Gorbachov, el gran reformador de la Rusia comunista y padre de la ‘perestroika’

El exmandatario se convirtió en un crítico de la Rusia moderna y de sus ataques contra la democracia

Gorbachov, durante un discurso, en mayo de 1989.Foto: SERGEI GUNEYEV (GETTY IMAGES) | Vídeo: EPV

Mijaíl Gorbachov ha muerto en Moscú a los 91 años. Celebrado en el extranjero y despreciado por muchos en casa, el último dirigente de la Unión Soviética, el gran reformador de la Rusia comunista; también el hombre que llevó al fin de la URSS y del imperio soviético, ha fallecido en un hospital de la capital rusa, según la agencia estatal Tass. Nacido en Stávropol (suroeste de Rusia), Gorbachov abrió un camino hacia la democracia para decenas de millones de personas y alivió una Guerra Fría que encerró al mundo y calentó una confrontación durante cuatro décadas. Fue uno de los personajes clave del siglo XX.

“La Unión Soviética se vino abajo cuando Gorbachov debilitó al Estado en un intento por fortalecer al individuo”, dice William Taubman en Gorbachov, vida y época (Debate) una extensa biografía del antiguo líder soviético. Grandes cimientos de su legado democrático prácticamente se han derrumbado en la Rusia de hoy. Casi todos los tratados de desarme que firmó se han liquidado, muchos de los tabúes que cayeron impulsados por sus procesos de reformas se han vuelto a imponer y son más agudos desde que el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó la invasión de Ucrania el pasado 24 de febrero en una guerra a gran escala que ha sacudido el mundo y que ha aislado a Rusia.

En los últimos años, quien fue el último presidente de la URSS se había convertido en una figura bastante aislada en Rusia, con la mayoría de sus contemporáneos ya fallecidos y relegado de la política. Los medios estatales, cuando menos, le ignoraban debido a sus críticas hacia los problemas democráticos en la Rusia actual y, aunque casi siempre veladas, hacia el Gobierno de Vladímir Putin. De cuando en cuando, surgieron voces (incluso prominentes) que proponían encausarle por incitar el colapso de la Unión Soviética, definida por el presidente Putin como la “mayor catástrofe geopolítica” del siglo XX; y más en un tiempo en el que los nostálgicos de los tiempos soviéticos han aumentado, según las encuestas. El político reformador se había abstenido de comentar en público sobre la guerra a gran escala lanzada en Ucrania por el Kremlin, aunque su amigo Alexei Venediktov, exjefe de la radio Eco de Moscú, aseguró hace poco que Gorbachov había dicho en privado que estaba “molesto” porque el “trabajo de su vida” había sido “destruido”.

El político no tenía inmunidad y su fundación se movía cuidadosamente para evitar ser etiquetada como “agente extranjero”. En los últimos años, tenía importantes problemas de salud. Vivía solo en Moscú. Su hija, sus dos nietas y sus dos bisnietos viven fuera del país. Su rojiza marca de nacimiento en la frente se había ido borrando.

Proveniente de un entorno rural, pero educado en la Universidad Estatal de Moscú, donde estudió Derecho, Gorbachov fue escalando hasta la cúpula del partido comunista. Conforme iba ascendiendo, más intensas se hacían sus dudas sobre el sistema, han contado sus biógrafos. Esas dudas marcaron su carrera, primero como secretario general soviético y más tarde como presidente. Y le llevaron a realizar una reforma trascendental de la sociedad soviética entre 1985 y 1990, con la introducción de la perestroika (reestructuración) de la economía y la glasnost (transparencia) en asuntos políticos culturales.

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Esa reforma abarcaba la democratización del partido, la transformación del país en una república presidencialista y una reforma constitucional para permitir el multipartidismo. Gorbachov ordenó, por ejemplo, que los procedimientos del Parlamento fueran televisados. Los cambios que impulsó ayudaron a derribar algunas de las peores represiones del sistema comunista.

Mijaíl Gorbachov, Ronald Reagan y George Bush, durante una visita en 1985 del exlíder soviético a Nueva York.
Mijaíl Gorbachov, Ronald Reagan y George Bush, durante una visita en 1985 del exlíder soviético a Nueva York.GETTY IMAGES

Abrió el camino hacia la libre empresa y la apertura de fronteras. Su intención no era derribar sino salvar la URSS y hacer que el socialismo volviese a ser grande en su esencia. Promovió su visión de la Casa Común Europea desde el Atlántico hasta Vladivostok. Aunque los impresionantes cambios que impulsó, también en política exterior, donde firmó una serie de acuerdos clave de control de armas con Estados Unidos y participó en la conclusión de la Guerra Fría (lo que le valió el Nobel de la Paz en 1990), desataron todo tipo de fuerzas centrífugas que no pudo controlar; entre ellas una economía en serios problemas, el descontento de parte de la población por unos cambios que todavía no veían tangibles. Y el anhelo de independencia en algunas repúblicas soviéticas.

Algunos definieron a Gorbachov como “el hombre que cambió el mundo” por su papel en la caída del muro de Berlín, en 1989, símbolo de la división entre Este y Oeste, que supuso no solo la unificación de Alemania, sino también el fin simbólico de la Guerra Fría. Cientos de documentos desclasificados hace unos años revelaron que el último dirigente de la URSS nunca puso sobre la mesa la opción de usar la fuerza para evitar el colapso. El derribo del muro fue una grieta decisiva en la caída del imperio soviético. Le siguieron, como piezas de dominó, el derrumbe de los regímenes comunistas de Europa del Este que aún estaban en pie: Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria. Y, por tanto, el fin del control de Moscú del antiguo Bloque Oriental.

Gorbachov, que vivió un golpe de estado de los comunistas de línea dura, tenía esperanzas de poder conservar unido el país; incluso después de que las repúblicas que integraban la URSS declararan su independencia. Hasta la creación de la Comunidad de Estados Independientes, que agrupó a 11 de las antiguas repúblicas soviéticas. “Lo que ocurrió con la URSS fue mi drama. Y un drama para todos los que vivieron en la Unión Soviética“, comentó en alguna entrevista.

El 25 de diciembre de 1991, fiesta en Occidente, pero no en Rusia, Gorbachov se dirigió a la población de un país que en la práctica ya había muerto —la Unión Soviética— y anunció su renuncia. En su discurso, explicó que aunque había apoyado siempre la soberanía de las repúblicas, también había sido un firme partidario de la unidad del Estado; pero los acontecimientos habían tomado otro rumbo. Ese día, en el Kremlin, la bandera soviética fue arriada por última vez.

En 1996 trató de presentarse sin ningún éxito a la presidencia de Rusia. Y con el avance de Putin en el poder y un régimen cada vez más autoritario, el político reformista se convirtió en un crítico de la Rusia moderna, de sus ataques contra la democracia, de la ampliación de las diferencias económicas y sociales derivadas de una privatización corrupta y años de clientelismo.

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Sobre la firma

María R. Sahuquillo

Es jefa de la delegación de Bruselas. Antes, en Moscú, desde donde se ocupó de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y el resto del espacio post-soviético. Sigue pendiente de la guerra en Ucrania, que ha cubierto desde el inicio. Ha desarrollado casi toda su carrera en EL PAÍS. Además de temas internacionales está especializada en igualdad y sanidad.

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