La guerra en Ucrania agrava la crisis económica en Túnez: un máximo de dos kilos de arroz por persona

El país, que importaba de Ucrania y Rusia la mitad de su consumo de cereales y que ahora sufre una inflación y un paro juvenil disparado, impone el racionamiento de productos básicos

Un manifestante sostiene una barra de pan durante una protesta en Túnez el pasado 15 de mayo contra el presidente, Kais Said.
Un manifestante sostiene una barra de pan durante una protesta en Túnez el pasado 15 de mayo contra el presidente, Kais Said.Chedly Ben Ibrahim (Getty)

La economía de Túnez se halla en la cuerda floja desde hace años, y la guerra de Ucrania no ha hecho más que agravar sus problemas. Los problemas son de tal calibre que desde marzo se ha impuesto el racionamiento de algunos productos básicos por problemas de abastecimiento. “Solo se pueden comprar dos kilos de arroz, de harina o de azúcar por persona. Pero al menos ahora ya no hay problemas con el pan”, explica Zied, propietario de un colmado de un barrio popular de la capital. Semanas atrás, se formaban largas colas para comprar el pan subvencionado, base de la dieta tunecina. Túnez, que importaba de Ucrania y de Rusia un 50% de su consumo de cereales, se ha visto gravemente golpeado por el conflicto bélico. El trigo que ahora se consume se importó antes del conflicto, pero los precios han subido y el país (de 12 millones de habitantes) no está en situación de pagar a crédito por sus problemas de solvencia. Sobre los problemas de abastecimiento planea una tradición de “revueltas del pan” cuando aumenta su precio.

Incapaz de recuperar las tasas de crecimiento previas a la revolución de 2011 —la previsión de este año es del 2,4%—, el país ha ido acumulando gruesos déficits públicos, y ahora su deuda pública ya supera el 90% del PIB. Antes de finales de año, deberá cubrir un agujero presupuestario de unos 4.000 millones de euros, algo más complicado ahora por la decisión de la agencia Fitch en marzo de degradar la solvencia del país al nivel de los bonos basura. La factura energética se ha multiplicado en paralelo al precio del petróleo, subvencionado en Túnez, ya que en el presupuesto se calculaba sobre una base de 60 dólares el barril, lejos de los 114 actuales. El Gobierno, además, ha subido el precio de la electricidad.

Las subvenciones que concede no pueden absorber todo el incremento de los precios. “En el último mes y medio, la gasolina ha subido ¡cuatro veces! Pero nuestras tarifas hace 10 años que no se mueven”, se queja Kamel, un veterano taxista. En un país donde el salario mínimo es de 403 dinares (125 euros), la inflación asciende al 7,5% y el paro juvenil al 40% en muchas regiones, amplios sectores de la sociedad se encuentran en riesgo de sufrir malnutrición si la situación económica empeora.

En la calle, circulan rumores de que el Estado solo tiene fondos para pagar los salarios de los funcionarios el próximo mes, y que se podría declarar en bancarrota. “Estos miedos son exagerados. No hay una amenaza de bancarrota, porque el Estado siempre podrá recurrir a la financiación interna de los bancos tunecinos”, sostiene Majdi Hassen, director del think tank económico IACE. “Sin ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI), el problema puede ser el pago de los créditos en divisas. El año próximo tenemos varios vencimientos cuantiosos. Pero antes de la bancarrota, se optaría por otras medidas, como una fuerte devaluación de la moneda, estrictos controles de capitales… Serían medidas muy dolorosas”, añade. Entre sus mayores preocupaciones, que el Ejecutivo no incremente los precios controlados de algunos productos y miles de agricultores abandonen el campo al no poder hacer frente al encarecimiento del combustible y los pesticidas.

Crédito del FMI

El Gobierno de Kais Said, el presidente que el año pasado suspendió la Constitución para arrogarse plenos poderes, hace meses que negocia la concesión de un crédito con el FMI. Según fuentes conocedoras de esta situación, el principal obstáculo es de tipo político: el organismo exige un amplio consenso social y político que incluya a la UGTT, el todopoderoso sindicato tunecino, para evitar que las reformas acordadas queden de nuevo en papel mojado. Said se niega, sin embargo, a cualquier tipo de concertación interna, y las negociaciones se hallan en un impasse.

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La mayoría de analistas políticos consideran que la posición de la UGTT, el único actor con capacidad de movilizar a la calle, será clave para el devenir económico y político del país. Ha convocado para el próximo 16 de junio una huelga del funcionariado, una muestra de que su relación con Said se está agriando. La oposición parece esperar, por su parte, a que una futura explosión social acabe derribando a Said y su proyecto de nuevo régimen. “El presidente goza aún de una amplia popularidad, pero las cosas están cambiando. La situación aún no está madura, pero el descontento social va a más”, cree Jawhar Ben Mbarek, uno de los líderes del opositor Frente de Salvación Nacional.

Además de aumentar el déficit y la inflación, la guerra en Ucrania impactará también en el sector turístico, fundamental para crear empleo y lograr divisas. En 2019, visitaron el país magrebí más de 630.000 turistas rusos, y 30.000 ucranios. La mayoría no volverá este año.

Hassen ve esta situación, sin embargo, como una oportunidad. “En verano, Túnez, Egipto y Turquía pueden acabar captando los turistas que no puedan ir a Europa o Estados Unidos. Y en invierno, podríamos atraer a jubilados europeos que se enfrenten a facturas del gas de 600 euros mensuales. Les saldrá más barato vivir aquí”, desliza el economista.

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