctrina militar rusa parece optar por reducir la exposición a esos encarnizados combates cuerpo a cuerpo y apostar por la laminación de la resistencia vía bombardeos masivos. Así lo hicieron en Grozni, en los años noventa, y en Alepo, en la década pasada. Y en Mariupol el patrón es parecido. La ciudad está sufriendo un altísimo grado de destrucción. Algunas unidades rusas han entrado en la urbe, pero, según el Pentágono, no se trata del grueso de las fuerzas del Kremlin en la zona.

El potencial destructor y atemorizante de los bombardeos contra las ciudades es enorme, especialmente si provienen de una fuerza con arsenales como los rusos. Infundir terror y hundir en la desesperación a la población es una manera de intentar socavar el apoyo a la resistencia encabezada por los líderes políticos y militares. Pero este resultado no está asegurado: la ciudadanía puede reaccionar mayoritariamente con deseo de lucha y venganza. Y además, según señala King, en estas ofensivas la degradación militar del adversario no es equivalente al grado de destrucción logrado.

Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.
Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.ARIS MESSINIS (AFP)

Falta de precisión

Para debilitar militarmente al adversario es necesaria precisión en la información sobre su ubicación y en el golpeo. “Las fuerzas rusas se han mostrado muy poco competentes en este apartado, como demuestra que no hayan logrado todavía aniquilar las defensas antiaéreas de Ucrania”, dice King. O no tenían buena información sobre su ubicación o no tenían precisión en los ataques. Probablemente, sea una mezcla de los dos factores. El Pentágono calcula que Rusia mantiene todavía una amplia disponibilidad de misiles en sus arsenales, pero sufre escasez en las variantes de precisión guiadas.

Insuficiencia de efectivos

Otro factor importante que condiciona las perspectivas de asalto urbano de las tropas del Kremlin es el insuficiente número de efectivos. Muchos expertos militares consideran que, de entrada, la fuerza acumulada para la invasión —se estima entre 150.000 y 190.000 soldados— no es adecuada para una operación de amplio espectro en un país con la extensión y la población de Ucrania. La estrategia de atacar en múltiples ejes simultáneamente ha provocado una dispersión de las fuerzas rusas y graves problemas logísticos y de suministro. “En ningún momento han logrado una auténtica supremacía de fuerzas terrestres”, observa King.

Además de la escasez inicial, aunque las cifras no estén claras a estas alturas, es evidente que Rusia ha sufrido un considerable número de bajas. Moscú reconoce 1.300 soldados fallecidos y 3.800 heridos. El Pentágono considera que ha perdido más de un 10% de su fuerza inicial de combate. Fuentes de la OTAN apuntan a que incluso más.

Cadena de mando

Otro importante factor es que el combate urbano requiere especial sofisticación en la cadena de mando y control. En las ofensivas militares contemporáneas es necesario orquestar un amplio abanico de líneas de acción y tecnología. “Los países occidentales, especialmente EE UU, han evolucionado hacia estructuras de mando muy sofisticadas”, explica King. “En Rusia, si miras la doctrina Gerasimov (apellido del jefe del Estado Mayor), cabría imaginar que las Fuerzas Armadas se habrían modernizado alejándose del tradicional modelo autoritario, rígido, arriba-abajo. Yo creía que se habían movido hacia otro modelo. Pero las últimas semanas han demostrado una total ineficacia en gestionar una guerra del siglo XXI”.

Habilidad ucrania

Por otra parte, los rusos se enfrentan a unas fuerzas ucranias que han planteado hasta ahora una resistencia firme, ágil y eficaz. Su fuerza de voluntad no se ha quebrado. El suministro de armas occidentales —aunque limitado— consolida su lucha, así como el flujo de información de inteligencia y los asesoramientos. Han obstaculizado los avances volando puentes, enfrentándose a las cabezas de lanza aerotransportadas, golpeando la logística de apoyo o resistiendo dentro de las ciudades asediadas con valentía.

El conjunto de estas circunstancias determina las graves dificultades rusas para conquistar ciudades, su recurso a la versión más bárbara de la táctica de cerco y bombardeos y el anuncio de la apertura de una nueva fase que parece asumir la falta de capacidad para conquistar todas las ciudades contra las que han lanzado operaciones simultáneamente.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi

Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).

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